Pregunten hoy a cualquier responsable industrial si firmaría un precio de gas de 40 €/MWh para el invierno que viene. La respuesta es sencilla: nadie lo dejaría escapar.
Ahora, pregúntenle si habría firmado ese mismo precio en enero, antes de que estallara la última crisis en Oriente Medio. La respuesta ya no resulta tan evidente.
La diferencia no está en el precio, está en la memoria. Cuarenta euros por megavatio-hora no significan nada por sí solos. En 2019 habrían parecido caros. En agosto de 2022 habrían parecido un milagro. Hoy parecen razonables porque los comparamos con escenarios recientes mucho peores. Es caro o barato dependiendo del cristal (y el momento) con el que se mira. El precio no se evalúa contra el coste industrial ni contra la voluntad de pagar: se evalúa contra la memoria reciente. Y esa memoria condiciona las decisiones de inversión.
Durante años hemos hablado de la descarbonización como si fuera una carrera entre dos curvas: el coste de los combustibles fósiles, que sube poco a poco, y el coste de las renovables, que baja poco a poco. El día que se cruzan, dice la lógica, la decisión está tomada. Hasta entonces, se vigila. Esa imagen, intuitiva y tranquilizadora, es la “trampa de linealidad” con la que pensamos, o lo que los psicólogos llaman insensibilidad a la exponencialidad. Pensamos los precios de la energía como pensamos en la marea: sube despacio, se ve venir, da tiempo a prepararse. Es una imagen reconfortante, pero si analizamos el comportamiento real son tres falacias encadenadas.
La enorme volatilidad en los mercados
La marea de los mercados energéticos no sube despacio. En agosto de 2022, el TTF se multiplicó por cinco en cuatro semanas, en marzo subió 23 €/MWh en 7 días. No se ve venir: el detonante puede ser una guerra que llevaba meses gestándose pero que el inversor da por descontada, una sequía asiática unida a los almacenamientos europeos en niveles bajos, o el cierre de un estrecho a miles de kilómetros de distancia. Y no da tiempo a reaccionar: cuando el agua llega a los tobillos, la decisión industrial todavía está atascada en la celda de Excel donde ponemos el precio previsto de la energía. La marea no avisa, no se anticipa y no espera. Tres falacias seguidas, y todas se pagan en la misma factura.
El precio del gas en Europa depende de los niveles de oferta y demanda en un mercado mundial. Qatar no era un suministrador especialmente relevante en el mix español (7% en 2025), pero el bloqueo de su producción nos coloca compitiendo por los mismos recursos que Asia y Oceanía. Cualquier desbalance de producción o consumo afecta sobremanera a un continente europeo que todavía hoy depende del exterior para el 57% de sus necesidades energéticas.
Cuando esos saltos ocurren, los precios reaccionan en semanas, o incluso en días. Las decisiones industriales, en cambio, se mueven en otra escala. Evaluar una inversión, aprobarla internamente, asegurar la financiación, sacar pliegos, adjudicar, instalar y poner en marcha —una caldera eléctrica, una bomba de calor industrial, un campo solar térmico— exige entre doce y dieciocho meses en el mejor de los casos. Hay una asimetría temporal incómoda en el corazón del problema: el shock tarda semanas en llegar; la respuesta, año y medio. Cuando el pico de precio convierte la inversión en obvia, ya es tarde para mitigar el impacto. La rentabilidad aparece de golpe, sin margen.
La lógica de la rentabilidad compara el coste actual con el coste alternativo y, si el cruce ocurre, invierte. Espera al cruce porque cree en el cruce. La lógica de la gestión de riesgo, en cambio, identifica una exposición, valora su impacto bajo escenarios adversos y decide en función de la varianza esperada, no solo del coste medio. Las dos formulaciones convergen en el mismo número cuando el mundo es predecible. En un mercado volátil, no. La lógica de la rentabilidad se equivoca sistemáticamente —y en la misma dirección—: siempre llega tarde, porque siempre espera la confirmación. La gestión de riesgo no espera confirmación; descuenta el episodio antes de que ocurra.
El coste real de la transición
Por eso la pregunta no puede ser únicamente cuándo la inversión (en eficiencia, autosuficiencia, electrificación o gases renovables) va a ser más barata. Es cuánto le va a costar a la cuenta de resultados un shock de cien euros por megavatio-hora durante seis meses, si todavía no se ha movido. La descarbonización industrial ha dejado de ser, así formulada, una apuesta sobre el precio futuro de los combustibles fósiles. Es un hedge físico: una cobertura estructural que sustituye una posición corta en gas por una menor exposición a la volatilidad de los mercados energéticos. Las decisiones contractuales —precios fijos, hedging, contratos a plazo— mitigan el impacto, pero no eliminan la exposición. En los picos extremos, además, las primas explotan y la cobertura financiera ya no está disponible al precio anterior al shock. Las decisiones tecnológicas, en cambio, vuelven irrelevante el precio del megavatio-hora que no se consume.
Es en el coste de transición donde la conversación suele atascarse. Y es legítimo: electrificar un proceso industrial, instalar una bomba de calor o desplegar nuevas tecnologías requiere inversión, además de permisos, ingeniería y tiempo. Pero esa es solo una parte de la ecuación.
Una industria que ahorra energía puede monetizar hoy esos ahorros mediante Certificados de Ahorro Energético. Además, Europa está alineando incentivos y regulación en una misma dirección: apoyar la electrificación y las tecnologías limpias mientras aumenta progresivamente el coste de las emisiones a través del Emissions Trading System. Lo importante no es memorizar el nombre de cada instrumento, sino entender su lógica: están diseñados para quienes se mueven primero.
La asimetría es sencilla. Si la decisión se toma hoy, todavía existen incentivos. Si se toma cuando el problema es evidente para todos, aparecen nuevas necesidades y menos margen de actuación.
Mientras esperamos ese supuesto cruce perfecto de costes, el riesgo sigue acumulándose. Y el calendario de la respuesta industrial no se acelera porque el mercado se vuelva más volátil.
Eso es precisamente lo que tendemos a olvidar cada vez que los precios se estabilizan: que las crisis energéticas no son acontecimientos extraordinarios que ocurren de vez en cuando. Son recordatorios de una realidad que sigue ahí incluso cuando el mercado parece tranquilo.
Por eso la cuestión no es si volveremos a enfrentarnos a nuevos episodios de tensión energética. La experiencia reciente sugiere que lo haremos. La cuestión es si seguiremos analizando la energía únicamente como una variable de precio o si empezaremos a considerarla, también, como un problema de exposición al riesgo y de competitividad industrial.
Porque esperar a que llegue la próxima crisis para actuar no es prudencia, es asumir que la próxima será diferente a todas las anteriores.
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Víctor Ballestín Trenado es director de Eficiencia Energética en CIRCE – Centro Tecnológico.






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