El hambre de electricidad de la IA, a examen como motor de electrificación en África
El proyecto Emergent Grid, impulsado por la Fundación Rockefeller, instala centros de cómputo junto a redes solares en Kenia, Sierra Leona y la RD Congo para que paguen por la electricidad sobrante, dando a los operadores un ingreso extra que reduce su dependencia de subvenciones y atrae inversión privada, sin restar suministro a las comunidades ya conectadas
¿Puede la demanda mundial de energía para IA convertirse en motor financiero que lleve electricidad fiable a comunidades africanas desatendidas? El Emergent Grid Project, puesto en marcha por el Mission 300 Accelerator y financiado por la Fundación Rockefeller a través de RF Catalytic Capital, no consiste en construir grandes centros de datos centralizados, sino una red de pequeñas instalaciones de cómputo modulares, repartidas allí donde ya existe energía renovable disponible, conectadas digitalmente entre sí. "El apetito insaciable de la IA se ve como un problema; en los lugares adecuados, podría ser la solución", resume Andrew Herscowitz, director ejecutivo del Mission 300 Accelerator.
El problema: electricidad que sobra de día y falta de noche
Herscowitz lo ilustra con el caso de Kassirie, una comunidad rural de Sierra Leona que depende de una minirred solar fuertemente subvencionada. Su generación alcanza el máximo al mediodía, cuando el sol pega más fuerte, pero la demanda de los hogares se dispara por la noche, así que buena parte de esa electricidad solar simplemente se pierde sin que nadie la consuma, mientras muchas familias ni siquiera pueden pagar la poca que sí usan. Es un problema común a las minirredes africanas: tienen capacidad para generar más de lo que consumen sus comunidades, pero deben seguir pagando el mantenimiento de toda esa infraestructura, use o no se use.
La propuesta de Emergent Grid es que instalaciones de cómputo (equipos informáticos que procesan tareas de inteligencia artificial y otros trabajos digitales) compren precisamente esa electricidad diurna sobrante, convirtiéndose en un cliente que paga por algo que hasta ahora nadie aprovechaba. Herscowitz lo explica con un ejemplo cotidiano: alguien en Atlanta puede pedirle a una IA que le planifique unas vacaciones o le genere una imagen de su futura cocina, y la potencia de cálculo necesaria para resolver esa petición se compra, físicamente, a una minirred en Sierra Leona. Esa transacción genera una nueva fuente de ingresos para la minirred, que ayuda a financiar una electricidad más fiable y asequible para la comunidad que la rodea.
Andrew Herscowitz (izquierda), director ejecutivo del Mission 300 Accelerator, analiza el Emergent Grid Project con otros ponentes en The Rockefeller Foundation
Cuatro principios y tres países piloto
El proyecto se rige por cuatro principios que marcan sus límites. Primero, las comunidades van siempre primero: hogares, negocios, escuelas y centros de salud tienen prioridad de suministro, y el cómputo debe reforzar ese acceso, no competir con él. Segundo, el cómputo es una herramienta, no el objetivo: lo que se busca es electricidad fiable y barata, no levantar una industria tecnológica paralela. Tercero, la demanda digital actúa como un "cliente ancla" que da a las minirredes ingresos estables mientras la demanda local todavía es baja. Y cuarto, el proyecto se probará antes de escalarlo, generando evidencia sobre si, dónde y cómo el modelo funciona antes de replicarlo.
Las primeras pruebas arrancan en tres países. En Kenia, cinco emplazamientos combinarán estas cargas informáticas con nuevos sistemas solares con almacenamiento que dan servicio a unas 50.000 personas. En la República Democrática del Congo se usará una planta solar ya existente, con capacidad infrautilizada, que abastece a más de 30.000 personas, 350 pequeñas y medianas empresas y varias decenas de instituciones sociales. En Sierra Leona, la prueba se hará en tres minirredes rurales con capacidad de generación disponible, incluida la propia Kasiri. En conjunto, se espera que el proyecto refuerce o amplíe el acceso eléctrico fiable de unas 85.000 personas.
La universidad que vigilará que el experimento no perjudique a las comunidades
Parte de ese cuarto principio —probar antes de escalar— recae en Arizona State University, que se encargará de la evaluación independiente del proyecto. Nathan Johnson, director del Laboratory for Energy And Power Solutions (LEAPS) de ASU, subrayó el papel de su equipo en diseñar junto al resto de socios las salvaguardas comunitarias del proyecto, trabajar con los desarrolladores de las minirredes en los planes de estudio de cada emplazamiento, hacer seguimiento y evaluación en los distintos países piloto, comparar tecnologías y modelos de negocio, revisar el marco regulatorio y elaborar recomendaciones de política pública, y cuantificar el mercado potencial del modelo.
“Va a ser una gran oportunidad para explorar y evaluar una gran idea, y necesitamos grandes ideas para lograr grandes resultados"
Qué gana la comunidad si funciona
El experimento llega en un momento en que Mission 300, la iniciativa del Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo que aspira a conectar a 300 millones de africanos a la electricidad antes de 2030, ya ha beneficiado a más de 50 millones de personas en 40 países, pero empieza a chocar con los límites de financiar esa expansión solo con ayudas y subvenciones. Según Herscowitz, en el África subsahariana 560 millones de personas siguen sin electricidad, y buena parte de las conexiones pendientes tendrán que resolverse con minirredes y sistemas solares domésticos, no con la red eléctrica convencional.
Si el modelo funciona, el beneficio para las comunidades no vendría de un pago directo, sino de una electricidad más fiable y constante: agricultores que podrían refrigerar y procesar cosechas o usar inteligencia artificial para diagnosticar enfermedades en sus cultivos; comerciantes que podrían iluminar sus negocios de noche y gestionar inventario con herramientas digitales. Esa actividad económica adicional, según Herscowitz, elevaría ingresos y crearía empleo en comunidades históricamente excluidas tanto de la energía moderna como de la economía digital.
Las pruebas se evaluarán, con monitoreo independiente, según si la tecnología funciona, si los centros de cómputo generan ingresos suficientes para mejorar la economía de los sistemas energéticos y si las comunidades perciben beneficios reales. "El apetito insaciable de la IA se ve como un problema", repite Herscowitz. "En los lugares adecuados, podría ser la solución".
Lavado de cara tremendo de la fundación Rockefeller. En lugar de ofrecer unas horas de almacenamiento en baterías locales, les ofrezco un uso remoto de IA.
Deja tu comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Todos los campos son obligatorios
Víctor
03/10/2026