Como científico investigador en el Centro de Ciencia del Plasma y Fusión del Massachusetts Institute of Technology (MIT), Pablo Rodríguez Fernández lleva años modelando el comportamiento de los reactores de fusión mediante simulaciones avanzadas. Su objetivo es conseguir que el plasma a 100 millones de grados del reactor SPARC, construido por la spin‑off del MIT Commonwealth Fusion Systems (CFS), produzca más energía de la que consume. Ha sido reconocido como finalista en los Premios Princesa de Girona 2026 en categoría Investigación celebrados este martes.
Llegó al MIT para hacer su doctorado en Física del Plasma en 2015, después de haberse formado como ingeniero industrial en la Universidad Politécnica de Madrid y cursar un máster en Ingeniería Mecánica en la Universidad de Drexel (Filadelfia). Durante su tesis doctoral, resolvió un misterio de 20 años en física del plasma que había desafiado la predicción de futuros reactores, un hallazgo que publicó en Physical Review Letters. En 2018 recibió el premio Manson Benedict del MIT a la excelencia académica y, tres años después, Forbes lo incluyó en su lista 30 Under 30 en la categoría de Ciencia, siendo el único español en aquella edición.
Antes de aterrizar en el MIT, había pasado por el Politécnico de Milán optimizando turbinas con técnicas de aprendizaje automático y por la Universidad de Drexel investigando la descomposición de CO₂ mediante plasmas. Hoy, como investigador principal y líder del grupo de modelado integrado de fusión magnética en el MIT, sigue persiguiendo la meta de que la fusión deje de ser el futuro eterno.
Pablo colabora con CFS desde sus inicios, cuando “éramos unos pocos en una sala decidiendo parámetros”. Hoy la empresa supera los 1.000 empleados y ha levantado más de 3.000 millones de dólares. Su trabajo se centra en las simulaciones: “Hago que las predicciones del plasma y la máquina sean lo más eficientes posible, usando inteligencia artificial, computación de alto rendimiento y modelos físicos”. La construcción de SPARC está muy avanzada y, en unos meses, pretenden encenderlo.
Si SPARC logra la llamada "ganancia científica neta" (producir más energía de fusión de la que el plasma consume) será la primera vez que un dispositivo de confinamiento magnético alcanza ese hito. Nadie lo ha conseguido antes. Ni siquiera JET, el reactor europeo que ostenta el récord mundial de 69 megajulios liberados en un solo pulso, logró superar el equilibrio energético: su mejor marca se quedó en un Q de 0,67, es decir, obtuvo 0,67 vatios por cada vatio introducido en el plasma. Por eso Pablo repite que SPARC es "un paso intermedio", una máquina de pruebas que no generará electricidad pero que validará la física que permitirá construir las futuras centrales comerciales.
Pero SPARC es solo un paso intermedio. “Cuando pensamos en una planta de potencia o una planta piloto, todavía quedan cuestiones abiertas”, admite. Uno de los mayores escollos, recalca, es el de los materiales. “No tenemos hoy en día materiales cualificados que sepan resistir ese flujo de neutrones o flujos de calor por larga duración. Podemos diseñar una planta de fusión con los materiales actuales, pero habrá que reemplazarlos cada pocos meses o años. Y esa parada, ese mantenimiento, es muy costoso”. De ahí que la economía de la fusión dependa directamente de encontrar aleaciones que aguanten más.
Rol notorio de la industria española
“En los próximos años España se va a convertir en el top mundial”, afirma Rodríguez Fernández. Se refiere a IFMIF-DONES (International Fusion Materials Irradiation Facility – Demo Oriented NEutron Source), la gran instalación que se construye en Granada para irradiar y cualificar materiales de fusión.
“España siempre ha tenido una industria capaz de proporcionar componentes a las máquinas de fusión. España es el segundo país europeo que más ha contribuido a ITER, porque tiene empresas que trabajan con materiales y componentes avanzados”. ITER es el proyecto de fusión nuclear más grande y ambicioso del mundo, busca demostrar que esta es científicamente y tecnológicamente viable a gran escala, y cuenta con 35 naciones participantes: UE (como anfitriona), China, India, Japón, Corea del Sur, Rusia y EEUU. Ahora, dice, falta “un mapa, una trayectoria para poner todas estas industrias en conjunto con financiación que vaya también a los laboratorios de investigación”.
Preguntado por el tópico recurrente de que la fusión “siempre está a 20 o 30 años”, Pablo sostiene que algo ha cambiado de verdad en la última década. Señala la llegada masiva de capital privado: “hoy las empresas privadas empiezan a dominar el panorama de financiación”. Además la tecnología acelera estos avances. “Los superconductores de alta temperatura que han surgido en la última década nos permiten construir máquinas mucho más compactas y, sobre todo, en intervalos de cinco años en lugar de décadas, como ha ocurrido con ITER. Eso posibilita iterar y experimentar rápido”. A ello suma la inteligencia artificial y el salto en capacidad de computación.
Colaboración y talento diverso
¿Qué falta entonces? Para Rodríguez Fernández, la respuesta está en la colaboración público‑privada. “La empresa privada atrae capital privado en grandes cantidades, pero puede beneficiarse de la experiencia y el conocimiento acumulado durante décadas en las universidades. Si hay más colaboración público‑privada, podemos acelerar la fusión y atraer talento”. Y el talento, avisa, ya no puede ser solo físico o ingeniero de plasma. “Nos estamos dando cuenta de que necesitamos gente de administración de proyectos, de leyes, de regulación, de medio ambiente, e ingenieros de todo tipo. La fusión ya no es un problema solo de los físicos de plasma como yo”.
Por eso insiste en construir una trayectoria clara que convierta a España en un polo mundial. Con SPARC a punto de encenderse, con la construcción de IFMIF‑DONES en marcha y con una industria que ya ha demostrado su valía, el investigador del MIT se muestra optimista: “Estamos en un punto de inflexión. Vamos a ver hitos tecnológicos en los próximos años”. Encontrar materiales que aguanten más determinará si la fusión, por fin, deja de ser el futuro eterno para convertirse en una realidad conectada a la red.
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