Si en el siglo XIX el salitre era el ingrediente clave para las guerras y la agricultura, en el siglo XXI el litio es el componente esencial para la electromovilidad y el almacenamiento de energía
Steve Jobs, fundador de Apple, en el icónico discurso de la ceremonia de la graduación de la Universidad de Stanford en junio de 2005 mencionó “Por ello tenéis que confiar en que los puntos, de alguna manera, se conectarán en vuestro futuro”. Los puntos que voy a conectar en el análisis de hoy son la energía, la industria y la geopolítica. Para ello narraré una historia trepidante que comienza en Suiza, pero pasa por Estados Unidos, Chile, Latinoamérica, concretamente, en la región Antofagasta (Actual territorio al norte de Chile) y Europa. Pero que nos llevará por el mundo.
Cuando se habla de Guggenheim, prácticamente todos vislumbran la silueta del Museo Guggenheim Bilbao.La palabra “Guggenheim” condesa el asombroso proceso de transformación que vivió la capital vizcaína a finales del siglo pasado, tras la grave crisis industrial que atravesaba la ciudad. Para quien no lo conozca, este templo de arte contemporáneo forzado en titanio fue diseñado por el arquitecto Frank Gehry con un diseño vanguardista. Recientemente, el arquitecto canadiense ha fallecido a sus 96 años.
Vista aérea del Museo Guggenheim junto a la ría de Bilbao.
Si, soy de Bilbao y me gusta el Guggenheim, pero como dijo S. Jobs, “no podéis conectar los puntos mirando hacia el futuro, solo podéis conectarlos mirando hacia el pasado”. Por lo que, confía que los puntos se conectaran más adelante. Aunque hoy en día la familia Guggenheim sea conocida por las colecciones de arte y la filantropía, ya que, disponen de otro museo en la Quinta Avenida de Manhattan en Nueva York, el origen de esta familia estadounidense está cimentada en la industria minera y metalurgia.
La apuesta de Guggenheim
El germen de todo ello fue Meyer Guggenheim, un sastre suizo de origen judeoalemán que nació en Suiza en 1828, y que cruzó el océano para cristalizar el “sueño americano”. Gracias a su visión empresarial y aciertos en las inversiones estratégicas que realizó pudo aprovechar el periodo de mayor transformación de la historia estadounidense para amasar una fortuna desorbitada. Hecho que a la larga le permitiría ser conocido como el patriarca de la familia Guggenheim.
En 1889, 40 años más tardes de llegar a la tierra prometida, Meyer construyó su propia fundidora en Colorado, bautizada como la Philadelphia Smelting. Durante la última década del siglo XIX y las primeras del XX, el imperio de Guggenheim estaba secundado por el éxito de sus minas y fundiciones, donde el control del American Smelting and Refining Company (ASARCO) fue su máximo exponente.
Se podría decir que mientras Henry Ford fabricaba coches en serie en Detroit, los Guggenheim convertían silenciosamente la minería en una actividad de producción en masa.
El enfoque hacia los recursos naturales de la familia Guggenhein nos lleva directos hasta a su fuerte presencia en Latinoamérica. Principalmente estaban vinculados a EE. UU., México y Chile. El movimiento empresarial de la familia Guggenhein venía precedido de un interés sostenido por los nitratos. Antes de las minas terrestres, desde mediados del siglo XIX los nitratos se lograban de un grupo pequeño de islas frente a las costas de Perú, llamadas Islas Chinca. Durante siglos las islas estaban habitadas por bandadas de piqueros, cormoranes, pingüinos y focas. El guano es el sustrato resultante de la acumulación masiva de excremento de aves marinas y focas en ambientes áridos.
Los nitratos
Por poner un poco de contexto y valoréis la importancia de los nitratos (salitre) en la época, era el ingrediente básico de la pólvora, por lo que, el mineral del salitre era clave para ganar guerras. En el desierto de Atacama en la región de Antofagasta (antiguamente formaba parte de Bolivia) se asentaron los emigrantes chilenos con ansias de extraer riquezas del subsuelo. Gracias a la financiación inglesa y alemana, nació la explotación minera en la zona, principalmente, sales de nitrato. Tal fue el cariz que cogió la actividad de exportación, que en 1878 Bolivia impuso un impuesto retroactivo de 10 centavos por cada quintal (100 kg) de nitratos exportados. Como os podéis imaginar, este intervencionismo no sentó especialmente bien a las principales figuras empresariales de la época.
Si las fronteras siempre son conflictivas, las rencillas por la línea divisoria del mapa y los derechos de explotación de uno de los recursos más valiosos de la época derivaron a la Guerra del Pacífico (1879-1883). Aunque por algunos historiadores se ha sostenido como la Guerra del Salitre o la Guerra de los Diez Centavos. No me voy a extender, pero la guerra la ganó Chile, logrando que la victoria militar se traduzca en aumento de la franja del territorio norteño, incluido Antofagasta, toda la costa de Bolivia y una gran parte de la zona calichera de Perú. Para que no penséis que el tema de guerra por las fronteras como en Ucrania/Rusia y Palestina/Israel o Sahara Occidental/Marruecos son historias modernas.
Anexiones efectuadas por Chile tras la Guerra del Pacífico.Fuente: El País
Los nitratos se podían convertir en ácido nítrico, nitroglicerina y dinamita, los explosivos de alta potencia que convertirían a Alfred Nobel en uno de los hombres más ricos del planeta. El “pobre” Alfred, con la finalidad de reparar el indirecto daño causado a la humanidad, recordemos que sus inventos se acabarían empleado en el ámbito bélico, acabo fundando unos premios en 1901 en pos de la excelencia humana en diversas disciplinas como son la química, física, medicina, literatura y paz.
Galardón internacional conocido como “Premio Nobel”.Fuente: Nobel Prize
Alemania
Hoy en día detectamos muy bien las burbujas (al menos, a posteriori), y seguro que, tras la siguiente lección, Daniel Guggenheim también. Uno de los hijos del patriarca en su afán por entrar en un mercado tan lucrativo cometió un error histórico al vender una de sus minas de cobre más prolíficas (Chuquicamata en Chile) a Anaconda Copper en 1922 para pasarse a la producción de nitratos. Pensar que los nitratos chilenos contribuyeron a alimentar y fueron los explosivos que llovieron en las trincheras de la primera guerra mundial.
Sin embargo, el bloqueo marítimo aliado durante la Primera Guerra Mundial aisló a Alemania, impidiendo la importación de nitratos (esenciales para fertilizantes y explosivos) desde Chile. Hasta esa época, el ser humano no había sido capaz de fijar nitrógeno de manera artificial, lo logró cuando la ciencia, la tecnología y la ingeniería confluyeron a inicios del siglo XX. Hasta entonces, la única forma de el nitrógeno de la atmosfera era esperar a que cayera un rayo, ya que, cuando un rayo cae, divide las moléculas de nitrógeno (N₂) en el aire, permitiéndoles reaccionar con el oxígeno para formar óxidos de nitrógeno. Estos óxidos de nitrógeno pueden disolverse en la lluvia, formando nitratos, que luego se depositan en el suelo y pueden ser utilizados por las plantas como macronutrientes que favorecen el crecimiento de las plantas.
Tras el bloqueo en la Primer Guerra Mundial, Alemania puso a sus grandes científicos enfocados a resolver los retos generados por la guerra. Este hecho posteriormente fue replicado durante la Segunda Guerra Mundial por EEUU en el famoso Proyecto Manhattan y recogido recientemente en la aclamada película Oppenheimer en 2023.
El químico alemán Fritz Haber quien consiguió la manera de utilizar el nitrógeno del aire para desarrollar la síntesis de amoníaco (NH₃), hecho que le valió el prestigioso Premio Nobel de Química de 1918. De esa manera, se dejó de lado el uso del abono natural, para evolucionar hacia la era de los abonos artifíciales. Proporcionando a Alemania una fuente interna vital para municiones (ácido nítrico) y alimentos, salvando al país del colapso económico y militar. Por el camino, Chile fue uno de los países más perjudicados, porque por aquel entonces fue quien exportaba la materia prima necesaria. El sector perdió importancia económica a partir del desarrollo y producción del salitre sintético.
Posteriormente, fue Carl Bosch quien permitió escalar el proceso, derivando todo ello en la industrialización de la síntesis de amoníaco. Por corolario, en 1931 le fue otorgado el premio Nobel de Química, compartido con Friedrich Bergius, por el descubrimiento y desarrollo del método de síntesis química a alta presión. Como se puede observar en la siguiente infografía, el proceso Haber-Bosch asestó un golpe casi mortal a la industria chilena de los nitratos.
Producción mundial de nitratos entre el periodo de 1860 a 2022.
En la década de 1960, una mina tras otra fue cerrando en medio de la feroz competencia de sus competidores de nitratos sintéticos, hasta que el Gobierno chileno intervino y nacionalizó las dos últimas empresas de caliche que quedaban. La explicación tiene tintes geopolíticos y económicos. Las autoridades de Santiago de Chile temían que, si se abandonaban el Atacama, los bolivianos y peruanos podrían recuperar el territorio perdido en la Guerra del Pacifico. Salvador Allende nacionalizó el sector del caliche, así como la industria del cobre en 1971.
Chile desaparece
Unos años más tardes, ya inmersos en la dictadura de Augusto Pinochet, SQM (Sociedad Química y Minera de Chile) fue privatizada en favor de un grupo dirigido por Julio Ponce Lerou. Dicho así no parece nadie muy especial, cambia la cosa al saber que era el yerno de Pinochet. Dicen que la familia es lo más importante, que se lo digan a Julio. Hoy en día Ponce Lerou es uno de los hombres más ricos del país (ocupa el puesto 1.286 en la lista global de Forbes y el cuarto en Chile con 3.300 millones de dólares). Julio dejó la presidencia de SQM en 2015 tras las presiones de los accionistas minoritarios luego de que explotara el caso de financiamiento ilegal de la política en el que se vio envuelta la empresa minera.
Si en el siglo XIX el salitre era el ingrediente clave para las guerras y la agricultura, en el siglo XXI el litio es el componente esencial para la electromovilidad y el almacenamiento de energía. La fortuna de figuras como Ponce Lerou sigue ligada a las entrañas del mismo desierto que los Guggenheim intentaron explotar hace un siglo.
La historia de la familia Guggenheim nos enseña que la riqueza acumulada en la industria minera puede transformarse en legados artísticos inmortales como el museo de Bilbao. Sin embargo, la lección geopolítica es más pragmática: ningún recurso natural garantiza la prosperidad eterna*.*
Como bien señaló Steve Jobs, los puntos solo se conectan mirando hacia atrás. Al analizar la historia de los Guggenheim, el salitre y el proceso Haber-Bosch, la lección para el siglo XXI es clara: la tecnología no solo crea industrias, sino que redefine el poder geopolítico de las naciones*.* El futuro no se trata de qué recurso tienes bajo el suelo, sino de qué tan rápido puedes adaptar tu industria a las necesidades de un mundo en constante cambio. El futuro pertenece a quienes son capaces de ver la próxima síntesis antes de que el mercado cierre la mina anterior.
Ager Prieto Elorduy es analista del sector energético. Ingeniero de procesos en la Ingeniería española Sener.
Santiago Rodriguez
19/01/2026