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Si se hiciera una encuesta entre españoles sobre qué industria es la más importante en Alemania, seguramente la mayoría de las respuestas sería la automoción. Es cierto, pero ¿cuál sería la segunda? Les digo la respuesta, cualquiera menos el carbón. La química, la tecnológica, el acero, cualquiera menos el carbón.

Pero a la canciller Merkel el único problema que de verdad le trae por la calle de la amargura de cara a las elecciones del próximo 24 de septiembre es el carbón.

Alemania es el país, junto a Polonia, que posee una industria del carbón significativa dentro del Viejo Continente. Cerca del 50% de su mix eléctrico procede de las centrales térmicas de carbón (y eso que se ha etiquetado como el adalid de las energías renovables con su Energiewende).

El cierre de las centrales nucleares ha disparado las emisiones contaminantes de CO2 por culpa del carbón. Y Alemania tiene que decidir qué hacer con esta industria. El Acuerdo de París, firmado por Alemania, le obliga a disminuir las emisiones.

Queda menos de un mes para las elecciones y Merkel no ha abierto la boca sobre el futuro del carbón. No quiere perder votos al respecto. Son muchos miles de votos los que se juegan en las zonas mineras de Alemania. Merkel lo sabe y no es el momento de crear polémica al respecto del futuro del carbón.

Merkel decidió cerrar las nucleares con el apoyo de los Verdes. Ahora, para estas elecciones, podría no contar con este apoyo y decidirse por otros partidos con representación. Las encuestas le dan un 40% de los votos a Merkel, con su principal rival, los socialistas muy lejos con el 22% de los sufragios.

Los Verdes (las encuestas le dan un 8%) le han dicho a Merkel que a partir de 2018 se tienen que ir cerrando las grandes centrales térmicas de carbón del país. Que si no lo ordena, no cuente con su apoyo. Una amenaza en toda regla. Pero en Alemania es que funcionan así.

Merkel se ha postulado como la abanderada del Acuerdo de París, incluso ha arremetido contra Donald Trump por salirse del mismo. Pero Merkel no predica con el ejemplo. Y claro, no es lo mejor para ello.

La Comisión Europea aprieta a Merkel al respecto, pero ésta no se amedrenta. Ella decidirá el futuro del carbón.

La industria se encuentra tranquila porque reconoce que sin el carbón Alemania sufriría apagones. No hay renovables suficientes para suministrar electricidad a todo el país. Merkel juega con ello. Un día dice que sí tiene que cerrar y otro día mira para otro lado. El caso es que mantiene, y probablemente mantendrá el carbón en su mix porque no le queda otra.

Es cierto que su apuesta por el gas está siendo muy importante. Y que con ello reduciría las emisiones, siempre y cuando dejara de quemar carbón tal y como le han pedido Los Verdes, pero el futuro del carbón en Alemania se ha convertido en una incógnita.

Una solución que solamente la tiene Merkel en su cabeza. Y que de momento, no la va a sacar de ahí hasta que acaben las elecciones. ¿Qué hará finalmente la canciller?

Si decide ir cerrando centrales térmicas de carbón en los próximos años, necesita dos cosas antes. Una mayor interconexión eléctrica interna y una mayor aportación de las renovables en el mix.

De momento no tiene ni una ni otra. Pero en los planes de Alemania está abandonar el carbón en 2050 y ser casi 100% renovables para esa fecha. Quedan más de 30 años para ello, y la transición se hace andando. Pero sin cortinas de humo negro de por medio.

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