Petróleo & Gas

Ormuz y la crisis energética en el Sudeste Asiático

La guerra en Irán ha supuesto el mayor colapso energético en Asia, una región que recibe más del 80% de su petróleo y GNL proveniente del Golfo Pérsico

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El pasado febrero, Estados Unidos, Israel e Irán transformaron por completo la situación de “seguridad” energética global que veníamos disfrutando hasta el momento. El posterior cierre de Ormuz ha afectado a unas economías más que a otras, siendo Asia (especialmente el Sudeste Asiático) una de las regiones que ha sufrido mayor impacto.

La relevancia de este escenario ahora mismo pasa por entender la alta exposición que esta región tiene a los países exportadores de crudo y gas ubicados en el Golfo Pérsico. Lo que comenzó como un conflicto en Medio Oriente, se ha convertido en un problema económico grave que está llevando a Asia a una situación de estanflación, paralizando industrias enteras por culpa del suministro energético y derivados.

El crecimiento del Sudeste Asiático construido sobre un castillo de arena

Durante décadas, el milagro económico de Asia se construyó sobre la base de importaciones de energía barata y segura desde el Medio Oriente. Gran parte del Sudeste Asiático se apoya en un modelo dependiente desde el punto de vista energético. Mientras se mantenía este statu quo, la región ignoró por completo la necesidad de crear reservas estratégicas. De hecho, la mayoría de los países en la región apenas cuentan con reservas de crudo para cubrir unos 30-60 días de consumo.

Tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, los precios aumentaron debido a las sanciones, pero el flujo de suministro siguió fluyendo sin ningún problema. Pero el conflicto en Irán es bien distinto, haciendo que muchos países no puedan ni siquiera recepcionar barriles de crudo o GNL en sus terminales portuarias.

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El paso a paso de una situación energética insostenible

Antes de dar comienzo el conflicto, el Estrecho de Ormuz registraba el paso de unos 100 barcos diarios. Durante los momentos de mayor tensión, esta cifra se redujo a apenas 7 buques. Esto ha supuesto una pérdida de 20 millones de barriles diarios, lo que viene a traducirse en más de mil millones de barriles en poco más de dos meses.

Como saben, los mercados no tardaron en reaccionar. El crudo Brent, que se cotizaba a unos 70 dólares el barril antes del conflicto, superó la barrera de los 110-120 dólares antes de estabilizarse en torno a los 100 dólares (ahora en los 85 dólares con el resurgimiento del conflicto). El GNL sufrió una subida todavía mayor, con un aumento del 143% en su precio, alcanzando niveles históricos.

Todo esto se traduce a su vez en el encarecimiento de los fletes marítimos, llegando a pagar un sobrecargo por riesgo de guerra de hasta 1.500 dólares por contenedor. Y como era de esperar, las previsiones macro no son especialmente alentadoras. El FMI estima que esta crisis podría reducir el PIB del Sudeste Asiático en un 1,3%, forzando a los bancos centrales a mantener condiciones financieras estrictas.

China parece ajena al sufrimiento de sus vecinos en la región

La crisis actual involucra a una compleja red de actores donde unos pocos (Estados Unidos, Israel e Irán) han paralizado el comercio mundial dado el continuo bloqueo de Ormuz, provocando daños colaterales a proveedores del Golfo como Qatar, cuyas infraestructuras de GNL han sido atacadas desde el inicio del conflicto. Los más vulnerables, países del Sudeste Asiático especialmente, han visto cómo sus economías han caído considerablemente debido a la falta de alternativas de suministro energético.

Países como Filipinas se han visto forzados a declarar el estado de emergencia energética, mientras que economías como las de India, Pakistán o Sri Lanka enfrentan el cierre de sus industrias, la pérdida de liquidez y el riesgo de revueltas en las calles ante el encarecimiento de los precios.

En el lado ganador tenemos a China. A pesar de importar un alto porcentaje de su crudo de Oriente Medio, Pekín ha logrado reducir el impacto apoyándose en sus reservas estratégicas de 1.400 millones de barriles y en su estrecha relación con Rusia, que le garantiza el suministro de gas.

Sin embargo, esta resiliencia china se ha sostenido a costa de sus vecinos cercanos. Al priorizar su seguridad nacional, el gobierno chino ha restringido y paralizado la exportación de fertilizantes. Esta medida ha afectado negativamente a los agricultores de naciones dependientes como Vietnam o Tailandia, dejándolos sin acceso a recursos esenciales para la industria alimentaria de toda Asia.

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Las consecuencias de la guerra trascienden los altos precios de la energía y pasan al terreno de la inestabilidad social y alimentaria. El aumento de los precios de los fertilizantes, impulsado por la dependencia del gas natural para su fabricación y el bloqueo de exportaciones chinas, ha puesto en entredicho la seguridad alimentaria de Asia. Se prevé que la inseguridad alimentaria aumente en un 24%, afectando a los exportadores de arroz como Tailandia y Vietnam. Además, la inflación ya ha provocado un repunte de protestas sociales en países como Pakistán, India y Sri Lanka.

En el terreno geopolítico, las acciones de Estados Unidos son vistas en el Sudeste Asiático como una fuente de inestabilidad, lo que ha mermado la fiabilidad de Washington. La imposición de altos costes a ciertos socios está empujando a la región hacia la órbita de China, que se percibe cada vez más como un socio fuerte y predecible, a pesar de sus maniobras en el Mar de la China Meridional. El conflicto también ha abierto las puertas para que Rusia ofrezca petróleo y tecnología nuclear a naciones asiáticas en una búsqueda desesperada por diversificar sus fuentes de suministro.

La región del Indo-Pacífico necesita una reestructuración profunda

A largo plazo, aunque se logre consolidar un acuerdo de paz (ahora mismo muy lejos de producirse), la vuelta a la normalidad requerirá de mucho tiempo. La infraestructura energética y logística dañada en el Medio Oriente tardará meses, si no años, en recuperarse por completo. La crisis de Ormuz dejará heridas permanentes en la planificación estratégica del Sudeste Asiático.

Como resultado, seguramente veremos a los gobiernos de la ASEAN (Association of Southeast Asian Nations) acelerando sus agendas de transición hacia energías renovables para reducir la dependencia de los combustibles fósiles. Además, los países asiáticos probablemente establecerán mecanismos de resiliencia colectiva, como fondos o reservas estratégicas de petróleo, para mantener una cierta seguridad y estabilidad económica en la región de cara a futuros conflictos.

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