Esto va dirigido a los que curráis dentro del sector energético: a los que diseñáis, instaláis y mantenéis lo que hace que la luz no se vaya y los combustibles lleguen. Si no es tu campo, puede que no termines de reconocerte en lo que sigue. Si lo es, vas a saber exactamente de qué hablo desde la primera línea.
Trabajáis como un perro fiel. La sociedad pide, y vosotros resolvéis. No cuestionáis la demanda, la ejecutáis. La sociedad pide electricidad y combustibles para sus coches, sus centros de datos, su industria del cemento y del acero, y vosotros buscáis la manera técnica de dársela. Nadie os pregunta si lo que se pide tiene sentido junto con lo demás que también se pide. Sencillamente, hay que suministrarlo.
Y lo que se pide, muchas veces, es imposible de compatibilizar. Se quiere cerrar la nuclear porque genera rechazo social, sin que casi nadie pregunte qué implica eso para la estabilidad del sistema eléctrico. Se quiere más fotovoltaica y más eólica, sin preguntar qué implica meter esa intermitencia en una red diseñada para otra cosa. Se quiere menos CO2 y, al mismo tiempo, más centros de datos, más aviones, más cemento, más acero. Nadie en la conversación pública junta esas dos frases en la misma boca. Vosotros sí las juntáis, todos los días, porque os toca resolver las dos a la vez.
Lo habéis vivido en primera persona, no en una gráfica de un informe. Lanzáis un proyecto, vais a instalar una torre, un tubo, una línea, un parque, y ahí aparece la protesta. La misma gente que pide renovables, que pide descarbonizar, que quiere la tortilla, y se planta en la puerta en cuanto ve que para hacer la tortilla hay que romper huevos. Nadie protesta contra la fotovoltaica en abstracto.
Protestan contra la instalación concreta que se levanta al lado de su casa, contra la línea que cruza su valle, contra el aerogenerador que van a ver cada mañana desde la ventana, sin pararse a pensar qué implica de verdad transformar el paisaje para conseguir lo que piden. Quieren el resultado. Les fastidia ver cómo se rompen los huevos para conseguirlo, y a vosotros os toca romperlos de todas formas.
Y detrás de la protesta hay algo que la sociedad ni se plantea, y que vosotros manejáis cada día sin que nadie os lo tenga que explicar: la energía renovable no se comporta como un combustible fósil. Es dispersa, intermitente, cuesta concentrarla y guardarla justo donde y cuando hace falta. Yo hice esa cuenta con hidrógeno verde, en la Fundación Hidrógeno Aragón: de cada 100 unidades de energía que entran en el proceso, salen 20 o 25 al final. Ninguna mejora de ingeniería lo arregla, es física pura. Y aun así, la conversación pública lo sigue tratando como si fósiles por renovables fuera solo cuestión de poner más placas, es mucho más que eso y vosotros lo sabéis.
La boca grande, la boca pequeña
Y aquí está lo que casi nadie dice en voz alta: todos somos muy ecologistas hasta que se va la luz. La sociedad reclama respeto al medio ambiente con la misma boca con la que reclama que no falte suministro ni un segundo, que el vuelo salga a su hora, que el pedido llegue mañana. No hay maldad en eso. Hay desconexión. La misma persona que comparte un vídeo sobre el planeta pide, sin saberlo, la industria del cemento, del acero y de los fertilizantes que hacen posible su casa, su comida y su ciudad. No lo pide con esas palabras. Lo pide con su consumo, que es donde de verdad se demuestra lo que alguien quiere.
Esto no es un problema de comunicación ni de falta de voluntad política, aunque así se presente siempre. Es un problema de metabolismo: sostener una civilización tan intensiva en energía como la nuestra, con toda su industria, su transporte y su bienestar, exige un flujo de energía brutal. Sustituir ese flujo, hecho de combustibles densos y almacenables, por una red hecha de fuentes dispersas y de generación variable, no es solo un cambio de tecnología. Es un cambio de naturaleza de todo el sistema, y todavía nadie le ha explicado bien a la sociedad qué implica eso en la práctica.
Yo llevo un tiempo dándole vueltas a esto desde otro sitio, no solo desde la ingeniería, y he acabado escribiendo un libro sobre ello se titula “Cuando lo Material Fracasa”. La tesis de fondo, resumida sin rodeos: crecer indefinidamente y ser sostenible de verdad no encajan del todo bien, por mucho que juntemos las dos palabras en el mismo eslogan. Basta con hacer la cuenta que vosotros hacéis cada día en vuestro trabajo, y preguntarse qué pasa si esa misma cuenta se aplica a la civilización entera, no solo a una instalación concreta.
La próxima vez que alguien os pida, con cara de sorpresa, por qué no se puede tener de todo a la vez —nuclear cerrada, renovables al cien por cien, cero emisiones y ni un segundo sin suministro—, no os toca a vosotros convencerle. Ya hacéis bastante con romper los huevos y con que la luz no se vaya. La conversación que falta no es técnica. Es sobre qué está dispuesta a soltar esta sociedad para conseguir lo que dice que quiere.
Marcos Rupérez es divuñgador energético y autor del libro Cuando lo material fracasa.






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