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Mientras el conflicto continuaba en medio de unas negociaciones en Islamabad que han resultado quedar en agua de borrajas, el Comandante en Jefe (sí, Trump) prefirió estar viendo la UFC en Miami. La imagen es dantesca: el Secretario de Estado, Marco Rubio, y el Presidente de los Estados Unidos celebrando golpes en un ring mientras que sus compañeros intentaban, sin éxito y sin ningún tipo de respaldo, evitar una continuidad del conflicto en la región.

Esta contradicción no es un hecho aislado, sino más bien el modus operandi de una administración que ha gestionado la crisis con Irán no como asunto de Estado, sino como una cuestión personal. ¿Puede un país ganar una guerra, ya sea en el terreno bélico o diplomático, teniendo a este señor al mando?

En el terreno geopolítico, lo que se nos vendió como una operación rápida y certera ha resultado ser una maniobra tediosa y difícil, encontrándose con un Irán capaz de plantar cara a la mejor fuerza militar del mundo. La soberbia de creer que Irán colapsaría en el momento 0 de la operación militar ha chocado frontalmente con la realidad de un régimen que, lejos de fracturarse, ha sabido jugar muy bien sus cartas (el Estrecho de Ormuz, principalmente).

Sin vía diplomática

Al asesinar a los principales líderes del régimen, la Casa Blanca ha echado por los aires cualquier vía diplomática con la que poder negociar con el régimen, dejando a miles de tropas estadounidenses como blancos en una región que ahora los repudia más que nunca.

Los datos esclarecen aún más el fracaso que ha supuesto, en términos económicos principalmente, la entrada de Estados Unidos en Irán. La promesa de una guerra de “cuatro días” se ha convertido en una agonía de más de seis semanas que ya ha supuesto un gasto en las arcas públicas estadounidenses de unos 40.000 millones de dólares.

Cada día de conflicto le cuesta a Israel 300 millones de dólares, mientras que el cierre del Estrecho de Ormuz ha ocasionado una disrupción total sobre el 20% del suministro mundial de petróleo, disparando la inflación y amenazando con una recesión global que nadie sabe cómo detener. Y el coste humano, algo que a veces se nos olvida, suma ya 1.464 civiles iraníes muertos en lo que llevamos de conflicto.

Alto el fuego

Habrá quien argumente, muy desafortunadamente, que esta es la presión que se necesitaba para doblegar a un régimen que lleva años “amenazando” a Occidente. Dirán que Trump es el único con la capacidad de infligir el suficiente daño al país como para reducir al mínimo su política actual y reconvertirlo en el “nuevo Dubái”. Pero la realidad es la que es: no hay ningún tipo de audacia o “jugada maestra” cuando han aceptado (momentáneamente) un acuerdo de alto el fuego en donde aparecen diez puntos dictados por el enemigo para poder sentarse a negociar.

Teniendo en cuenta que la promesa era revocar y destruir al régimen, proponer ahora unos “peajes compartidos” en el Estrecho de Ormuz está muy lejos de ser (o parecerse) a una victoria de los Estados Unidos de América. Lo que hoy vemos es la rendición de un líder que se dio cuenta, demasiado tarde, de que la guerra no es uno de sus negocios inmobiliarios que se pueda llevar a la quiebra para luego huir sin consecuencias de ningún tipo.

El fracaso absoluto de esta gestión radica en haber sustituido la inteligencia, el planeamiento y la alianza internacional por el instinto de un hombre de 79 años atrincherado en su red social y siendo objeto de críticas por su demacrado estado mental que proyecta al mundo. Estados Unidos sale de este laberinto más pequeño, más solo y mucho menos seguro. Si esta es la América que nos prometió el movimiento MAGA, el país no puede permitirse estar hasta el 2028 con este lunático a los mandos. El precio por todo lo que está haciendo Trump no lo va a pagar él, lo vamos a pagar todos nosotros tarde o temprano.

Antonio García-Amate es colaborador de El Periódico de la Energía especializado en mercados de petróleo y gas.

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