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La geopolítica energética no deja nada al azar. El poder y la velocidad de respuesta dominan actualmente el panorama internacional. Mientras Europa sigue “mirándose el ombligo” con el riesgo de quedar a merced de quien sí actúa, en Oriente Medio se está cocinando el nuevo orden energético mundial. Washington está actuando, y no precisamente de forma silenciosa.

A través de negociaciones en despachos y “conquistas” sobre el terreno, el tridente petrolero (Iraq, Venezuela e Irán) está siendo testigo (y víctima) protagonista de la reconfiguración geopolítica bajo una doctrina no vista hasta el momento: expulsar a los rivales, controlar la caja y asfixiar al enemigo final.

La primera acción se ha cerrado en Iraq, de una manera especialmente inteligente. La petrolera rusa Lukoil, sancionada de forma severa por Estados Unidos, se ha visto obligada a abandonar el West Qurna-2, uno de los yacimientos más prolíficos del mundo. Con el abandono forzado por parte del Tesoro estadounidense, adivinen ustedes quiénes han aprovechado para ponerse los primeros en la fila para comprar los derechos de explotación de ese yacimiento.

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Conquistadores

Pues como no podía ser de otro modo, ExxonMobil y Chevron se han puesto el sombrero de “conquistadores”, convirtiéndose en socios preferentes bajo una modalidad de acuerdo que les permite asegurar suculentos retornos gracias a su derecho a explotar el crudo. Sin opción alguna, Bagdad ha entregado en bandeja de plata el petróleo a Occidente. Por lo que pueda pasar… ¿Me siguen?

Lo que poca gente sabe es que, desde la invasión de 2003, los ingresos provenientes del crudo no fluyen a Bagdad, sino a una cuenta custodiada explícitamente por la Reserva Federal de Nueva York. Con el fin (supuesto) de proteger el dinero, ahora Washington tiene la sartén por el mango, algo que se ha visto recientemente con el actual escenario político en Bagdad que amenazó con devolver el poder a Nouri al-Maliki, aliado acérrimo de Teherán. A Trump le bastó con un tuit para cerciorarse de que este señor no gobierne. Si sale electo, no hay acceso al dinero. Como dicen los americanos: “crystal clear”.

Vamos con la segunda punta del tridente: Caracas. La Administración Trump ha aprendido de sus errores, y para evitar posibles cambios de líderes que no gustan en la Casa Blanca, Washington ha optado esta vez por un intervencionismo en remoto. En lugar de gastar miles de millones de dólares en “restaurar un país”, lo que ha hecho en Venezuela recientemente es mucho más cómodo: (1) me llevo al Presidente; (2) gestiono ingresos petroleros desde cuentas bloqueadas; (3) reparto las vastas reservas de petróleo entre las petroleras que quieran formar parte del festín; (4) y finalmente, gobierno el país “en la sombra”.

Irán, el último eslabón

Nos falta el último eslabón del que ya se está vislumbrando su futuro: Irán. Y no me refiero a una intervención física; dudo que ocurra. Lo que sí está sucediendo es un asedio energético, y de esto sí que parece no darse cuenta la gente. Asegurando miles de millones de barriles a futuro para Estados Unidos y sus aliados, Irán comienza a estar poco a poco desvinculada del tablero geopolítico mundial, quedándole únicamente China como mercado de consumo.

Sus lazos con Iraq se van a ver mermados una vez Iraq comience a ser “independiente” desde el punto de vista de suministro energético. La infraestructura crítica que TotalEnergies y Qatar están financiando en el sur de Iraq, proyectos de gas y agua por valor de 10.000 millones de dólares, es prueba de ello.

Washington está blindando su futuro, y no solo me refiero militarmente. Si Iraq ha sido domado y Venezuela está siendo neutralizada bajo este esquema, el futuro de Irán está escrito sin necesidad de intervención alguna. El país con una de las mayores reservas de petróleo mundiales no tendrá maniobrabilidad para poner su riqueza en el mercado. Morirá asediado, siéndole imposible el disfrute de los recursos que tiene bajo su propio suelo.

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