En sus previsiones de julio, la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EE. UU. (NOAA) estima en un 97% el riesgo de que se produzca una versión potente de El Niño que lo situaría entre los episodios más intensos jamás registrados. Este fenómeno natural, que se produce entre cada dos y siete años, altera los regímenes de precipitaciones, eleva la temperatura mundial y, según las regiones, aumenta las inundaciones, las sequías y las olas de calor. Los climatólogos alertan: en un contexto climático ya de por sí más cálido, sus efectos sobre la economía y las sociedades se verán amplificados.
Los productos alimentarios ya sufren presiones
Los productos agrícolas, que ya están sufriendo los efectos negativos derivados de la espiral alcista de los precios de la energía y los fertilizantes a causa del cierre del estrecho de Ormuz, afrontan esta nueva fase climática en una posición de debilidad. El cacao es un buen ejemplo: su precio se disparó más de un 130 % entre 2022 y 2024, superando el umbral de los 12 000 dólares por tonelada. Aunque desde entonces se ha reducido a una tercera parte, Barry Callebaut, uno de los mayores procesadores mundiales de cacao, estima que un nuevo episodio de El Niño podría volver a aumentar sus precios varios miles de dólares por tonelada. Dado que Costa de Marfil y Ghana representan cerca del 60 % de la producción mundial, cualquier perturbación climática se transmite rápidamente a la industria y a los consumidores. Lo mismo ocurre con la producción de aceite de palma, concentrada en Indonesia y Malasia. El Niño afectaría a una cadena de suministro que ya se encuentra tensionada y que ya ha sufrido una escalada de los precios, debido a la fuerte demanda de biodiésel (que se elabora a partir de aceite de palma) en respuesta a la demanda de petróleo.
Un impacto multisectorial
En el sector energético, las olas de calor someten a las redes eléctricas a una gran presión debido a los picos de demanda de climatización y al calentamiento de los equipos. Cabe temer una disminución de la producción de energía renovable debido a la menor eficiencia de la energía solar fotovoltaica y a las sequías que afectan a la energía hidroeléctrica. En anteriores episodios de El Niño también se observaron descensos en la producción de dos materiales críticos esenciales para la transición energética como son el cobre, debido a las inundaciones en Chile, y el aluminio, a causa de las sequías en China. Además, la bajada de los niveles de los ríos afecta al transporte mundial.
Ante la sucesión de crisis climáticas, es imperativo reforzar la resistencia de las empresas y de su cadena de valor. El reto consiste en identificar mejor las vulnerabilidades. Las empresas más sólidas serán aquellas capaces de anticiparse a estos impactos recurrentes e integrarlos en sus decisiones estratégicas, por ejemplo, en la selección de proveedores o en la implantación de centros de producción. La pervivencia pasa, pues, por la adaptación.
La adaptación, una inversión esencial
Las necesidades de financiación para la adaptación al cambio climático se estiman en 70 000 millones de euros al año en la Unión Europea (10 600 millones en Francia). La financiación actual es insuficiente. Sin embargo, según la Comisión Global sobre Adaptación, la relación coste-beneficio de las inversiones en adaptación suele situarse entre 2 a 1 y 10 a 1.
Valentin Vigier*, responsable de Análisis ASG, La Financière de l’Echiquier (LFDE)*






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