El actual conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha provocado el cierre del Estrecho de Ormuz. Este paso marítimo canalizaba el tránsito del 20% del suministro mundial de petróleo y GNL. Este elemento disruptivo ha dejado a las terminales europeas en una situación de alta fragilidad, obligándolas a competir en precios contra los principales compradores asiáticos de cara a asegurar las reservas para el próximo invierno. A medida que el comercio marítimo sufre este tipo de situaciones, las terminales europeas de importación se han congestionado y la presión ahora se encuentra en el origen de esa energía.
Ahora lo que importa es dónde se estructura y se financia el suministro antes de exportar. Dado este escenario tan difícil, la cuenca del Mediterráneo Oriental emerge como un enclave a tener en consideración. Esta región no busca sustituir 100% los suministros perdidos de Rusia o del Golfo, pero sí se está posicionando como un corredor energético indispensable para garantizar la resiliencia energética frente a perturbaciones externas.
Aprovechando las oportunidades. Una historia de integración comercial
Durante décadas, el Mar Mediterráneo fue percibido como un área de tránsito marítimo pacífica y libre de problemas. Las principales disrupciones que sufría la región se limitaban a disputas territoriales terrestres, como las divisiones en la isla de Chipre o el conflicto árabe-israelí. Sin embargo, los descubrimientos de gas y petróleo (offshore) a principios de la década de 2010 supusieron un incremento en la relevancia de la región. La aparición de grandes reservas, como Leviathan (Israel) o Zohr (Egipto), transformó de inmediato las aguas compartidas en un tablero de ajedrez en el que todos los países competían por un trozo del pastel. Históricamente, la diplomacia fomentó la integración a través de enviados especiales que buscaban anclar las economías árabes a la infraestructura de extracción de Israel.
Para gestionar esta situación, a comienzos del 2019, Egipto, Israel, Grecia, Chipre, Italia, Jordania y la Autoridad Palestina establecieron formalmente el Foro del Gas del Mediterráneo Oriental (EMGF). Esta institución nació con el propósito de crear un mercado común, coordinar el desarrollo comercial y facilitar las sinergias entre los productores y consumidores. La invasión de Ucrania y el aislamiento energético de Rusia hicieron que esta iniciativa cobrara más importancia de la que en sus inicios se esperaba. Hoy, la cuenca oriental acelera sus esfuerzos conectando pozos de extracción con los principales puntos de demanda en Europa.
¿Cómo impulsar la producción y monetizar los esfuerzos?
Los datos técnicos muestran una expansión sin precedentes en la infraestructura de extracción de la región. Israel encabeza la lista de productores gracias a la inversión de 2.360 millones de dólares aprobada por los consorcios de Chevron, NewMed Energy y Ratio Energies. La iniciativa tiene como objetivo expandir el yacimiento de Leviathan, elevando su capacidad de 12.000 millones a 21.000 millones de metros cúbicos (bcm) anuales hacia el 2030. También está tratando de impulsar el campo Tamar, esperando aumentar la producción efectiva de 1,1 a 1,6 miles de millones de pies cúbicos diarios de capacidad.
Egipto también se está poniendo las pilas. El país ha trazado una hoja de ruta que estipula la perforación de más de 100 pozos en el Mediterráneo. Uno de los mayores éxitos recientes es el descubrimiento en el pozo Denise West, operado por ENI y BP, que alberga unas reservas estimadas en 2 billones de pies cúbicos de gas (Tcf) y 130 millones de barriles de crudo. Por su parte, Chipre avanza también en el desarrollo del campo Aphrodite (con reservas probadas de 3,7 Tcf). Compañías como ExxonMobil acaban de declarar la viabilidad comercial de los yacimientos de Pegasus y Glaucus, dando acceso a otros 7 Tcf de reservas. En el Mar Negro, Rumanía se suma a esta fiebre instalando 160 kilómetros de tuberías para el proyecto Neptun Deep, destinado a proveer 100 bcm de gas a Europa a partir del año 2027.
Independencia del Golfo… Al menos parcialmente
La viabilidad comercial del gas en el Mediterráneo Oriental radica en una gran cantidad de actores, los cuales son interdependientes entre sí. Egipto actúa como el ancla del sistema, ya que posee en su territorio las únicas dos plantas de licuefacción (GNL) operativas de la región, situadas en las ciudades de Idku y Damietta. "Este acuerdo destaca el papel de Egipto como centro para el gas del Mediterráneo Oriental, apoyando una mayor integración", declaró QatarEnergy tras la firma del acuerdo con ExxonMobil y Egipto para exportar el gas de los yacimientos chipriotas a través de las infraestructuras del país.
Israel asume dentro de esta ecuación el papel de suministrador. Su nivel de compromiso ha quedado ratificado por un contrato de 130 bcm de gas a Egipto para los próximos 15 años. Sin embargo, la gran variable transformadora para Europa proviene de los países del Golfo. El sector europeo aporta capacidad tecnológica, pero no dinero. La creación de un proyecto de estas características requiere de un capital de dinero considerable. Fondos soberanos y petroleras estatales del Golfo, como ADNOC (EAU) y QatarEnergy, han adquirido una participación importante en los activos de Egipto, Israel y Chipre. La motivación de estos inversores pasa por apalancar su influencia sobre las nuevas rutas energéticas hacia Occidente.
No es un territorio fácil en donde operar
Pese a las esperanzas puestas en la región, el ecosistema se enfrenta actualmente a ciertas vulnerabilidades operativas y geopolíticas. Por motivos de seguridad ante la amenaza de ataques, Israel se vio obligado a ordenar el apagado preventivo de las plataformas marítimas de Leviathan y Karish durante un periodo de 32 días.
Egipto, cuya matriz eléctrica y económica depende de Israel, sufrió una fuerte devaluación y vio triplicada su factura mensual de importación energética hasta los 1.650 millones de dólares, obligado a recurrir a los costosos cargamentos de GNL europeos para evitar apagones. En Jordania, el déficit energético forzó la red eléctrica hasta el punto de tener que quemar diésel, incurriendo en unos sobrecostes estimados en 2,5 millones de dólares y agotando por completo las reservas gubernamentales. Siria experimentó igualmente un golpe cuando las autoridades de Jordania se vieron forzadas a suspender la reventa de gas pactada para el país vecino.
A este problema (esperemos que temporal), se suman otros de carácter más estructural. Egipto batalla para equilibrar su creciente demanda energética con la caída de su producción interna, limitando parcialmente su capacidad exportadora y viendo crecer su dependencia de suministro externo. Además, siempre hay que tener presente los conflictos no resueltos sobre las fronteras marítimas entre Grecia, Chipre, Turquía y Libia. Para contrarrestar esta casuística, países como Egipto intentan dar cabida a otras alternativas enfocadas en el hidrógeno verde y las renovables.
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