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En el año 1977 se construyó una de las infraestructuras más ambiciosas del sector petrolífero. Es el Trans Alaska Pipeline System, un oleoducto de casi 1.300 kilómetros que no solo cruza toda la helada región de Alaska de norte a sur superando tres cadenas montañosas, 30 ríos, fuertes vientos árticos y permafrost que arrugaron los pilotes de acero, sino que está preparado para hacerlo en condiciones muy extremas.

Sin embargo, hace 40 años nadie contaba con el declive de producción de crudo en la zona. Tanto es así, que la línea puede llegar a ser inutilizable, cortando el acceso a cientos de pozos de petróleo en North Slope.

Pero ¿por qué es tan importante mantener un alto nivel de producción para el oleoducto? Porque volúmenes bajos significa que el crudo viaja más lentamente a través de la tubería, perdiendo calor a lo largo del camino. Y a bajas temperaturas, el crudo se comporta mal. Se forman cristales de hielo que pueden dañar el equipo de bombeo. Las moléculas de carbono, por su parte, se fusionan en parafina, un residuo de cera que, si no se borra, puede pegarse en las paredes de la tubería, tal y como explica Betsy Haines, director de movimientos petroleros de Alyeska Pipeline Service Co.

El frío (el mercurio de inmersión marca hasta 55 grados bajo cero) y la falta de flujo de petróleo podrían convertirlo en una infraestructura inservible. De hecho, en enero pasado, los trabajadores tuvieron que utilizar sistemas de calefacción a través del sistema para evitar que se congelara el crudo. Funcionó, sí, pero si ese frío tan brutal hubiera durado más tiempo o hubiera disminuido el flujo de petróleo que circulaba por la macrotubería hubiera sido un desastre.

Cuatro décadas después de su inauguración, el oleoducto de Alaska -una vez símbolo de independencia para una nación petrolera- se enfrenta a una crisis sin precedentes. Por la tubería solo circula ahora un cuarto del volumen que llevaba en su pico. Y a medida que los flujos disminuyen, los riesgos en el funcionamiento del sistema aumentan.

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La producción de petróleo en la zona ha estado cayendo durante los últimos años. La mayor parte del crudo de fácil extracción ya se ha bombeado y llevado fuera de la bahía de Prudhoe. Ahora solo queda disponible el mismo tipo de crudo que se puede conseguir en cualquiera de los otros 48 estados de EEUU, lo que significa que hay menos incentivo para que las compañías inviertan en abrir nuevos campos más al norte, donde la perforación puede ser hasta tres veces más costosa.

El resultado: de un máximo de producción de más de 2 millones de barriles diarios en 1998, a día de hoy en Alaska tan solo se alcanzan los 565.000 barriles diarios, según datos oficiales.

Una grave situación que ahora ve un atisbo de luz gracias al anuncio realizado el pasado mes de marzo por la petrolera española Repsol sobre el mayor descubrimiento de petróleo de los últimos 30 años en suelo de Estados Unidos. Conoco, Exxon y BP, mientras tanto, están haciendo todo lo que pueden para extraer más petróleo de los pozos existentes. Los ‘Three Big‘ han tomado prestadas técnicas de fracking, inyectando gas natural y agua de mar subterránea para forzar la extracción de más petróleo. Pero nada de eso significa que el problema esté solucionado de inmediato.

Mientras esperan a que el yacimiento de Repsol esté operativo, Alyeska Pipeline Service Co., una sociedad conjunta liderada por los principales productores de North Slope, BP Plc, Exxon Mobil Corp. y ConocoPhillips, ha gastado cerca de 200 millones de dólares en equipos de mejora de la estación de bombeo One. La sociedad ha añadido unidades de calefacción en las partes superior e inferior de la ruta y ha levantado secciones de la tubería enterradas sobre el suelo. Otro plan de contingencia que se va a poner en marcha es la inyección de metanol, un producto químico usado como anticongelante, para mantener fluyendo a los suministros.

Hasta ahora, eso mantiene el petróleo en movimiento. Pero tiene un precio: mayores costes de transporte para un producto que ya está en desventaja económica con otros suministros alrededor del mundo. Las soluciones técnicas de Alyeska deberían permitir que el oleoducto siga operando a volúmenes tan bajos como 300.000 barriles por día, un umbral que podría alcanzarse a mediados de la próxima década, según las estimaciones. Por debajo de ese punto, no está claro qué podría pasar, ha añadido Barrett, el presidente de Alyeska.

“Hay mucha incertidumbre sobre cómo resolveríamos ese problema de una manera técnicamente factible y económicamente viable”, ha sentenciado. El futuro es incierto para el Trans Alaska y más aún si se mantienen los precios del barril entorno a los 50 dólares, una cifra que podría mantenerse en el tiempo.

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