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Cuando entré en el sector energético, lo primero que me llamó la atención no fue su complejidad técnica: fue su comodidad con ella. Una industria que llevaba décadas conservando miles de clientes sin que ninguno de ellos entendiera realmente lo que estaba comprando. No era un accidente, era el modelo.

Durante años, el mercado eléctrico ha operado cómodamente sobre una premisa implícita: si el cliente no entiende su factura, no puede comparar. Y si no puede comparar, no se va. La complejidad no era un problema a resolver, era una ventaja competitiva a preservar. Más del 70% de los consumidores en la Unión Europea admite no entender las condiciones de su contrato eléctrico. Un sector que acepta ese dato sin ruborizarse tiene un problema de fondo que va mucho más allá del marketing.

Pero lo que más me sorprendió no fue la opacidad en sí: fue que nadie parecía especialmente motivado para solucionarla. Vender energía es fácil cuando el cliente no tiene herramientas para evaluar lo que le estás vendiendo. Lo difícil, y lo interesante como reto empresarial, es construir un modelo donde el cliente entienda, compare y aun así elija quedarse. Construir un modelo que nos obligue a ser mejores. Y eso es exactamente lo que decidimos hacer.

La experiencia del usuario sí que importa

El error es que el sector ha priorizado el kilovatio-hora por encima de la experiencia de quien lo paga. ​Llevar a cabo este cambio implica la renuncia explícita a prácticas que el sector ha normalizado pero que el cliente detesta: el telemarketing agresivo o las llamadas de última hora.

El verdadero éxito no debería medirse en el volumen de clientes retenidos, sino en el grado de comprensión de los usuarios. Mientras la media de satisfacción del mercado sigue bajo mínimos (con índices de NPS negativos que deberían hacernos reflexionar) la solución no pasa por más inversión en marketing, si no por apostar por la claridad y buscar la satisfacción de los usuarios. Cuando se apuesta contra la opacidad, la confianza del consumidor deja de ser una utopía para convertirse en una ventaja real competitiva que nos ha llevado a tener un NPS de 60 puntos.

La inteligencia artificial ha acelerado todo esto de forma radical. No porque sea una tecnología mágica, sino porque resuelve un problema muy concreto: el tiempo y la paciencia que ningún cliente quiere invertir en entender su factura. Contar con asistente que responde en segundos, en lenguaje humano, sin formularios ni esperas, elimina la principal excusa que tenía el sector para mantener al cliente desinformado.

El reto ahora no es tecnológico, la tecnología está lista. El reto es cultural: convencer a una industria acostumbrada a que la confusión trabaje a su favor de que la claridad puede ser igual de rentable, y bastante más sostenible. Las empresas que lo entiendan primero no solo ganarán clientes, ganarán confianza. Y en un sector que históricamente ha tenido muy poca, eso vale más que cualquier campaña de adquisición.

El futuro de la energía no se vende, se entiende. Las empresas que construyan sobre esa premisa serán las que lideren la próxima década.

Pol Brau es Business Manager de Chippio

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