Ningún comentario El sistema energético global es una de las estructuras más complejas creadas por el ser humano. Yacimientos, oleoductos, terminales de exportación, refinerías y flotas de transporte constituyen su infraestructura visible. Pero bajo ella existe una red igualmente decisiva de mercados financieros, seguros, contratos, diplomacia, legislación marítima y disuasión militar. “Sobre todo, existe confianza”, dice W. Schreiner Parker, jefe de Mercvados Emergentes y NOCs de Rystad Energy.
Durante décadas, productores, consumidores e inversores han tomado decisiones bajo una premisa fundamental: que las principales rutas energéticas funcionarían de manera relativamente estable. Los recientes acontecimientos en torno al estrecho de Ormuz han puesto en cuestión esa certeza y podrían acelerar una transformación en la forma en que los mercados valoran el riesgo energético.
Un importante cuello de botella
“El estrecho de Ormuz es uno de los principales cuellos de botella del comercio mundial de hidrocarburos. Su importancia no reside únicamente en el volumen de petróleo y gas que atraviesa sus aguas, sino en la concentración de intereses económicos, financieros y geopolíticos que dependen de su funcionamiento. Cuando esa confianza se debilitó, los mercados reaccionaron incluso antes de que se produjera un cierre prolongado”, explica W. Schreiner Parker.
Durante el episodio de tensión, el tráfico marítimo disminuyó con fuerza y las exportaciones de crudo se redujeron. Muchos petroleros navegaron con los transpondedores del sistema de identificación automática (AIS) apagados, reflejando una mayor cautela comercial. Aunque posteriormente los flujos de exportación se recuperaron parcialmente, el tráfico de buques que entraban en la zona tardó más en normalizarse. La señal era clara: recuperar el movimiento físico de mercancías no significa recuperar inmediatamente la confianza.
“Esta situación revela una ventaja estratégica de Irán. El país no necesita controlar militarmente el golfo Pérsico ni mantener cerrado Ormuz para generar costes significativos. Basta con que los operadores de mercado dejen de considerar garantizado el tránsito. El resultado puede traducirse en mayores primas de seguros, incremento de los inventarios preventivos, encarecimiento del transporte y aplazamiento de inversiones”, añade Schreiner Parker.
La geografía desempeña aquí un papel fundamental. Las rutas alternativas, nuevos oleoductos y terminales pueden mejorar la resiliencia, pero requieren años de inversión, ingeniería y coordinación política. Además, ninguna infraestructura elimina por completo la vulnerabilidad de una ruta estratégica. El riesgo puede gestionarse, pero no desaparecer.
Cómo reaccionará el capital ahora
La cuestión más importante, por tanto, no es únicamente qué ocurrió en Ormuz, sino cómo reaccionará el capital a partir de ahora. El sistema energético ya ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad de adaptación. La expansión del gas natural licuado, la revolución del petróleo de esquisto y el desarrollo de nuevas regiones productoras han surgido, en parte, como respuestas a cambios económicos y geopolíticos.
“El paralelismo con la segunda ley de la termodinámica resulta ilustrativo: cuando un sistema ordenado sufre una perturbación, no vuelve automáticamente a su estado anterior. Puede reorganizarse, pero hacerlo requiere nueva energía, inversión y recursos. El sistema energético mundial probablemente seguirá ese mismo patrón”, vaticina Schreiner Parker.
El principal cambio podría producirse en la valoración del riesgo. El petróleo del golfo Pérsico seguirá siendo fundamental: la región concentra algunos de los mayores yacimientos del mundo y ofrece costes de producción extraordinariamente competitivos. Su importancia geológica y económica no ha desaparecido. “Lo que puede cambiar es el descuento que los inversores aplican al riesgo geopolítico asociado”, añade.
La seguridad adquiere un mayor valor
En este nuevo escenario, regiones como Brasil, Guyana, Canadá y Estados Unidos podrían ganar atractivo relativo. Sus recursos ya son competitivos y, en determinados casos, ofrecen un acceso a los mercados internacionales considerado más resiliente. No significa que vayan a sustituir al golfo Pérsico, sino que la seguridad del suministro podría adquirir un valor adicional junto al coste y la calidad del recurso.
El margen atlántico también presenta riesgos: desde huracanes y fenómenos meteorológicos hasta incertidumbre fiscal y política. Por ello, la redistribución del capital probablemente será gradual, y no un abandono masivo de los productores del Golfo.
“A largo plazo, la nueva valoración de la resiliencia podría favorecer también proyectos de recuperación mejorada de petróleo en campos maduros, nuevas explotaciones en aguas profundas y tecnologías capaces de reproducir fuera de Estados Unidos modelos de producción como el sale”, predice Schreiner Parker.
Y añade: “El resultado será un nuevo equilibrio energético. El Golfo seguirá siendo indispensable durante décadas, pero la geografía política podría pasar de ser un factor secundario de riesgo a convertirse directamente en un componente de la economía de producción”.
“La verdadera trascendencia de Ormuz, por tanto, no reside únicamente en la posibilidad de una interrupción física del suministro. El estrecho ha puesto en cuestión una de las premisas sobre las que se construyó el sistema energético moderno: que determinadas rutas estratégicas podían darse por seguras. Si esa confianza no se recupera plenamente, el capital incorporará un nuevo precio a la resiliencia”, concluye.
Y ese cambio, aunque sea gradual, puede acabar modificando durante años el mapa de las inversiones energéticas mundiales.
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