Orizaola (CSIC): "Lo mejor que se ha hecho en Chernobyl es no hacer nada e irse”
Cuatro décadas después del desastre nuclear, la Zona de Exclusión se ha convertido en un santuario de biodiversidad excepcional. El investigador del CSIC Germán Orizaola lleva años estudiando este laboratorio natural único y desmonta mitos sobre la radiación, las ranas negras y el verdadero impacto de la guerra
Es la mayor área de Europa sin intervención humana directa. Un territorio de 4.700 kilómetros cuadrados repartidos entre Ucrania y Bielorrusia, el equivalente a la mitad de la provincia de Madrid y que, paradójicamente, se ha transformado en una reserva natural de facto. Entrevistamos a Germán Orizaola, investigador del CSIC en la Universidad de Oviedo y experto en la recuperación biológica de este extenso y delicado territorio.
“La naturaleza se encuentra allí en mejores condiciones que antes del accidente”. Allí habita la mayor densidad de lobos de toda Europa, junto con una población muy importante de lince boreal. Osos, bisontes y caballos de Przewalski han llegado por su propio pie. Sin olvidar alces, corzos, urogallos y cientos de especies de aves. La biodiversidad, subraya el científico, es extraordinaria.
Pero el investigador del CSIC pide matizar una idea muy extendida. Chernobyl no es solo la central y la fantasmagórica ciudad de Pripiat. Es un territorio enorme. Y a día de hoy, alrededor del 70% de esa superficie presenta niveles de radiación que serían perfectamente compatibles con la vida humana, similares a los de cualquier otra parte del mundo. El 30% restante tiene una contaminación algo más alta, pero muy heterogénea.
CSIC/Univ. Oviedo
Orizaola explica que la radiación está determinada por lo que denominan "partículas calientes": puntos individuales de material radiactivo. La radiación no se reparte de forma uniforme. Se puede estar en una zona que marque 10 microsieverts por hora y, al moverse dos metros, la radiación es la normal. Esta distribución tan desigual, apunta, la conocen bien porque teóricamente, durante años, los únicos con acceso para medirla eran los científicos.
En una de sus estancias de dos semanas en la zona, moviéndose por todo tipo de terrenos, incluidas áreas de alta radiación, la dosis que acumularon 24 horas al día fue equivalente a la de dos vuelos a EEUU o a un tercio de una mamografía. "Los niveles de radiación son una realidad", concede, "pero hay que ponerlos en contexto".
La marcha de los humanos
La ausencia de humanos, explica, ha sido el factor clave para la recuperación del entorno natural. “No es que la naturaleza se haya recuperado, es que está en mejores condiciones que antes del accidente.” El caso de los lobos resulta paradigmático: la densidad actual es la mayor de Europa, algo impensable antes de 1986, cuando eran perseguidos sistemáticamente.
Antes del accidente, había 350.000 personas viviendo ahí, con una intensa actividad agrícola e industrial soviética. Esa presión desapareció por completo. Los campos de cultivo se han transformado en bosques y praderas, creando un ambiente mucho más rico.
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Y esta constatación lleva a Orizaola a desmontar otro mito muy extendido: el del famoso sarcófago de Nuevo Confinamiento Seguro. La gente cree que es una barrera que contiene la radiación, pero el investigador aclara que no es tan relevante. Cuando él estuvo delante del reactor en 2016, pocos meses antes de que lo instalaran, los niveles de radiación eran ya muy bajos. El reactor ya apenas emite. La función principal del sarcófago, apunta, es más bien la de un gran paraguas: proteger de la lluvia y el viento para que las futuras tareas de desmantelamiento del combustible residual se puedan hacer en condiciones laborales y operativas más estables. Porque la radiación que hubo, sentencia, "ya está fuera, depositada en el suelo y la vegetación".
Las ranas que se volvieron negras por darwinismo puro
Uno de los fenómenos que más atención ha captado de su trabajo es el estudio sobre las ranas de la especie Hyla orientalis que han pasado de ser verdes a ser negras en la zona contaminada. Orizaola lo describe como "un ejemplo fascinante de evolución en acción".
La mayoría de los cambios que se observan ahora no son una respuesta a la radiación actual, que es baja, sino que constituyen una huella de lo que ocurrió justo después del accidente, en 1986, cuando los niveles de radiación y los isótopos más dañinos, como el yodo radiactivo, estaban presentes en toda su intensidad.
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Esta rana, como muchas especies, presenta una variabilidad natural en su coloración, desde verde claro a muy oscuro. La melanina, que es lo que oscurece la piel, funciona de forma similar a como lo hace en los humanos contra la radiación solar: protege contra el daño ionizante. En los meses y años posteriores a la catástrofe, las ranas más oscuras, con más melanina, sufrieron menos daño, sobrevivieron más y se reprodujeron mejor. Así, en pocas generaciones, lo que era una minoría se convirtió en la forma dominante en las zonas más contaminadas. "Es un proceso de selección natural darwiniana en estado puro y muy rápido", afirma Orizaola.
¿Monstruos radiactivos?
Entonces, si la radiación fue tan intensa al principio, ¿por qué no se ven en Chernobyl las malformaciones catastróficas que la cultura popular ha esparcido durante décadas? Ese imaginario colectivo responde a dosis masivas y agudas de radiación, no a lo que ocurre en la mayor parte de la zona. Incluso en 1986, el impacto no fue homogéneo. El pequeño y famoso Bosque Rojo murió, pero fue recolonizado desde las áreas cercanas donde muchas poblaciones de animales sobrevivieron.
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El investigador reconoce que hay estudios que muestran, por ejemplo, que las golondrinas en Chernobyl están en peor estado. Pero matiza que eso no es necesariamente consecuencia directa de la radiación. Las golondrinas son aves que viven asociadas a los humanos y la ganadería. Al abandonarse la agricultura y convertirse la zona en un bosque, su hábitat y fuente de alimento han desaparecido. Su declive, argumenta, se debe a un cambio ecológico radical, no a un daño radiactivo directo. “Se confunde correlación con causalidad.”
En el caso concreto de sus ranas, hicieron un estudio muy interesante para comprobar si, aunque no hubiera mutaciones visibles, la radiación había acortado su esperanza de vida. Analizando los anillos de crecimiento en sus huesos (como si fueran árboles) comprobaron que la edad media de las ranas dentro de la zona de exclusión es exactamente la misma que la de las ranas de zonas no contaminadas. "No hay evidencia", concluye, "de que la radiación haya reducido su longevidad".
La mejor gestión fue irse y no volver
La estrategia de conservación más efectiva ha sido simplemente irse y dejar que la naturaleza siga su curso. Eso es lo que ha permitido esta recuperación ecológica sin precedentes.
Y para el futuro, el investigador aboga mantener en cierto grado la zona de exclusión, lo que no está reñido con otros usos, como el turismo. Existía un turismo, a veces un poco macabro, de visita a Pripiat y la memoria de la tragedia, pero también empezaba a despegar un turismo de naturaleza, para ver lobos, alces o caballos en libertad.
La guerra ha sido un desastre para la ciencia y el ecosistema
Desde la invasión rusa de 2022, la situación ha dado un vuelco dramático. Orizaola reconoce que la guerra ha sido dañina, pero desde un punto de vista estrictamente ecológico, el impacto en la zona de exclusión, por ahora, no parece alto. La invasión rusa empezó precisamente por la región de Chernobyl, con la ocupación de la central y sus alrededores durante algo más de un mes. Hubo bulos sobre soldados con síndrome de radiación aguda en el Bosque Rojo, pero el investigador lo desmiente: eso es imposible con los niveles actuales.
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El daño más grave, lamenta, ha sido para la ciencia. Toda la investigación se ha paralizado. Muchos colegas ucranianos se han unido al ejército. Además, la mayoría de los laboratorios que había en la zona, dedicados a la protección radiológica y al estudio de la fauna y flora, fueron saqueados por el ejército ruso. Robaron ordenadores y material. Orizaola añade con alivio que su propio laboratorio se salvó de milagro porque estaba en una casa que no parecía un laboratorio.
El otro gran problema ahora es la seguridad. Hay minas terrestres sin desactivar. Ya ha habido algún caso de caballos de Przewalski que han volado por una mina. Eso complica enormemente cualquier trabajo de campo futuro. Además, la frontera con Bielorrusia, que antes era un simple alambre que cruzaban para muestrear, es ahora una línea militarizada y cerrada. También se están utilizando grandes extensiones para la guerra de drones, llenándolo todo de cables de fibra óptica, aunque el investigador precisa que eso no es un problema ecológico grave. Hace unos meses, un dron impactó contra el sarcófago, lo que demuestra que es una zona activa.
Mientras tanto, Chernobyl sigue ahí, con sus lobos, sus bisontes y sus ranas negras, aguardando que los humanos decidan si volver.
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