Ningún comentario El estrecho de Ormuz ha operado en cierta forma como el termómetro de la economía. Antes del estallido de la guerra entre Estados Unidos e Irán a finales de febrero, aproximadamente 20 millones de barriles diarios (mbd) de crudo (20% del consumo global) y una quinta parte del gas natural licuado (GNL) pasaban por esa vía marítima. Sin embargo, el conflicto y las amenazas continuas de bloqueo han provocado lo que la Agencia Internacional de la Energía ha catalogado como la mayor disrupción de suministro registrada hasta la fecha, superando el impacto del embargo en los años setenta.
Ante el colapso del tráfico comercial, los países petroleros del Golfo Pérsico han comprendido que la dependencia exclusiva de este paso es un riesgo que se les escapa de las manos. Cada día que pasa el tema cobra más relevancia. La reestructuración total del sistema de exportación es cada vez más evidente. Se necesitan decenas de miles de millones de dólares para financiar y construir rutas alternativas terrestres que eviten las aguas controladas por Irán, y aseguren a su vez la viabilidad económica en la región.
Era muy bonito mientras duró
La vulnerabilidad del estrecho de Ormuz no es algo que se ha conocido de repente. Durante la guerra entre Irán e Irak en la década de 1980, el temor a un bloqueo iraní llevó a Arabia Saudí a diseñar su primera alternativa conocida ahora como el oleoducto Este-Oeste. Esta infraestructura fue concebida para transportar crudo desde los yacimientos orientales del país hasta el puerto de Yanbu, en la costa del Mar Rojo, evitando el Golfo Pérsico.
Sin embargo, a pesar de este precedente, la mayor parte de la región mantuvo durante décadas su dependencia de Ormuz porque resultaba más eficiente desde el punto de vista económico y logístico, dado que el estrecho permite el paso de los grandes superpetroleros (VLCC) con destino al mercado asiático. La actual escalada bélica ha puesto en evidencia la supuesta seguridad de Ormuz, demostrando que la infraestructura marítima se ha convertido en un arma arrojadiza, haciendo que la reactivación de alternativas para sacar los recursos se convierta en algo inevitable.
Desviar más de 7 millones de barriles no es tarea fácil
En la actualidad, existen al menos siete grandes proyectos de oleoductos en fase de construcción o planificación avanzada para evitar Ormuz. Los datos técnicos revelan un cambio de paradigma sin precedentes. Goldman Sachsestima que, para finales de 2028, las nuevas rutas podrían absorber el 60% del volumen de exportación previo a la guerra (unos 7,3 mbd de capacidad de desvío).
En Arabia Saudí, el oleoducto Este-Oeste opera actualmente con una capacidad de entre 4 y 7 mbd, y el reino planea una expansión para añadir hasta 2 mbd adicionales para 2029. Emiratos Árabes Unidos está invirtiendo 3.000 millones de dólares para doblar la capacidad de su oleoducto Habshan-Fujairah, buscando alcanzar los 3,6 mbd en 2027 y garantizando una salida directa al Golfo de Omán.
Por su parte, Irak, el segundo mayor productor de la OPEP, está diversificando sus rutas ante la parálisis de sus terminales en Basora. Sus iniciativas incluyen la reactivación del oleoducto Kirkuk-Ceyhan hacia Turquía, la aceleración del oleoducto Basora-Aqaba hacia Jordania (1-2,5 mbd de capacidad efectiva), y un proyecto respaldado por Estados Unidos para recuperar el oleoducto Irak-Siria hacia el Mediterráneo, proyectado para transportar entre 2 y 3 mbd hacia 2030. Además, se suma el consorcio estadounidense-saudí MERA Oil, que espera construir una refinería de 5.000 millones de dólares fuera de la zona de conflicto para asegurar las exportaciones de productos refinados. Como comprenderán, esto no les va a salir gratis. La firma Rystad Energy estima en 25.000 millones de dólares la factura de reparación de las infraestructuras energéticas dañadas por la guerra en la región.
¿Quién gana y quién pierde en este cambio?
La reconfiguración del mapa está generando ganadores y perdedores. Arabia Saudí y EAU emergen como los grandes beneficiados, consolidando su posición como proveedores fiables gracias a su capacidad financiera para construir alternativas logísticas. Paralelamente, los estados de tránsito como Jordania, Turquía y Siria adquieren una importancia geopolítica que no han tenido hasta el momento, aprovechando la coyuntura para asegurar inversiones e ingresos por derechos de paso.
En el extremo opuesto, tenemos a Kuwait y Bahréin. Su dependencia física del estrecho es prácticamente total, lo que les obligará a negociar acuerdos de tránsito y a compartir ingresos con Riad y Abu Dabi para poder evacuar su producción. Qatar enfrenta un escenario crítico con el GNL, el cual para exportarlo depende mucho de buques metaneros vulnerables al conflicto, a lo que se añaden también todos los daños sufridos en los trenes de licuefacción en Ras Laffan. En la parte del consumidor tenemos a Asia (destino del 84% del crudo que pasa por Ormuz), la cual vigila expectante esta reestructuración. Mientras tanto, Estados Unidos mantiene su apoyo directo en consorcios e inversiones (como el proyecto en Siria) para aislar económicamente a Teherán.
Las alternativas no están exentas de riesgo
La estrategia de reducir totalmente el paso por Ormuz no significa necesariamente que los riesgos se eliminen por completo. Escapar de las aguas del Golfo a menudo significa adentrarse en el Mar Rojo, donde la milicia hutí, aliada de Irán, está atacando en estos momentos a terminales saudíes, buques comerciales y estaciones de bombeo de oleoductos. Proteger miles de kilómetros de tuberías expuestas frente a ataques con drones y misiles es un desafío difícil de gestionar sin apoyo militar.
Irán lo tiene claro: si ellos no pueden exportar debido a las sanciones y bloqueos, cualquier infraestructura alternativa de sus países vecinos es un objetivo militar legítimo. A esto hay que sumar la tensión diplomática añadida por Estados Unidos, con amenazas como la propuesta del presidente Trump de imponer un peaje del 20% al tránsito comercial por Ormuz, lo que ha aumentado la urgencia de los productores por huir del estrecho. Financieramente, el coste es altísimo. Llevar el petróleo al Mediterráneo requiere buques más pequeños para que puedan pasar el Canal de Suez u obligar a los buques a un trayecto mucho más largo y costoso bordeando el continente africano por el Cabo de Buena Esperanza.
La alternativa es buena, pero también cara y tardía
A medio y largo plazo, el estrecho de Ormuz no perderá su importancia en el mercado, pero sí verá reducida su capacidad como elemento influyente dentro de la economía global. Para sustentar este cambio, los estados del Golfo han contraído una cifra récord de 112.000 millones de dólares de deuda este año, cimentando un compromiso hacia un sistema de distribución diferente y ajeno a zonas de conflicto.
La nueva estrategia establece que la seguridad energética ya no se define únicamente por el volumen de los yacimientos, sino por la resiliencia de la cadena de suministro y la flexibilidad en su sistema de exportación. Se espera que el monopolio de Ormuz finalice tarde o temprano, dando paso a nuevas infraestructuras que, a pesar de ser caras y complejas, resultan indispensables para la nueva normalidad en Oriente Medio.
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