Ningún comentario Cada verano confirma una realidad que el sistema eléctrico español debe empezar a integrar en su planificación: las olas de calor han dejado de ser episodios puntuales para convertirse en una variable cada vez más relevante en la gestión de la demanda. No se trata solo de que suban las temperaturas, sino de que cambian los patrones de consumo, se intensifican los picos y se concentran en zonas muy concretas del territorio.
España tiene, además, una sensibilidad particular a este fenómeno. Es el país europeo donde más energía se consume por aire acondicionado, una tecnología presente en un porcentaje significativo de los hogares (con fuentes que varían entre el 35% y el 60% según la metodología), frente a una media europea cercana al 20%. Esto convierte los episodios de calor extremo en un verdadero test de estrés para el sistema eléctrico.
Durante la ola de calor registrada entre el 21 y el 24 de julio de este año, la demanda fue significativamente superior a la media del mes; en concreto, fuentes de Red Eléctrica citan subidas de entre el 7% y el 14,5% según el periodo de referencia. El dato agregado ya es relevante, pero lo más importante es su distribución territorial. En zonas como Andalucía, Murcia o Valencia, el incremento puede ser notablemente superior a la media nacional, lo que añade presión sobre nodos concretos y complica la gestión del equilibrio entre generación y consumo.
Más capacidad
Este es uno de los grandes retos de los veranos extremos: no basta con disponer de más energía en términos globales. El sistema necesita capacidad para responder a picos de demanda localizados, asociados, en gran medida, al uso intensivo de la climatización en hogares, oficinas, comercios y edificios públicos. El problema no es únicamente que se consuma más electricidad, sino que ese consumo se produce de forma más intensa y localizada.
El calor extremo también afecta al rendimiento de la fotovoltaica, aunque pueda parecer contraintuitivo. Las olas de calor suelen coincidir con altos niveles de irradiación solar, pero los paneles no ofrecen su mejor rendimiento cuando las temperaturas son muy elevadas. Su comportamiento se mide bajo condiciones estándar de 25 ºC y, por cada grado adicional, pueden perder entre un 0,3% y un 0,45% de rendimiento.
En una ola de calor en España, con temperaturas ambiente de 40 o 45 ºC y elevada irradiancia, la temperatura de las células puede alcanzar los 60 o 70 ºC. En esas circunstancias, las pérdidas instantáneas de potencia pueden situarse entre el 10% y el 20%, dependiendo de la tecnología del módulo y de las condiciones de ventilación.
La paradoja es que, justo en los momentos de mayor necesidad eléctrica, una parte esencial de la generación renovable puede estar produciendo por debajo de su rendimiento óptimo. A ello se suma que la generación eólica también suele disminuir durante estos episodios. El resultado es una combinación especialmente exigente para el sistema, con más consumo, menor aportación renovable y más dificultad para mantener el equilibrio entre generación y demanda.
Precios más caros
Esa combinación también tiene impacto en el mercado. Durante la ola de calor del 21 al 24 de julio, los precios aumentaron notablemente respecto a la media del mes (el 22 de julio se alcanzó el máximo anual de 150,32 €/MWh, y julio cerró con una media de 104,7 €/MWh), según datos de e·sios. No es una cuestión aislada de precio, sino una señal de cómo los episodios extremos alteran la relación entre demanda, generación disponible y flexibilidad del sistema.
La lectura de fondo es clara. España necesita preparar su sistema eléctrico para veranos más exigentes. Las olas de calor ya no pueden analizarse como incidencias puntuales, sino como una variable que debe incorporarse a la planificación del sistema, a la inversión en infraestructuras y a la gestión de la demanda.
En este escenario, la inversión en baterías y redes será indispensable. El almacenamiento permitirá aprovechar mejor la generación renovable y aportar flexibilidad en los momentos de mayor tensión. Las redes, por su parte, deberán estar preparadas para gestionar consumos más intensos, más distribuidos y más variables.
El reto será aún mayor en los próximos años, marcados por la mayor penetración del vehículo eléctrico, la llegada de nuevos centros de datos y la electrificación progresiva de la actividad económica. En este contexto, las olas de calor son ya uno de los grandes test de resiliencia del sistema eléctrico español. Anticiparse a sus efectos, reforzar la red e incorporar almacenamiento será clave para acompañar la transformación energética que ya está en marcha. No bastará con generar más energía; habrá que gestionar mejor cuándo, dónde y cómo se consume.
Ezequiel Blanco Pérez es Director Comercial de Eleia Energía
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