Ningún comentario Pikka es uno de los proyectos petroleros más ambiciosos que se pondrán en marcha en Estados Unidos en los próximos años y, al mismo tiempo, una de las grandes apuestas estratégicas de Repsol en el negocio de exploración y producción. Situado en la región de North Slope, en Alaska, el yacimiento se ha convertido en un símbolo del renovado interés por reforzar la seguridad energética norteamericana y frenar el declive productivo de uno de los estados clave del país. No es casual que el consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, lo mencionara directamente ante Donald Trump en una reunión organizada por la Casa Blanca con grandes compañías del sector del oil and gas.
El proyecto Pikka se localiza en tierra firme, dentro de la Reserva Nacional de Petróleo de Alaska, a unos 80 kilómetros de Deadhorse y muy cerca de la localidad de Nuiqsut. Se asienta sobre la formación geológica Nanushuk, considerada uno de los mayores descubrimientos de hidrocarburos convencionales en suelo estadounidense de los últimos treinta años. Repsol lleva más de una década trabajando en esta zona, donde ha perforado 16 pozos de exploración y evaluación desde 2011, con hallazgos que superan, en conjunto, los mil millones de barriles de recursos brutos de petróleo.
Inversión
Tras años de trabajos técnicos y permisos, el consejo de administración de Repsol dio luz verde a la decisión final de inversión para la primera fase del desarrollo, un paso clave que desbloquea una inversión conjunta de 2.600 millones de dólares junto a la australiana Santos, socio mayoritario y operador del proyecto. Repsol controla el 49% del capital y Santos el 51%, lo que implica una aportación cercana a los 1.300 millones de dólares por parte de cada compañía. El desarrollo completo podría elevar la inversión total por encima de los 3.000 millones de dólares.
La primera fase de Pikka prevé el inicio de la producción en 2026, con un objetivo de alcanzar un nivel de 80.000 barriles diarios de petróleo. En un contexto de menor inversión global en exploración y producción durante los últimos años, esta nueva aportación está llamada a aliviar la presión sobre los mercados y a reforzar el sistema energético estadounidense. No en vano, el propio Imaz subrayó ante Trump que Pikka “va a revertir la historia declinante” de Alaska, un estado cuya economía depende en gran medida de los ingresos procedentes del crudo.
Apuesta por la eficiencia
Uno de los elementos que Repsol destaca con mayor énfasis es el perfil ambiental del proyecto. Pikka ha sido concebido con un índice de intensidad de carbono entre los más bajos de toda la cartera de upstream del grupo. Para lograrlo, se sustituirá el diésel por gas natural de combustión más limpia en las operaciones, se instalarán sistemas de recuperación de calor en las turbinas de generación eléctrica y se aplicarán esquemas de reducción de emisiones alineados con la iniciativa internacional de eliminación del venteo rutinario. Este planteamiento encaja con la estrategia corporativa de Repsol, que fue la primera gran petrolera en fijarse como objetivo alcanzar las cero emisiones netas en 2050.
Desde el punto de vista técnico, el proyecto se ha diseñado con un enfoque de desarrollo por etapas y con una fuerte apuesta por la eficiencia. La fase inicial contempla la perforación de 45 pozos desde una única plataforma, lo que permite reducir de forma significativa la huella ambiental. A ello se suman instalaciones asociadas como una planta de producción, un centro operativo, una planta de tratamiento de agua de mar y las correspondientes infraestructuras de transporte. El uso de infraestructuras ya existentes en la cuenca de North Slope contribuye a limitar el impacto sobre el territorio.
Componente económico y social
El proyecto también tiene un fuerte componente económico y social para Alaska. Durante la fase de construcción se prevé la creación de miles de empleos y, una vez en operación, el campo dará trabajo de forma estable a varios centenares de personas, con un elevado peso de la contratación local. Además, Pikka cuenta con el respaldo de las comunidades del North Slope, que participan en programas de desarrollo comunitario, inversión social y actividad económica vinculada al yacimiento.
Para Repsol, Pikka no solo supone su primer proyecto de desarrollo en Alaska, sino también uno de los pilares de su crecimiento en exploración y producción en los próximos años. Para Estados Unidos, representa una nueva fuente de suministro en un momento marcado por la incertidumbre geopolítica y el debate sobre la seguridad energética. Y para Alaska, es una oportunidad de frenar el declive de su producción petrolera y sostener su modelo económico. Todo ello explica que este yacimiento haya llegado incluso a la mesa del Despacho Oval como ejemplo de la apuesta inversora de la compañía española en suelo norteamericano.
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