En un pequeño municipio del sur de Finlandia, Pornainen, ha entrado en funcionamiento la mayor batería de arena comercial del planeta, un proyecto pensado para resolver uno de los grandes obstáculos de la transición energética: la intermitencia de la energía solar y eólica. Para los cerca de 5.000 vecinos de la localidad, el cambio se traduce en una calefacción más asequible y menos dependiente de los vaivenes del mercado de combustibles fósiles.
La instalación, de 13 metros de altura y 15 de ancho, almacena calor en 2.000 toneladas de esteatita triturada, alcanzando una capacidad de 100 megavatios hora térmicos. Con una sola carga, el sistema cubre casi un mes de demanda de calefacción en verano y hasta una semana en pleno invierno.
El proyecto, encargado por la empresa de calefacción urbana Loviisan Lämpö y desarrollado por Polar Night Energy, se puso en marcha el año pasado, diez veces más grande que un primer prototipo finlandés de 2022. Antes de su instalación, el municipio se calentaba quemando petróleo y astillas de madera.
Según su consejero delegado, Tommi Eronen, la batería aporta ahora calefacción libre de combustión durante la mayor parte del año, mientras la antigua planta de biomasa se mantiene como respaldo para los picos de demanda. La compañía calcula que el sistema ha recortado casi un 70% las emisiones contaminantes de la red y reducido en torno a un 60% el consumo de astillas.
El funcionamiento recuerda al de un termo gigante y, según sus responsables, resulta más barato que otras alternativas de almacenamiento. Cuando hay excedente de electricidad barata, por mucho viento o sol, esa energía se usa para elevar la temperatura de la arena a niveles muy altos. El silo, fuertemente aislado, retiene el calor durante días o semanas antes de transferirlo al agua de la red urbana mediante intercambiadores de calor.
Ese desfase entre el momento de la carga y el del consumo es, según Annette Höglund-Dönnes, directora comercial de Polar Night Energy, la clave del modelo: permite cargar cuando la electricidad es barata y usar el calor cuando producirlo de otro modo saldría más caro, un esquema que también podría aplicarse a ciudades, empresas suministradoras y grandes edificios.
Frente a las baterías de litio, este tipo de almacenamiento térmico no requiere tierras raras ni materiales críticos, y puede retener energía durante semanas en lugar de horas, según coincide Jan Rosenow, profesor de política energética y climática en la Universidad de Oxford.
El proyecto ha despertado ya interés en comunidades de todos los continentes, sobre todo en zonas todavía dependientes del carbón o el petróleo. Loviisan Lämpö prevé que la batería cubra entre el 55% y el 60% de la calefacción del municipio este año, frente al 30% de 2025, aunque su baja densidad energética y las dificultades para reconvertir el calor en electricidad siguen limitando su escalabilidad fuera del sector de la calefacción.
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