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Mañana los estadounidenses acuden a las urnas para elegir a su nuevo presidente, y su voto no sólo decidirá quién será el sustituto de Barack Obama que ocupará el sillón del despacho oval de la Casa Blanca durante los próximos cuatro años, sino que también afectará al futuro modelo energético de Estados Unidos. Lo que decidan los electores tendrá repercusiones importantes, no ya por que se trate de un sector que emplea a alrededor de 10 millones de personas, sino porque se pronunciarán sobre dos visiones energéticas absolutamente opuestas, que van a convertir esta convocatoria a las urnas en un auténtico plebiscito sobre el Acuerdo de París y el cambio climático.

La visión de Donald Trump coloca la economía y el empleo muy por delante del medio ambiente, y en ese sentido apuesta fuerte por los combustibles fósiles y el fracking. Respecto a los combustibles fósiles, ha hecho referencia en varias ocasiones a que el petróleo es “la ‘sangre’ de nuestra nación y el mercado de trabajo”, y considera que EEUU es el hazmerreír de los líderes de la OPEP y Arabia Saudí, a quienes ha culpado de la volatilidad del precio del petróleo.

Y como el petróleo lo considera fundamental en la economía norteamericana, era de esperar su apoyo al fracking. De hecho, ha sugerido que la extracción y producción de gas natural en EEUU podría aumentar, aunque no ha dado a conocer cuáles serían sus planes concretos al respecto. En lo que hace referencia a los combustibles alternativos  el candidato republicano apoya el Renewable Fuel Standar, y ha dicho que las cuotas anuales deben incrementarse.

En un reciente discurso de política económica, Trump habló de las “restricciones energéticas destructivas de empleo del presidente Obama”, en referencia a la decisión de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de apagar o reconfigurar las plantas eléctricas de carbón existentes en Michigan y aboga por que los mineros regresen a las minas de carbón, y no ha dudado en decir durante la campaña que, como presidente, recortará la financiación de la EPA.

Trump tilda el cambio climático de “broma”  y su plan energético también obligaría a Estados Unidos a dar un giro brusco sobre el medio ambiente porque quiere retirarlo del pacto climático global acordado en París en diciembre de 2015.  Trump ha dicho que el cambio climático es un engaño y argumenta que el acuerdo de París costaría a la economía estadounidense varios billones de dólares, lo que la situaría en desventaja frente a sus competidores.

La otra cara de la moneda

La visión que Hillary Clinton tiene sobre el sector energético es radicalmente opuesta a la de su contrincante republicano y aboga por las energías limpias como elemento dinamizador de la economía y de la creación de empleo. Clinton ve unos Estados Unidos con 500 millones de casas con paneles solares, en los que el uso del petróleo se reduce un tercio y el sector de energías limpias procura una abundante fuente de nuevo empleo apoyándose en requerimientos del Gobierno y subvenciones.

Como fuerte defensora de la transición energética hacia las energías renovables, a Clinton le gustaría multiplicar por siete la capacidad solar para 2020. Sus propuestas incluyen el ofrecimiento de incentivos a los estados que aumenten sus objetivos de reducción de carbono y premiar a las comunidades que faciliten la instalación de paneles solares.

Clinton defiende a capa y espada los esfuerzos ambientales en materia energética  realizados por el gobierno de Obama, incluyendo la defensa del Plan de Energía Limpia y  revisar a través de un estudio exhaustivo las normas de arrendamiento del carbón en tierras públicas.

Como buena defensora del medio ambiente, Clinton sostiene que no acordar medidas contundentes como las del acuerdo de París condenaría al mundo a temperaturas medias cada vez más altas, trayendo consigo más tormentas catastróficas, sequías más frecuentes y el aumento del nivel del mar por el efecto del deshielo de los casquetes polares.

Por tanto, la candidata demócrata asegura dice que quiere hacer de Estados Unidos una superpotencia energética limpia. Su plan es ir eliminando gradualmente los combustibles fósiles, apostar por fuentes de energía limpias como la solar o la eólica, fortalecer la protección del medio ambiente y liderar el mundo en la reducción de las emisiones del dióxido de carbono culpables del cambio climático.

Las espadas están en lo alto. Mañana los ciudadanos estadounidenses se decantarán por uno de los dos candidatos y con su voto estarán bendiciendo o condenando la lucha contra el cambio climático y una transición energética hacia un sistema más limpio y respetuoso con el medio ambiente. El resultado lo sabremos la madrugada del próximo miércoles.

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