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Llevamos varios decenios incidiendo en la piedra filosofal de que las energías renovables son un vehículo indispensable para reducir emisiones y combatir el cambio climático. No hay dudas científicas de que este teorema está cargado de lógica. Pero limitar el debate energético a esa dimensión sería ignorar una de las transformaciones económicas más importantes que está viviendo Europa. Porque la energía y, más en concreto, su seguridad de producción, suministro y distribución, se ha convertido en un factor estratégico de competitividad en tiempos de convulsion geopolítica, cambios en el orden mundial y volatilidad en los mercados.

Las decisiones industriales que marcarán las próximas décadas ya no dependen únicamente de la fiscalidad, las infraestructuras o la disponibilidad de talento. En el último bienio, cada vez más empresas hemos incorporado un dilemma decisivo en nuestros planes de inversion y nuestras estrategias corporativas: ¿dónde podremos acceder a una energía abundante, competitiva y sostenible?

La respuesta a esa pregunta está redefiniendo el mapa industrial europeo, en el que España tiene una oportunidad excepcional para situarse entre los ganadores de este nuevo escenario. Un horizonte que debe diversificar sus fuentes energéticas para rivalizar competitivamente con EEUU y China.

Nuestro país dispone de recursos renovables extraordinarios y ha desarrollado una capacidad de generación que le ha permitido en la actualidad ofrecer unas condiciones energéticas más competitivas que muchos de sus vecinos. No se trata de una expectativa futura. Es una realidad que ya está influyendo en las decisiones empresariales y en la localización de nuevas inversiones.

Las industrias con un elevado consumo energético son las primeras en percibirlo. Para una empresa electrointensiva, la energía ya no se concibe como un coste secundario, sino como un elemento determinante de su competitividad. La posibilidad de asociar sus procesos productivos a una generación renovable mediante autoconsumo, contratos de suministro a largo plazo o nuevas fórmulas energéticas supone una reducción significativa de costes y una mayor estabilidad para planificar inversiones.

La nueva competencia entre países

Europa, de puertas hacia adentro, asiste a una nueva carrera industrial en la que las fuentes renovables se han convertido en un factor diferencial. Cuando una multinacional estudia dónde desarrollar una nueva planta, ampliar su capacidad productiva o lanzar nuevas líneas de negocio, compara mercados enteros hasta elegir el socio comunitario más conveniente. En este parangón, España empieza a destacar.

Lo estamos viendo en sectores tradicionales como la automoción, donde la electrificación está transformando profundamente los modelos productivos. También en ámbitos emergentes como los centros de datos, cuya demanda energética es creciente y constante. Pero, especialmente, en nuevas industrias nacidas al calor de la descarbonización.

La producción de combustibles sostenibles para aviación, el almacenamiento energético, los nuevos vectores energéticos o determinados procesos industriales de bajas emisiones tienen un denominador común. Todos ellos necesitan grandes cantidades de energía renovable para ser competitivos.

Por eso, muchas de las inversiones que definirán la economía de los próximos veinte años están mirando hacia aquellos territorios capaces de ofrecer esa ventaja. Y España se encuentra entre los más demandados.

Más que una transición energética, una política industrial

Con frecuencia seguimos analizando las renovables desde una óptica exclusivamente ambiental. Sin embargo, el debate es mucho más profundo. Lo que está en juego es la capacidad de Europa para mantener y fortalecer su base industrial en un contexto global cada vez más competitivo.

La transición energética debe entenderse, pues, como una política industrial de primer orden. Es cierto que trasladar grandes instalaciones industriales ya existentes resulta complejo. No por casualidad, las milmillonarias inversiones acumuladas durante décadas, las infraestructuras disponibles y las cadenas de suministro consolidadas dificultan cualquier proceso de relocalización.

Pero el pilar fundamental de este edificio no está en las industrias del passado, sino en el futuro que le depara al segundo sector. Las nuevas capacidades productivas, los nuevos proyectos y buena parte de las inversiones que se están perfilando buscan entornos capaces de garantizar energía competitiva durante décadas. Es en este punto de la hora de ruta en el que España tiene una oportunidad única. Aderezado por otra circunstancia. A medida que el mercado eléctrico traslade de forma más directa al consumidor industrial los beneficios de una generación renovable abundante, esta ventaja será todavía más evidente. La competitividad energética no solo permitirá reducir costes; ofrecerá también previsibilidad, estabilidad y seguridad para inversiones que exigen horizontes temporales largos.

Por eso la transición energética no debe contemplarse como una obligación regulatoria ni como un esfuerzo que haya que asumir. Debe entenderse como una palanca de prosperidad.

Las energías renovables nos permiten avanzar hacia un modelo económico más sostenible, pero también más competitivo. Nos ayudan a reducir dependencias externas, atraer capital, generar empleo de calidad y reforzar nuestro tejido industrial. En definitiva, nos ofrecen la posibilidad de convertir una ventaja natural en una ventaja económica duradera.

Europa necesita reindustrializarse y, en este proceso de reconversion, España dispone de una de las herramientas más poderosas para liderar ese proceso. La cuestión ya no es si las renovables serán protagonistas del futuro económico. El dilemma es si sabremos aprovechar a tiempo la ventaja competitiva que hoy tenemos en nuestras manos.

Ricardo Samper es director general de Forestalia.

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