Especiales  ·  40 aniversario de Chernobyl

Chernobyl, el accidente nuclear que nunca debió ocurrir

Primero se produjo una explosión de vapor. Después, una segunda deflagración terminó de destruir la cubierta. Dyatlov a lo suyo daba por hecho que la explosión no había sucedido. O si lo sabía, se calló. El núcleo quedó expuesto al exterior, ardiendo en contacto con el aire. El desastre ya estaba hecho

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En la madrugada del 26 de abril de 1986, mientras Europa dormía ajena a lo que estaba a punto de ocurrir, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl entró en una secuencia de eventos que nunca debieron ocurrir. Décadas trabajando con esfuerzo la industria nuclear para evitar un accidente de estas características. Pero no se hicieron las cosas bien, y en esto de la ingeniería, cuando las cosas no se hacen bien, tienen consecuencias.

A pocos kilómetros, en la joven ciudad de Prípiat, construida para alojar a los trabajadores de la planta, la vida seguía su curso normal. Nadie podía imaginar lo que iba a suceder en cuestión de horas. Aquel lugar se convertiría en el símbolo del mayor desastre tecnológico de la historia.

El accidente no fue el resultado de una única causa, ni de una decisión aislada. Fue, más bien, la consecuencia de una combinación letal de factores técnicos, humanos y estructurales. ¿Les suena de algo? El reactor implicado, un RBMK-1000 de diseño soviético, presentaba características que, en determinadas condiciones, podían convertirlo en inherentemente inestable.

Seguramente hayan visto la serie Chernobyl o hayan visto algún documental al respecto del accidente. Claramente la mano del hombre tuvo mucho que ver ese día. Sobre todo en la persona de Anatoly Dyatlov, ingeniero jefe y responsable directo de la prueba. Su cabezonería por querer llevar a cabo la prueba acabó por producir el mayor desastre nuclear de la historia.

A diferencia de los reactores occidentales, el RBMK utilizaba grafito como moderador y agua ligera como refrigerante, una combinación que, lejos de amortiguar las fluctuaciones, podía amplificarlas. El elemento más crítico era su coeficiente de vacío positivo: cuando el agua se convertía en vapor dentro del núcleo, la reacción nuclear no disminuía, sino que se intensificaba. Y eso es lo que ocurrió.

Sala de control de la central nuclear de Chernobyl.FOTO: EBRD

La prueba

Esa madrugada, los operadores estaban ejecutando una prueba de seguridad que llevaba tiempo posponiéndose. El objetivo era comprobar si, en caso de pérdida de suministro eléctrico, la inercia de la turbina sería suficiente para alimentar temporalmente los sistemas de refrigeración. Para llevarla a cabo, se desactivaron varios sistemas automáticos y se forzó al reactor a operar en condiciones para las que no estaba diseñado. La potencia descendió por debajo de niveles seguros, lo que provocó una acumulación de inestabilidad en el núcleo.

Los pobres Alexander Akimov y Leonid Toptunov, el jefe de turno y operador encargado de los sistemas no daban crédito a lo que les ordenaba su jefe. El reactor no respondía. La tensión vivida en esos momentos tuvo que ser máxima. Sabiendo que la operación normal del reactor se les estaba escurriendo de las manos.

A la 01:23, la situación se volvió irreversible. El aumento de burbujas de vapor en el circuito —el llamado “vacío”— disparó la reactividad. La potencia del reactor se multiplicó en cuestión de segundos. Cuando los operadores activaron el sistema de parada de emergencia, las barras de control descendieron al núcleo, pero lo hicieron con un defecto de diseño que agravó momentáneamente la reacción. Las caras de miedo estaban en toda la sala. Fue el punto de no retorno.

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La energía liberada superó con creces la capacidad estructural del reactor. Primero se produjo una explosión de vapor. Después, una segunda deflagración terminó de destruir la cubierta. Dyatlov a lo suyo daba por hecho que la explosión no había sucedido. O si lo sabía, se calló. El núcleo quedó expuesto al exterior, ardiendo en contacto con el aire. El desastre ya estaba hecho.

El grafito en llamas actuó como una chimenea abierta hacia la atmósfera. Durante días, el reactor expulsó material radiactivo sin control. Isótopos como el yodo-131 o el cesio-137 se elevaron en una columna invisible que el viento arrastró por buena parte del continente europeo. La Unión Soviética tardó en reconocer la magnitud del accidente. En esa época no había móviles, ni la tecnología actual que te enteras prácticamente en directo de lo que sucede en cualquier esquina del planeta. De hecho, fue una central en Suecia la que detectó primero los niveles anómalos de radiación, obligando a las autoridades soviéticas a admitir lo ocurrido. Todo señalaba a Chernobyl. Y los rusos, callados.

Incluso la nube tóxica llegó a España. Las propias centrales nucleares españolas detectaron algunos niveles de radiactividad, muy bajos, que no tenían efecto alguno, pero se notaron. Son más de 3.200 kilómetros para que se hagan una idea de lo que significó.

Opacidad y mala gestión

Pero no contentos con ello, la gestión posterior del accidente lo agravó aún más. La Unión Soviética, como encarnación del comunismo, quedó expuesta como el mayor enemigo.

Se actuó tarde y mal, probablemente en algunos casos por desconocimiento, pero en otros muchos, con mala fe y eso, con miles de vidas en juego no es precisamente lo mejor.

En el terreno, la respuesta fue inmediata pero profundamente insuficiente. Los primeros bomberos que acudieron a sofocar el incendio lo hicieron sin protección adecuada, ignorando la naturaleza del peligro al que se enfrentaban. Muchos de ellos morirían semanas después por síndrome agudo de radiación. En los días siguientes, miles de soldados, ingenieros y trabajadores —los llamados liquidadores— fueron movilizados para contener el desastre. Su tarea consistía en limpiar los escombros radiactivos, apagar los restos del incendio y construir una estructura de hormigón que sellara el reactor destruido. No sabían ni que hacer, ni por dónde empezar.

Máscara utilizada por los liquidadores para evitar la radiactividad. FOTO: Reznik89/Pixabay

La evacuación de Prípiat no se ordenó hasta 36 horas después de la explosión. Imaginen esa nube tóxica de radiación expandiéndose por todo el territorio. La lluvia ácida. Más de 40.000 personas abandonaron sus hogares con la promesa de regresar en pocos días. Jamás volvieron y si lo hicieron fue para ver el resultado del desastre décadas después.  En los meses posteriores, otras decenas de miles serían reubicadas en una zona de exclusión de 30 kilómetros que, aún hoy, permanece prácticamente deshabitada.

Nada que recuerde a Chernobyl tiene ahora vida, salvo la pura naturaleza. Lean luego el reportaje que han preparado mis compañeros.

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Las consecuencias sanitarias del accidente han sido objeto de debate durante décadas. A las muertes inmediatas se sumaron miles de casos de cáncer, especialmente de tiroides, relacionados con la exposición al yodo radiactivo. Pero más allá de las cifras, el impacto psicológico, social y económico fue devastador para las poblaciones afectadas. Y para la imagen de la URSS. El gigante comenzó ese día a romperse a pedazos hasta su desaparición a principios de los 90.

La cifra de víctimas es espeluznante y hay que decirla. Muertos inmediatos fueron dos por la explosión y el colapso del reactor. Fallecidos por síndrome agudo de radiación en las semanas siguientes fueron 28. En total, 30 son las víctimas directas del accidente.

Luego ya dependiendo de la fuente pueden ascender a decenas de miles, pero según la OMS y la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) la cifra podría haber superado los 4.000 fallecidos por el accidente.

A partir de ese momento, el mundo ya no fue igual. Pero se ha actuado bien desde la industria nuclear. 40 años después ya no se ha dado otro Chernobyl, sí otros accidentes, y eso ha sido gracias al trabajo de muchos profesionales.

Aprendizaje en seguridad nuclear

Desde el punto de vista técnico, Chernobyl obligó a replantear los fundamentos de la seguridad nuclear. El accidente puso de manifiesto que no basta con diseñar sistemas robustos: es imprescindible que la cultura organizativa, la formación de los operadores y la transparencia institucional estén a la altura de la complejidad tecnológica. La industria nuclear internacional respondió reforzando sus estándares, introduciendo mejoras en el diseño de reactores y promoviendo mecanismos de cooperación global.

Imagen actual de Chernobyl.Fuente: Wikimedia

Décadas después, el reactor sigue allí. Primero cubierto por un sarcófago improvisado, hoy protegido por una gigantesca estructura de acero diseñada para contener cualquier fuga futura. A su alrededor, la naturaleza ha recuperado el espacio que el ser humano abandonó, creando una paradoja inquietante: uno de los lugares más contaminados del planeta se ha convertido también en un refugio para la vida salvaje.

Chernobyl no es solo un episodio del pasado. Es una advertencia permanente sobre los límites de la tecnología cuando se combina con la opacidad, la presión operativa y el error humano. Un recordatorio de que, en sistemas complejos, el fallo no suele ser inmediato ni evidente, sino el resultado de decisiones acumuladas que, en el momento menos esperado, se alinean de la peor manera posible. Nunca debió ocurrir.

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