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Donald Trump no conseguirá frenar el imparable crecimiento de la energía renovable, según ha dicho el director ejecutivo de Royal Dutch Shell, Ben van Veurden, quien planea aumentar gradualmente el gasto en tecnología verde al tiempo que reduce su dependencia de los combustibles fósiles. Van Beurden quiere estar a la vanguardia del cambio en lugar de luchar a la defensiva. Al menos, eso dice.

En las últimas semanas el grupo petrolero anglo-holandés obtuvo un contrato para construir un gran parque eólico frente a la costa holandesa, y está entre las compañías seleccionadas para un proyecto estadounidense similar en aguas de Carolina del Norte.

Los escarceos de las grandes petroleras en el sector de las energías renovables no son fruto de la casualidad sino una estrategia planificada hace algún tiempo. Shell ya había anunciado ahora hace casi un año movimientos para aglutinar sus negocios de hidrógeno, biocombustibles y actividades en el sector eléctrico existentes para ir más allá y empezar a caminar en el sector de la industria eólica.

Otro paso dado por la petrolera anglo-holandesa en el mismo sentido fue la campaña #makethefuture, una iniciativa que fomenta la colaboración entre empresas a escala mundial para desarrollar ideas y soluciones innovadoras que impulsen un futuro energético más limpio para el planeta.

Los distintos movimientos realizados hasta la fecha confluyen en lo que ha empezado a denominarse las plantas de gas ‘verde’, que poco a poco se está convirtiendo en la nueva tendencia de moda entre las grandes compañías petroleras. En definitiva, se trata de apostar por las energías renovables para ayudar a apuntalar la demanda de gas.

Las grandes petroleras confían en que casando la energía eólica y la solar con el gas, pueden acabar definitivamente con la industria del carbón e incluso hablan favorablemente del cambio climático para que les ayude a conseguirlo.

Pero ¿qué son las plantas de gas verde? La primera impresión las asemejan al “carbón limpio” como propaganda de los combustibles fósiles, pero es exactamente la forma en que los medios de comunicación de Murdoch eligieron para describir la promesa de Shell para combinar la energía solar y el gas en Omán, Brunei y Australia, anunciando el titular “Shell invertirá en plantas de gas verde” en la apertura de su sección de negocios.

Pero hay que poner las cosas en perspectiva. Es muy bueno que las grandes compañías petroleras inviertan cada vez más en energía eólica y solar. Dong Energy ya ha anunciado que va a abandonar “totalmente el uso del carbón” en 2023. La francesa Total se convirtió en el principal accionista de SunPower.

Shell y otras grandes petroleras esperan que el mundo utilice más gas y ven el gran paso hacia las energías renovables como una gran oportunidad para crear demanda de sus enormes reservas de gas: de ahí su ataque concertado sobre el carbón como fuente de energía sucia e innecesaria.

Pero,  ¿realmente Shell va a construir nuevas plantas de gas asociadas a instalaciones solares? Difícilmente. En el caso de Australia, no se trata de un país con escasez de plantas de gas. Además, al igual que ocurre en España, apenas se utilizan al estar marginadas por un carbón más barato y abundante y por el crecimiento de las energías renovables, además de arrastrar el hándicap del aumento de los precios del gas.

Y su mayor competencia no vendrá de más energía renovable, a la que se considera un socio potencial, pero sí del almacenamiento energético, especialmente si los precios del gas se mantienen altos. Los costes del almacenamiento están bajando rápidamente, y las baterías son mucho más sensibles que el gas y puede proporcionar un mayor valor añadido a la red, no sólo haciendo innecesarias más inversiones en la misma, sino también para dar una mejor respuesta a las variaciones de la demanda y la oferta y a los picos de la demanda.

Y si el compromiso de Shell con la energía solar en Australia era un poco vago, había una razón: Shell, como dijo Van Beurden en la conferencia de prensa de la semana pasada, tiene la intención de invertir menos de 1.000 millones de dólares al año en renovables en todo el mundo, una parte muy pequeña de un presupuesto de gasto en inversión de casi 30.000 millones de dólares anuales.

En otras palabras, su compromiso de “gas verde” no parece que vaya a tener una dimensión considerable, y probablemente sea minúscula y menos importante que los que muchos nuevos jugadores del sector de las energías renovables van a hacer llamando a las cosas por su nombre y no con eufemismos que no engañan a nadie.

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