El reciente conflicto entre Estados Unidos e Irán, aunque aparentemente finalizado con el reciente acuerdo de paz, ha alterado para siempre el mercado energético global tal y como lo conocíamos hasta ahora. Las continuas disrupciones surgidas en el Estrecho de Ormuz han evidenciado que depender de un único paso marítimo para el suministro de hidrocarburos conlleva consecuencias económicas que los países no pueden soportar a largo plazo, disparando la inflación y alterando la cadena de suministro de productos clave.
La cuestión resulta de vital importancia ahora mismo ya que la premisa de que los combustibles fósiles garantizan la seguridad se ha visto mermada por los continuos bloqueos navales, las sanciones y las guerras. Dado este escenario, el mundo parece asistir a un resurgimiento en el apetito por las energías renovables. Esta transición ya no tiene como principal sentido de ser la mitigación del cambio climático, más bien se está convirtiendo en un mecanismo de resiliencia energética clave para aislar a las economías de la volatilidad global en los mercados.
El suministro de petróleo nunca ha sido tan seguro como parece
Para comprender la importancia y magnitud del posible cambio que se avecina, es indispensable echar la vista atrás para conocer los antecedentes. Durante las crisis del petróleo de 1973 y 1979, los países sufrieron una fuerte escasez, pero la respuesta política se limitó a recibir hidrocarburos de otros países e impulsar la energía nuclear, al carecer de alternativas limpias viables. Décadas más tarde, en 2022, la guerra de Ucrania forzó a Europa a reducir la dependencia del gas ruso mediante el uso del GNL y una fuerte apuesta por las renovables.
La actual crisis de Ormuz ha sido la guinda del pastel en cuanto a sucesos disruptivos en el mercado energético se refiere. La diferencia que vemos ahora respecto al pasado es que el mundo cuenta con tecnologías limpias maduras, competitivas y escalables. Este fenómeno está generando una “prima fósil” en donde la dependencia de los hidrocarburos puede llegar a equivaler a la asunción de riesgos económicos que la utilización de otra fuente de energía podría evitar. La experiencia reciente nos dice que la seguridad fósil simplemente gestiona la inseguridad a un alto coste. Las renovables, por el contrario, eliminan todos estos riesgos de raíz dando otro sentido al concepto de resiliencia energética.
¿Qué nos dicen los datos sobre el ascenso de las renovables?
Los datos arrojan cifras claras cuando analizamos la relación entre las disrupciones que afectan a los mercados y el comportamiento de la matriz energética. El bloqueo en Ormuz afectó a casi 20 millones de barriles diarios de petróleo y a una quinta parte del comercio global de GNL, elevando el precio del Brent desde los 70 hasta los 126 dólares por barril. Al mismo tiempo, la generación global de energía fósil cayó un 1% interanual en el primer mes de crisis, compensada por fuertes incrementos en energía solar (15%) y eólica (7,6%).
Los datos demuestran que la capacidad de 510 GW solares y 160 GW eólicos añadida en 2025 genera unos 1.100 TWh anuales, duplicando los 590 TWh equivalentes a todo el GNL que cruzó Ormuz el año anterior. Un caso de estudio interesante es el de Pakistán, que redujo importaciones fósiles por un valor en torno a los 12.000 millones de dólares mediante la adopción repentina de energía solar. Esto demuestra que, ante situaciones adversas en el mercado de hidrocarburos, una alternativa de energía fiable puede funcionar como una cobertura financiera efectiva.
Los petroestados han dejado de ser lo que eran
La crisis de suministro ha reconfigurado por completo el mapa de actores relevantes. Asia, por ejemplo, es una región que recibe el 80% del petróleo y casi el 90% del GNL transitado por Ormuz. Países como Filipinas o Corea del Sur han sufrido las peores consecuencias del bloqueo, lo que les ha llevado a acelerar sus esfuerzos de electrificación en sus economías. China se postula como el claro ganador en todo esto, afianzando su posición como proveedor de tecnologías limpias, baterías y vehículos eléctricos, aprovechando a su vez la urgencia de otras regiones por la descarbonización.
Europa, fortalecida tras la crisis de 2022, aún presenta una fuerte dependencia exterior como vemos por ejemplo en las cuantiosas importaciones de GNL estadounidense. No obstante, también busca afianzar su posicionamiento estratégico hacia una autonomía verde total. Mientras tanto parece que los países del Golfo han comprendido la vulnerabilidad de sus rutas exportadoras marítimas, invirtiendo miles de millones de dólares en megaproyectos solares, eólicos y de hidrógeno verde para monetizar lo antes posible sus hidrocarburos y transitar hacia la descarbonización.
Cuidado con la fiebre por la electrificación del sistema
A pesar de sus ventajas, la electrificación acarrea riesgos importantes. La dependencia tradicional de Oriente Medio puede ser sustituida por deficiencias en las cadenas de suministro de minerales críticos y tecnologías limpias, dominadas principalmente por China. Durante el punto álgido de la crisis, los fletes desde Shanghái al Golfo pasaron de 980 a más de 4.100 dólares por contenedor, retrasando la implementación de proyectos renovables en la región.
Además, algunas naciones como el Reino Unido han vetado turbinas chinas alegando motivos de seguridad nacional y competitividad industrial. A su vez, persiste el reto técnico de la intermitencia. Numerosos países necesitan del respaldo de energía constante, operando con centrales de carbón o gas natural para estabilizar redes que carecen de almacenamiento suficiente. Esta realidad técnica exige un modelo híbrido en donde la energía convencional tiene todavía un papel clave.
Ahora que parece haber acabado la guerra, ¿qué?
A medio y largo plazo, el escenario global se encamina hacia la fragmentación y regionalización del sistema energético. La crisis de Ormuz será recordada como el punto de inflexión que aceleró la desaparición de los petroestados tradicionales. Las estimaciones de la industria proyectan un declive de los precios del petróleo y una aceleración en el despliegue de redes de transmisión, baterías y sistemas eléctricos distribuidos.
La seguridad energética ya no va a consistir en custodiar flotas de petroleros a través de estrechos marítimos vulnerables, sino en garantizar la robustez eléctrica nacional, las tecnologías limpias y el almacenamiento continuo. La crisis que hemos vivido ha dejado claro que el único camino hacia la resiliencia económica, política y energética es construir una matriz protagonizada por fuentes de energía alternativas al petróleo y el gas.
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