Dos décadas de esfuerzo y miles de millones gastados en transición energética no han valido para frenar la dependencia que Europa sigue teniendo de la energía fósil. Con el Estrecho de Ormuz bloqueado y una factura energética que aumenta por momentos (con el Brent en los 115 $ el barril), la Unión Europea ha pasado de una dependencia de Moscú a una necesidad imperiosa por el GNL y el crudo americano, sin hablar del que recibimos de Oriente Medio y norte de África. ¿Hasta cuándo vamos a seguir engañando a la gente, y de paso pagando cantidades estratosféricas en nuestra factura de la luz y combustible?
A pesar de los discursos triunfalistas de algunos de nuestros dirigentes, la Unión Europea sigue importando prácticamente la misma energía que a principios de siglo. Es un dato demoledor que choca de frente con la narrativa de Bruselas. Mientras nos vanagloriamos por la instalación de parques eólicos y paneles solares en la región, la realidad de nuestra economía sigue basándose, queramos o no, en barriles de petróleo y buques metaneros que transportan GNL.
Hoy, con la guerra en Irán y el consiguiente bloqueo del Estrecho de Ormuz, Europa vuelve a una realidad que debería haber tenido en consideración durante todos estos años. En apenas cincuenta días de conflicto, Europa ha tenido que desembolsar un sobrecoste de 24.000 millones de euros para cubrir sus necesidades energéticas. Y así, como el que no quiere la cosa, volvemos a estar enfangados en una nueva crisis energética apenas unos años después de otra de la que todavía no hemos salido (guerra en Ucrania). Seguimos atrapados entre ambiciones climáticas y la cruda realidad de nuestra dependencia fósil.
La guerra con Ucrania
Echemos la vista atrás por un momento. En 2022, tras la invasión de Ucrania, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, nos prometió que Europa jamás volvería a depender de un único país en cuanto a energía se refiere, haciendo de la diversificación nuestro nuevo “know how”. Sin embargo, lo único que hemos hecho es cambiar de amo. Al cortar drásticamente los lazos con el gas ruso, nos hemos arrojado a los brazos de Estados Unidos, quien ahora nos suministra el 55% de GNL que entra a Europa.
Esta nueva dependencia quedó evidenciada cuando la UE tuvo que ceder ante las amenazas arancelarias de Donald Trump, acordando gastar 750.000 millones de dólares en energía y tecnología estadounidense durante los próximos tres años. Hablamos constantemente de soberanía energética, pero en la práctica, estamos supeditados a lo que quiera el iluminado que habita la Casa Blanca y a merced de guerras y cierres de estrechos que quedan a miles de kilómetros de nuestras fronteras.
Los números son muy claros, veamos el problema de la transición energética y su lentitud. Pese a que más de la mitad de nuestra electricidad se genera con fuentes limpias, el nivel de electrificación de la economía europea lleva una década estancado en apenas un 20-23%. El resultado es que seguimos importando el 57% de la energía total que consumimos. El petróleo sigue dominando el 37% de nuestra matriz energética, seguido del gas con un 21%.
Mucha pasta
Cuando hablamos de dinero, el panorama es más desolador aún. Solo en el año 2025, la UE gastó 396.000 millones de euros en comprar combustibles fósiles de países extranjeros. Mientras nuestros coches, sistemas de calefacción e industria pesada sigan necesitando de combustibles fósiles, iniciativas como el reciente plan AccelerateEU no serán más que parches temporales que irán en contra de nuestros objetivos estratégicos y de competitividad respecto a terceros países.
Aun así, los defensores de estas políticas se escudan en la necesidad de tiempo para ver los frutos. Nos recordarán, justificadamente, que las energías renovables y nucleares ya cubren el 71% de nuestra generación eléctrica, y que se prevé movilizar en torno a los 660.000 millones de euros en inversiones de aquí a 2030. Señalarán también que nuestra actual dependencia del GNL nos posiciona en un mercado global y flexible que nos permite sortear apagones inminentes, a diferencia de los rígidos gasoductos que nos ataban a Rusia.
Pero esto, y una vez más lo digo, choca con la realidad. Generar electricidad limpia no sirve de nada cuando la base de nuestra economía industrial no está electrificada. Confundir la capacidad de generación eléctrica con la verdadera independencia energética ha sido lo que nos está llevando a estar preocupados por lo que pase con Rusia, con Estados Unidos, y ahora con Irán y el Estrecho de Ormuz.
En definitiva, o despertamos de este sueño ecologista y apostamos por transformar verdaderamente nuestra matriz de demanda energética, o nos resignaremos a pagar, año tras año, el coste de nuestra propia torpeza y vulnerabilidad.
Antonio García-Amate es colaborador de El Periódico de la Energía especializado en mercados de petróleo y gas.






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