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La prosperidad económica mundial depende del acceso a servicios energéticos asequibles y seguros. Y ya es posible conseguirlo desde un punto de vista técnico y económico. Eso es lo que asegura el último informe “Better energy, Greater prosperity” de Energy Transitions Commission (ETC), que es posible que se desarrollen las energías limpias en todo el mundo para que se pueda cumplir con los acuerdos de París y además evitar que una recesión vuelva a planear sobre nuestras cabezas.

Pero ¿cómo descarbonizar las economías sin que asuman los altos costes de esa transición energética? El estudio asegura que la caída de los costes de las renovables y las baterías van a permitir que la electricidad limpia sea imparable y esencial para la transición a un mundo bajo en carbono y abundante en energía. Además, todavía hay potencial inexplotado para mejorar la eficiencia energética, es decir, la intensidad energética del PIB y encima mantener al menos un crecimiento del 3% anual si se implementan las políticas correctas de manera efectiva.

Pero a todo esto hay que sumarle un rápido avance en el desarrollo de otras tecnologías, como la bioenergía, el hidrógeno y todas las formas de captura y secuestro de carbono, y con ello se impulsaría la completa descarbonización.

“Somos ambiciosos pero realistas. A pesar de la magnitud de los retos a los que nos enfrentamos, creemos firmemente que la transición requerida es técnica y económicamente alcanzable si se toman medidas inmediatas”, ha explicado Adair Turner, presidente de la ETC, durante la presentación del informe, “para encaminarnos hacia un aumento de la temperatura media del planeta muy por debajo de 2˚C, debemos descarbonizar la generación de energía y extender la electrificación a un conjunto más amplio de actividades en los sectores de transporte y edificación”.

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La electrificación alimentada por energías renovables por sí sola podría aportar la mitad de las reducciones de emisiones de carbono necesarias para alcanzar 20 gigatoneladas (Gt) de emisiones en 2040. “Pero también debemos descarbonizar todas las actividades que no pueden ser electrificadas económicamente -como la aviación, el transporte marítimo y las industrias pesadas como acero, cemento o productos químicos – y lograr una revolución en la productividad energética”, ha añadido Turner, “y el progreso es demasiado lento, por  lo que se requieren políticas públicas más sólidas y una inversión pública y privada a gran escala”.

Según el estudio, la transición a una economía descarbonizada proporcionaría importantes beneficios sociales -con una magnífica mejora de la calidad del aire que permitiría llevar una vida más larga y saludable- y oportunidades económicas relacionadas con el desarrollo de tecnologías y modelos de negocio innovadores.

Este no es sólo otro plan, es un plan mejor. Mostramos cómo el mundo puede eliminar las barreras para transformar los desafíos en oportunidades, no sólo en las economías avanzadas, sino también en los países emergentes”, ha apuntado Ajay Mathur, copresidente de la ETC.

Cuatro estrategias a seguir

El informe describe cómo reducir las emisiones anuales de carbono de las 36 Gt de hoy hasta 20 Gt para 2040 (frente a las 47 Gt esperadas para 2040 si se sigue sin hacer nada) mientras se garantiza el acceso universal de 80-100 GJ de energía per capita asequible y sostenible al año. Para ello, el ETC propone cuatro medidas necesarias:

La primera de ellas es una electrificación con generación renovable. Para 2040, reducir a la mitad las emisiones en comparación con el escenario que se prevé a día de hoy, podría provenir de la combinación de descarbonizar la generación de energía y de electrificar cada vez más las actividades de los sectores de transporte y edificación.

Siempre que se establezcan políticas apropiadas, dentro de 15 años será posible un horizonte energético renovable de hasta el 80/90% por un precio inferior a los 64MWh, competitivo con la generación de energía basada en combustibles fósiles.

La segunda opción es la de descarbonizar sectores “difíciles de electrificar”. Hay que reducir las emisiones de carbono de las actividades que no pueden ser electrificadas de manera rentable en el transporte, la industria y los edificios. Y el estudio propone que sean otras tecnologías las que ayuden a conseguir ese objetivo -como el uso de la bioenergía, el calor residual, el hidrógeno y las múltiples formas de captura y secuestro de carbono-. Como no están muy desarrolladas, y por tanto son excesivamente caras, los gobiernos y las empresas deben realizar inversiones significativas en I+D para su despliegue inicial y así asegurarse de que estas tecnologías sean rentables.

En tercer lugar, el mundo debe iniciar una revolución en la productividad energética. Mejorar en eficiencia energética podría proporcionar un tercio de las reducciones de emisiones requeridas para 2040, pero esto obligaría a acelerar considerablemente las medidas para que los edificios, el transporte y la industria sean más eficientes. 

Y por último, optimizar el uso de combustibles fósiles. La transición energética daría como resultado una disminución del 30% en el uso de combustibles fósiles en 2040, pero los combustibles fósiles seguirían representando hasta el 50% de la demanda final de energía. Por lo tanto, para cumplir con los objetivos climáticos también requiere un aumento de todas las formas de captura y secuestro de carbono (conversión en productos, almacenamiento subterráneo, sumideros naturales de carbono). En este contexto, el uso de combustibles fósiles debe concentrarse en aplicaciones de mayor valor, lo que implica una rápida disminución del consumo de carbón, que el pico del petróleo se produzca en la década de 2020 y mantener un papel protaginista del gas.

Cuatro estrategias para descarbonizar la economía mundial.
Cuatro estrategias para descarbonizar la economía mundial.

Pero el estudio quiere poner cifras. Por ejemplo, para que se consiga el objetivo, cada año la eficiencia energética debe aumentar en un 3% y la proporción de energía procedente de fuentes limpias debe aumentar al menos un punto porcentual. Y su éxito depende, sobre todo, de contar con políticas públicas sólidas, por ejemplo, incluyendo precios significativos en el comercio de derechos de emisión, eliminación de subsidios a los combustibles fósiles, más apoyo a la I+D y al despliegue de tecnologías con bajas emisiones de carbono, regulaciones robustas y seguras, un diseño de mercado apropiado y por último, más inversión pública en infraestructuras urbanas y de transporte.

Además, hay que cambiar el destino de las inversiones en el sistema energético: las inversiones en combustibles fósiles durante los próximos 15 años podrían reducirse alrededor de 3,4 billones de euros, mientras que en renovables y en eficiencia energética podrían aumentar hasta en 5,5 billones y 8,2 billones respectivamente. Esto significaría un extra de entre 300-600 millones en inversión anual.

El ETC no plantea un desafío macroeconómico importante en un mundo donde el ahorro y la inversión globales llegan a 18 billones de euros anuales, pero se necesitan políticas públicas que reduzcan el riesgo de inversiones sostenibles a largo plazo en infraestructuras además de un apoyo adicional en los países en desarrollo que, por un lado, necesitarán más inversión, y por otro tendrán un acceso más limitado al capital.

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