Más allá de los dislates habituales de Trump —esa catarata incesante de anuncios, amenazas, ocurrencias, fakes y decisiones que mantienen en vilo a líderes, medios y opinión pública—, lo de Venezuela tiene una derivada muy inquietante, y por supuesto nada casual: el petróleo vuelve a ocupar el centro del debate como si el cambio climático se hubiera evaporado del mapa y los negacionistas del cambio hayan tomado el mando del debate climático.
Y lo curioso es que el foco no está puesto en la agresividad de la política exterior estadounidense ni en su carácter imperial. Tampoco en la violación flagrante del derecho internacional. La discusión transcurre, más bien, por si la intervención es justa o injusta, legítima o ilegítima. Pero hay algo que se está pasando por alto: estamos hablando de petróleo. Y no de cualquier petróleo, sino de uno de los crudos más sucios del planeta. Se está hablando de materializar ingentes inversiones multimillonarias en energía cuando estas mismas inversiones para energías renovables son siempre más etéreas y difíciles de materializar.
A este elemento se suma otro de enorme calado estructural: el papel de los petrodólares. La posibilidad, planteada en su momento por el gobierno venezolano, de utilizar criptomonedas u otros mecanismos alternativos al dólar para el comercio internacional del crudo generó una inquietud considerable en Washington. El dominio del dólar en los intercambios energéticos ha sido durante décadas uno de los pilares del poder financiero estadounidense. No son pocos los analistas que interpretan conflictos pasados —Irak o Libia— desde esta lógica monetaria y geoeconómica más que desde argumentos estrictamente políticos o humanitarios.
Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo —cerca del 18 % del total global—. Pero la mayor parte son crudos pesados y extrapesados, concentrados sobre todo en la Faja del Orinoco. Extraer, transportar y refinar este tipo de petróleo es complicadísimo: consume más energía, necesita diluyentes especiales, exige procesos industriales más intensivos. El resultado son emisiones de CO₂ mucho más altas por barril que las de los crudos convencionales.
Huella de carbono del petróleo
Hay estudios que sitúan la huella de carbono de este crudo venezolano entre las peores del mundo, comparable —o incluso superior— a la de las arenas bituminosas de Canadá. Desde el punto de vista climático, es una de las peores noticias justo cuando la ciencia viene confirmando y corroborando que hay que dejar bajo tierra una parte importante de las reservas fósiles que conocemos si el objetivo es que no siga aumentando la concentración de CO2 en el aire, actualmente sobre los 430ppm y creciendo año tras año y acercándose a su zona roja de límite superior sin retorno.
Al ritmo de crecimiento 2-3 ppm por año, en 10 años se habrá superado este límite. Si ya con las actuales previsiones del mercado de futuros, 2030 y 2050, en el consumo mundial de fósiles, petróleo y gas, este límite será superado a menos que se generalicen las tecnologías CDR ( Carbon Dioxide Removal), ahora con la previsión de continuar incrementando el consumo de fósiles todos los planes de reducción en el consumo de fósiles, todas las acciones para disminuir las emisiones de CO2, todos los avances en la legislación y las normativas en defensa de la lucha contra el cambio climático quedan bombardeados y destruidos.
La industria petrolera venezolana, además, está destrozada. Infraestructuras obsoletas, falta crónica de inversión, deterioro tecnológico, pérdida masiva de técnicos especializados. La producción llegó a superar los 3 millones de barriles diarios a finales del siglo pasado; ahora es una fracción de eso, con oscilaciones que no se acercan ni de lejos a lo que fue.
Las causas son conocidas: mala gestión, corrupción rampante, colapso institucional, fuga de cerebros y el impacto de las sanciones internacionales que han dejado al país sin acceso a financiación, tecnología y mercados. Todo esto sobre el telón de fondo de una crisis política interminable, con Maduro enfrentado a medio mundo y sin que haya habido nunca una estrategia coherente para recuperar el sector.










Palermo Diaz
12/01/2026