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La última subasta para la extracción de crudo en Alaska busca consolidar el dominio energético de Estados Unidos, pero se ha topado con una cruda realidad comercial y financiera. Mientras el deshielo se acelera, la industria petrolera da la espalda a una de las últimas reservas vírgenes de petróleo y gas del planeta. ¿Merece la pena explotar los recursos que parece haber bajo tierra a pesar del daño medioambiental irreparable que causaría el comienzo de las operaciones en la región?

Si le ofrecieran el derecho exclusivo a explotar una vasta reserva natural por menos de lo que cuesta un apartamento de lujo en Manhattan, ¿lo rechazaría? Yo, no. Sin embargo, al parecer el sector energético piensa lo contrario. En un momento en el que Estados Unidos ya produce volúmenes récord de crudo, la administración Trump ha intentado subastar los derechos de perforación en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico (ANWR). Algo más de 278 mil hectáreas. Lejos de desatar el ferviente deseo de formar parte de la licitación, el resultado ha sido un estrepitoso fracaso que pone en evidencia la desconexión entre la palabrería política a la que nos tiene acostumbrados Washington y la realidad del mercado energético.

El Ártico se ha convertido de un tiempo a esta parte en la nueva “Tierra Prometida” del sector O&G. Impulsada por la narrativa política aplicada a la “dominancia energética americana”, y utilizando como pretexto el reciente conflicto en Oriente Medio, la administración ha visto en Alaska la supuesta salvación ante cualquier amenaza global por falta de suministro energético. A través de la polémica ley "One Big Beautiful Bill Act", el gobierno se ha impuesto la obligación de abrir esta región al público para que todo aquel interesado sea partícipe de la explotación y extracción de crudo y gas.

Sin embargo, esta ley no contempla (ni de lejos) una de las problemáticas que más preocupa cuando hablamos del Ártico. Esta región es el epicentro de la crisis climática, calentándose a un ritmo que actualmente cuadruplica la media global. Pretender extraer recursos allí, no es solo una acción política que dista mucho de argumentos serios, es actuar de forma temeraria ante un riesgo real de efectos medioambientales adversos que podrían acabar en derrames liberando millones de galones de petróleo al océano.

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Cuestión económica

No solo se trata de cuestiones medioambientales ni mucho menos. De los 58 lotes puestos a subasta, solo cinco recibieron ofertas, cubriendo unas 29.000 hectáreas. La recaudación fue de unos 3,7 millones de dólares. Más allá de los números, lo que me llamó la atención es quién pujó en la licitación. Ninguna de las oil majors internacionales con capacidad operativa acudió a la puja. Los únicos ganadores fueron Hex Energy, una compañía relativamente pequeña sin experiencia alguna en la región, y AIDEA (una agencia estatal de Alaska). La lectura del fracaso es bien sencilla. De acuerdo con los expertos, extraer crudo en un entorno sin carreteras ni infraestructuras, lidiando con una meteorología adversa y enfrentando continuos litigios medioambientales, hace que el petróleo ártico sea muy caro (no solo a nivel económico, sino también reputacional).

No obstante, también hay un contrapunto que merece la pena ser mencionado. Para ciertas organizaciones indígenas, el desarrollo petrolero de la región no es una cuestión baladí, más bien se trata de supervivencia económica. Desde Kaktovik, el único asentamiento humano dentro del refugio, sus líderes defienden que los ingresos fiscales pueden llegar a traducirse en infraestructura vital, tales como alcantarillado, y en un alivio financiero frente a un coste de vida cada vez más alto en donde un simple galón de leche puede alcanzar los 23 dólares. Ignorar estas cuestiones sociales y poner por encima única y exclusivamente la parte medioambiental es también de ser hipócritas.

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Aun así, el progreso no puede cimentarse sobre la destrucción masiva del ecosistema. Convertir territorios protegidos en zonas industriales puede llegar a tener impactos climáticos irreparables. Mi sorpresa acerca de la poca acogida que tuvo la última licitación en el ANWR nos envía una advertencia clara: cuando ni siquiera las grandes petroleras están interesadas en perforar y extraer el petróleo en la región, es hora de cambiar de rumbo y buscar otras fronteras futuras de extracción. Para asegurar el bienestar del planeta (que cada vez se ve más oscuro) y a la vez desarrollar económicamente ciertas regiones, debemos abandonar la idea de “perforar por perforar” y centrarnos en alternativas en donde la realidad fósil y las fuentes de energía renovable vayan de la mano.

Antonio García-Amate es colaborador de El Periódico de la Energía, especializado en información del sector Petróleo & Gas.

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