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Un misil que estalla a miles de kilómetros, en algún punto de Oriente Medio, no debería tener nada que ver con lo que pagamos por un cartón de leche en el supermercado. Sin embargo, tiene una relación que nos afecta a todos. En Bruselas continúan celebrando los récords de implementación de renovables y los hitos de la transición energética, pero mientras tanto en los mercados el precio de la energía sigue fijándose conforme al mapa geopolítico del petróleo. Y de ahí surge la pregunta que deberíamos hacernos todos: ¿de qué soberanía económica hablamos si lo elemental sigue dependiendo de algo tan volátil como el crudo y el gas natural?

Basta con repostar estos días el depósito para darse cuenta. Uno mira el tique, hace la cuenta rápida y comprueba que llenar el depósito cuesta hoy casi un tercio más que a comienzos de año. No es una cuestión de imaginación, basta con hacer la cuenta de la vieja. El origen tiene una fecha concreta como ya todos sabemos. En febrero de 2026, el estallido de la guerra con Irán rompió el equilibrio del mercado energético global y empujó al Brent por encima de los 100 dólares por barril en cuestión de días.

En el segundo trimestre del año el precio medio se ha quedado en 112 dólares, lo que significa un 75% más de lo que se estimaba a cierre del año pasado. Y aquí se puede encontrar la primera contradicción a la que hogares y empresas tienen que hacer frente: ¿cómo se explica que, con la descarbonización en marcha y la solar y la eólica en máximos históricos en nuestro país, las compras y facturas del día a día dependan de un estrecho?

El Brent sube más del 4% y supera los 94 dólares tras un nuevo ataque de EEUU a Irán
Por su parte, el crudo intermedio de Texas (WTI), referente en EEUU, repunta el 4,85% y se movía en los 90 dólares por barril.

Ormuz, el cuello de botella que dicta la inflación

Para entender de dónde viene todo esto basta con mirar un mapa. Por el Estrecho de Ormuz pasa cerca del 20% del crudo y del gas natural licuado (GNL) que se mueve en el mundo. Un corredor de apenas unas millas de ancho que vuelve a funcionar, otra vez, como el interruptor de la economía. Con el bloqueo, el tráfico de petroleros ha caído de los 130-140 buques diarios previos al conflicto a entre 6 y 11.

Con ese dato encima de la mesa se entiende la inquietud en Fráncfort y en Bruselas. El BCE, en sus proyecciones publicadas el pasado junio, revisa al alza la inflación de la eurozona para este año hasta el 3,0%, con un pico previsto del 3,4% en los últimos trimestres del año. Y no hablamos solo de la gasolina ya que el encarecimiento afecta a toda la cadena de suministro, desde los fletes marítimos y el transporte de mercancías hasta los costes de producción de cualquier fábrica europea.

La Comisión Europea se ha hecho eco también de estas predicciones, llevando el barril hasta los 180 dólares y la inflación hasta el 3,5% en 2027 en el escenario más adverso.

El IPC se dispara al 4,3% en agosto, su tasa más alta en más de tres años, por las gasolinas
La inflación mensual registra su mayor avance en un mes de agosto desde 1992 y la tasa interanual de la subyacente se modera al 2,9%.

La cesta de la compra cada vez más cara

En España, el Gobierno ha intentado transmitir un mensaje de calma. La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, ha recordado que el país cuenta con un sistema de diversificación basado en siete plantas de regasificación y que el 57% de nuestra generación eléctrica ya es de origen renovable. Sin embargo, en la calle vemos una realidad totalmente diferente. Como bien admitió el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, el impacto directo en sectores clave es devastador. Desde que se inició el conflicto, el precio de la gasolina ha subido un 16%, el diésel un 28% y los fertilizantes agrícolas se han disparado un 45%.

Todo este encarecimiento en recursos esenciales para la cadena de suministro se filtra de inmediato a la cesta de la compra, encareciendo los alimentos debido al transporte y los costes agropecuarios.

Según un análisis publicado por el Centre for Economic Policy Research (CEPR), este tipo de choques energéticos no afectan a todos por igual. Los datos demuestran que las subidas de precios del crudo actúan como un impuesto regresivo que golpea desproporcionadamente a los hogares de rentas más bajas, quienes destinan un porcentaje mucho mayor de sus ingresos a cubrir necesidades básicas y cuyos activos financieros carecen de protección contra la inflación.

UBS apunta además que la energía representa casi el 11% de la cesta de consumo en la Unión Europea, y que intentar desligar la inflación subyacente del factor energético es un autoengaño, puesto que el petróleo está íntimamente relacionado con el transporte de cualquier producto que compramos, incluso de aquellos fabricados en China.

La inflación de la energía en Latinoamérica siguió al alza en febrero, con un 3,16% interanual
El índice interanual pasó de 2,08% en enero a 3,16% en febrero, a pesar de la caída de un 5,3% en los precios internacionales del petróle.

¿Soportamos mejor la inflación que antes?

Muchos analistas sostienen que la economía europea actual es más resiliente que la de los años setenta. Señalan, con razón, que la intensidad energética de nuestro Producto Interior Bruto (PIB) se ha reducido a la mitad y que los mecanismos de indexación salarial ya no provocan las espirales inflacionarias de antaño.

Es un argumento válido en teoría, pero continúa ignorando la psicología del mercado y la rigidez de los precios de consumo. La inflación es un proceso asimétrico, es decir, una vez que las empresas trasladan el encarecimiento del crudo a sus tarifas finales, es poco frecuente que decidan reducirlas cuando el petróleo da un respiro.

Los economistas llaman a esto la imposibilidad de "deshacer el huevo". En definitiva, el choque del transporte ya ha quedado consolidado en los márgenes comerciales de la distribución alimentaria y los supermercados.

Nos queda mucho para deshacernos del yugo del petróleo

La mayor liberación de reservas estratégicas de la historia de la Agencia Internacional de la Energía (unos 400 millones de barriles) y los parches fiscales del Gobierno español son medidas paliativas que solo logran ganar tiempo en el corto plazo. La lección de esta crisis pasa por entender que aunque creamos que la inflación denota cierta estabilidad, un nuevo choque geopolítico en una zona “delicada” podría alterar significativamente la tranquilidad de nuestro bolsillo.

España y Europa no llegarán a una verdadera soberanía económica ni protegerán el poder adquisitivo de sus ciudadanos subvencionando el carburante. Más bien, todo pasa por impulsar con mayor fuerza la independencia energética de nuestra región, no solo invirtiendo en energías limpias, sino también aprovechando correctamente los recursos fósiles a nuestro alcance. Mientras nuestra cesta de la compra dependa de la cotización del Brent, nuestra estabilidad económica seguirá siendo pura ilusión.

Antonio García-Amate es colaborador de El Periódico de la Energía, especializado en información del sector Petróleo & Gas.

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