El cierre de Ormuz por parte de Irán, sumado a los ataques hutíes contra los envíos por el mar Rojo, ha dejado a los grandes productores del Golfo sin sus principales corredores de exportación. En ese contexto de urgencia, Riad y sus vecinos han empezado a explorar una alternativa que hace apenas unos años habría sido impensable: tender un oleoducto a través de territorio israelí, un país con el que ninguno mantiene relaciones diplomáticas formales.
La idea, todavía en fase de conversaciones, consiste en aprovechar infraestructura ya existente. El crudo saudí saldría por tierra desde la costa del mar Rojo, previsiblemente cerca de Yanbu, cruzando el desierto hasta engancharse al oleoducto transisraelí, una tubería de más de 260 kilómetros que data de los años sesenta y que hoy conecta Eilat con el puerto mediterráneo de Ashkelon, desde donde el petróleo podría zarpar directamente hacia Europa.
Israel no oculta su entusiasmo. Su ministro de Energía, Eli Cohen, ha reconocido contactos discretos con varios países del Golfo y resume el argumento de venta: ni Irán ni los hutíes podrían interferir en una ruta que atraviesa suelo israelí. El primer ministro Benjamín Netanyahu ha ido más lejos, presentando el proyecto como el fin definitivo de la vulnerabilidad de Oriente Medio ante los cuellos de botella marítimos.
El escollo sigue siendo político pues Riad supedita cualquier normalización con Israel al reconocimiento de un Estado palestino, algo que Jerusalén descarta. Pero el reciente acuerdo nuclear civil entre Washington y Arabia Saudí, que Donald Trump ha vinculado explícitamente a que el reino restablezca lazos con Israel, ha añadido una presión externa que antes no existía y que podría terminar destrabando iniciativas como esta.
El Golfo exporta fundamentalmente por barco, y los oleoductos han funcionado siempre como respaldo, pero no como columna vertebral del sistema: aun con el desplome del tráfico por Ormuz esta primavera y su recuperación parcial en julio, las rutas terrestres solo absorben una porción menor de ese volumen, y prácticamente nada del gas.
A esto se suma que las propias terminales israelíes son blanco recurrente de misiles y drones (Eilat llegó a quedar casi paralizada el año pasado): multiplicar oleoductos también multiplica objetivos. Con el mar Rojo y Ormuz convertidos en zonas de riesgo permanente, sin embargo, el Golfo podría no tener demasiadas alternativas mejores.
Deja tu comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Todos los campos son obligatorios