Con el TTF por encima de 90 €/MWh, casi el triple que antes de la guerra de Irán, y con los almacenes europeos en mínimos para estas fechas, Bruselas se dispone a cerrar el grifo del GNL ruso el 1 de enero. Escalonar el calendario aliviaría el invierno sin renunciar al objetivo, aunque no sería la solución, porque el precio lo seguirá marcando un mercado global en plena tensión. ¿Puede Europa permitirse un corte abrupto justo ahora?
La decisión correcta, en el peor momento
Hay decisiones correctas tomadas en el peor momento posible y, a mi juicio, el veto total al gas ruso es una de ellas. No discuto el principio, que comparto sin reservas: Europa tiene que dejar de engrasar la maquinaria de guerra del Kremlin. Discuto los tiempos. Dentro de nueve semanas, Bruselas cerrará la puerta al GNL ruso con el TTF en 92,30 €/MWh, su nivel más alto desde diciembre de 2022, y con los almacenes a medio llenar.
Lo que más me inquieta es que nunca habíamos comprado tanto. Entre enero y septiembre, la UE recibió un récord de 12,18 millones de toneladas de GNL de Yamal. No hemos cortado con Moscú, sino aplazado el corte hasta hacerlo coincidir con la peor crisis de suministro en cuatro años. Si de verdad queríamos asfixiar al Kremlin, el momento era el de un mercado holgado y no este. Ese retraso puede salirnos caro.
Ormuz ha cambiado las reglas del juego
Creo que el principal riesgo de Bruselas es legislar como si el mundo de 2022 siguiera intacto. Cuando se diseñó el veto, la apuesta era sencilla: sustituir gas ruso por GNL de otros proveedores. Ormuz ha dinamitado esa ecuación. Según la AIE, el bloqueo ha restado más de 300 millones de metros cúbicos diarios de GNL del Golfo.
En este contexto, Europa compite con Asia por cada metanero disponible. Retirar de golpe un volumen relevante en pleno shock de oferta global es un riesgo difícil de justificar. En la geopolítica de la energía, la firmeza en los fines exige flexibilidad en los medios. Y la UE ha elegido este momento para atarse las manos con un calendario que no admite matices.
Un colchón cada vez más fino
El propio comisario de Energía, Dan Jørgensen, ha animado a los Gobiernos a conformarse con un llenado del 80% en lugar del 90% habitual. Cuando el regulador rebaja el listón para no disparar los precios, está reconociendo, implícitamente, que el colchón es escaso. Gobernar la energía con el piloto automático de una ley aprobada en enero, cuando el mundo era otro, es una imprudencia.
Aplicado de golpe, el veto no lo pagará solo el Kremlin. También lo pagarán nuestras fábricas, nuestros hogares y, sobre todo, la credibilidad del proyecto europeo. Cada euro de más en la factura es un argumento regalado a quienes, desde los extremos, prometen que la solución pasa por volver a ponerse en manos de Moscú. Pocas políticas consiguen encarecer la vida y alimentar a sus propios enemigos.
¿Financiar la guerra? Una objeción legítima
El argumento es conocido: comprar gas ruso es financiar la invasión de Ucrania. Es una crítica seria y la comparto. Precisamente por eso no defiendo volver a la dependencia, sino cambiar un interruptor por un regulador, con cupos decrecientes, una cláusula de salvaguarda ligada al nivel de almacenamiento y una fecha final innegociable. Las sanciones inteligentes golpean más al adversario que a quien las impone, y esta, en pleno invierno, corre el riesgo contrario.
Tampoco propongo reabrir Nord Stream: sería un paso atrás y, según las aseguradoras, su reparación llevaría unos 36 meses. Lo que sí contendría la factura de enero es retirar de forma gradual, y no por decreto, el gas que ya estamos recibiendo. Es cierto que el precio lo fija el mercado global, pero cada metro cúbico que retiramos de golpe encarece el resto.
Independencia, sí; improvisación, no
Bruselas presume, con razón, de haber reducido drásticamente su dependencia de Rusia. Es un logro político indiscutible. Pero consolidarlo exige una salida ordenada, no un portazo mientras los hogares pagan el gas al triple. La independencia no consiste en cortar a cualquier precio, sino en elegir cómo y cuándo hacerlo, y hoy Europa ha renunciado a elegir el cuándo.
Mi recomendación es sencilla. Bruselas debería mantener el veto al GNL ruso, pero escalonar su aplicación mientras Ormuz siga bloqueado, sin renunciar al horizonte de 2027. De lo contrario, preveo que el veto se mantendrá sobre el papel y se agrietará en la práctica a base de excepciones. Un calendario flexible no nos ahorrará la factura, pero la rigidez nos la puede encarecer. La independencia energética se construye con terminales, renovables y contratos, no con cortes abruptos que llegan en el peor momento.
Antonio García-Amate es
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