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La transición energética en Alemania, también conocida como Energiewende, no pasa por sus mejores momentos. Después de 15 años de aplicación ha generado muchas dudas, tantas que ni la Canciller alemana, Angela Merkel, ni el candidato socialista Martin Schulz, la nombran en los debates.

El apagón nuclear declarado en 2011 tras el accidente de Fukushima, planificado hasta 2022, ha cambiado por completo el panorama energético alemán. No ha sido lo que se esperaba, y a partir de ahora, el gigante europeo tendrá que dar un acelerón a sus planes si quiere lograr los objetivos de descarbonización.

Concretamente, Alemania tiene previsto reducir sus emisiones en un 80% para 2050 desde los niveles de 1990. Pero estamos en 2017 y solo se ha reducido un 26% en buena medida por el cierre de la industria pesada de la Alemania oriental.

En gran parte, estos datos se producen porque Alemania sigue viviendo del carbón. Casi la mitad de la generación eléctrica, culpable del 30% de las emisiones de CO2 del país, se produce con carbón.

Es cierto que las renovables se han desarrollado mucho, con eólica y fotovoltaica Alemania alcanza cuotas de energía limpia nunca vistas en el país alemán, pero por ahora son insuficientes para doblegar al carbón.

El esfuerzo ha sido titánico por parte de los consumidores germanos que han visto como el precio de la electricidad se ha aumentado un 50% en los últimos 10 años. Buena parte de culpa la tienen las renovables, que se realizaron bajo el paraguas de las primas.

Pero en los planes de los dos grandes candidatos está acabar con esas primas. Las renovables ya pueden instalarse sin primas y la próxima revolución renovable en Alemania irá sin ese paraguas.

Alemania apostará más por la energía eólica marina en los próximos años. Tiene planificado instalar 6,5 GW de eólica offshore, mientras que a la eólica terrestre la dejará en menos, unos 2,5 GW anuales.

El problema viene cuando hay que hablar del carbón. Son miles de puestos de trabajo en juego, y por ello, ni se ha hablado durante estas elecciones presidenciales germanas. La reconversión de las minas y las centrales térmicas será una de las grandes batallas a lidiar por Merkel o el candidato que gane en los comicios en los próximos años.

Al igual que con la industria del automóvil y la dieselización del parque germano. Cada vez son más los germanos que no quieren el diésel, pero los fabricantes no dan su brazo a torcer, y aquí sí hay muchos puestos de trabajo en juego.

La papeleta de los líderes políticos será ardua. Mientras se camina hacia el coche eléctrico, la industria no quiere perder su peso dentro de la economía germana. Es por ello que ni Merkel ni Schulz tienen un plan para meter mano a los fabricantes tras el escándalo del dieselgate de Volkswagen.

Una vez más, el consumidor es el que queda desprotegido. Y también en buena parte el planeta. Diesel y carbón son las grandes asignaturas pendientes de la Energiewende alemana. O se ponen las pilas, o será un engaño masivo por parte de la primera potencia europea.

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