10 comentarios publicados La Unión Europea quiere renovar su veto ambiental a la exploración en el Ártico justo cuando más depende de los hidrocarburos de su vecino del norte. ¿Puede un continente que vive en plena incertidumbre energética permitirse el lujo de presionar a su proveedor más estable?
La paradoja que nadie quiere ver
Resulta curioso lo que está pasando con Noruega. El 97,6% de los turismos nuevos matriculados en el país en 2026 son eléctricos y, sin embargo, su Gobierno defiende sin complejos sus plataformas en el mar del Norte y en el Ártico. Tras el desplome del suministro ruso y la inestabilidad en rutas como el estrecho de Ormuz, Oslo ha acabado asumiendo, casi sin quererlo, diría yo, el liderazgo energético del continente.
Bruselas se equivoca con Noruega a todas luces. Europa depende demasiado de la energía que compra fuera como para permitirse vetar o presionar a su proveedor más fiable por motivos medioambientales. La contradicción noruega responde, en realidad, a una lógica que nadie en la UE parece ver. Noruega descarboniza en casa todo lo que puede y exporta a Europa lo que Europa todavía no sabe sustituir. Reprochárselo es un poco como culpar al bombero por el agua que gasta en apagar el incendio. Un sinsentido. Otro más de nuestros políticos.
¿Quién va a mantener las casas calientes en invierno?
La guerra de Ucrania y las tensiones en Oriente Medio han dejado al descubierto lo frágil que es el modelo energético europeo. Y en plena crisis, Noruega ha estado a la altura de las expectativas. Hoy cubre el 30% de la demanda total de gas de la UE y el Reino Unido, y aportó el 54,4% del gas natural licuado (GNL) que importó la UE en el primer semestre de 2026. O, lo que es lo mismo, casi uno de cada tres metros cúbicos de gas que consumen europeos y británicos sale de aguas noruegas.
Aun así, la Comisión Europea sigue empeñada en mantener su moratoria sobre nuevas perforaciones en el Ártico. La respuesta de Oslo no se ha hecho esperar. El ministro de Energía noruego, Terje Aasland, ha dejado claro que la explotación de sus recursos es un derecho soberano y que Noruega seguirá perforando en el mar de Barents diga lo que diga Bruselas. Abrir un frente diplomático con quien te mantiene las luces encendidas no parece, precisamente, la mejor jugada posible.
Los números que duelen a algunos
Detrás de la postura noruega hay números, no caprichitos. Los ingresos del petróleo y el gas alimentan el Fondo de Pensiones del Estado, un gigante soberano que ya gestiona activos por valor de 2,2 billones de dólares, frente a los 1,9 billones con los que cerró 2025. Y para evitar que la producción empiece a caer a partir de 2030 si no se incorporan nuevas reservas, el Gobierno ha lanzado la ronda de licencias APA 2026, con 70 nuevos bloques de exploración, 38 de ellos en el mar de Barents.
A esto se suma la batalla judicial, por si no fuera suficiente. El Estado defiende ante el Tribunal Supremo la validez de los permisos de tres yacimientos clave (Breidablikk, Tyrving e Yggdrasil), que suman 875 millones de barriles de petróleo y que, según el Gobierno, son esenciales para evitar un desplome de la producción y garantizar la seguridad de suministro en Europa. Poco tiene que ver todo esto con la caricatura del petroestado codicioso que quiere vender la UE. Hablamos de un país que ahorra sus rentas pensando en las próximas generaciones. Si se frena su producción, la transición europea no irá más rápido. Simplemente se quedará sin red de seguridad para encender siquiera la calefacción en invierno.
Antes el planeta que los europeos
Es cierto que quienes critican a Noruega tienen un argumento ambiental que merece respeto. Organizaciones como Greenpeace, junto con fallos de la Corte de Apelaciones de Borgarting y del Tribunal de la AELC, exigen evaluar el impacto climático de las emisiones derivadas de la combustión (el llamado Alcance 3) y advierten de que los desarrollos árticos podrían convertirse en activos varados si la demanda cae de aquí a 2040.
No obstante, esta crítica pasa por alto la realidad del día a día. Sustituir carbón por gas natural reduce a la mitad las emisiones de CO₂ en la generación eléctrica y, además, sirve de respaldo cuando las renovables no producen. Y hay algo más. Tanto el consejero delegado de Equinor, Anders Opedal, como el propio Aasland han advertido de que, si la UE rechaza este gas o le pone trabas, Noruega venderá su petróleo y su GNL en el mercado mundial. Europa no frenaría las emisiones globales, solo pondría en riesgo su propia seguridad. El mismo carbono acabaría en la atmósfera, pero los ingresos y la influencia se irían a otra parte. Honestamente, no sé qué gana la UE con todo esto.
Seamos prácticos, por favor
La Unión Europea tiene que cambiar la retórica ambientalista por algo de pragmatismo estratégico antes de que una nueva sacudida global nos deje a oscuras a todos. Y no lo digo por decir. La Comisión Europea ya prepara una reforma que le permitiría activar apagones selectivos en determinadas zonas para garantizar la seguridad energética. Hemos pasado de hablar de transición a hablar de cortes de luz. Presionar a Oslo para que paralice sus prospecciones es, sencillamente, pegarse un tiro en el pie. Lo sensato sería tratar a Noruega como un socio estratégico y no como un alumno que se porta mal, y fijar una ambición climática realista, acorde con la capacidad de Europa para sustituir sus fuentes de energía.
Si Bruselas se empeña en castigar a su proveedor más fiable, aprenderá por las malas que el ecopostureo no calienta los hogares ni mueve la economía de una región (véase Alemania).
Antonio García-Amate trabaja en el Departamento de Gestión Financiera. ICADE, Universidad Pontificia Comillas.
naughty
05/10/2026