Mientras los mercados energéticos siguen pendientes de las tensiones geopolíticas, como el conflicto en Irán, otro fenómeno de largo alcance comienza a ganar protagonismo entre los analistas: la acelerada caída de las tasas de natalidad y su posible impacto sobre el crecimiento económico y la demanda mundial de energía.
¿Cambiará el descenso de la población el futuro de la demanda energética?
La tasa mundial de fertilidad ha caído de 2,6 hijos por mujer en 2007 a 2,2 en 2025, muy cerca del nivel de reemplazo generacional de 2,1, según Wood Mackenzie

Durante décadas, las previsiones energéticas se han apoyado en la expectativa de un aumento constante de la población. Sin embargo, el descenso de la fecundidad en numerosos países amenaza con alterar esas proyecciones. Según datos recientes, la tasa mundial de fertilidad ha caído de 2,6 hijos por mujer en 2007 a 2,2 en 2025, muy cerca del nivel de reemplazo generacional de 2,1. De mantenerse esta tendencia, la población mundial podría situarse muy por debajo de las estimaciones actuales de las Naciones Unidas, según los analistas de Wood Mackenzie.
Previsiones sobre la población mundial
Las previsiones vigentes apuntan a que la población crecerá desde los 8.200 millones de habitantes en 2025 hasta los 10.000 millones en 2060. No obstante, el rápido descenso de la natalidad sugiere, en opinión de Woodmac, que estas cifras podrían revisarse a la baja. En su escenario más pesimista, la ONU contempla que la población alcance un máximo de 8.900 millones en 2053 y comience a disminuir antes de 2060, hasta regresar a unos 7.000 millones a finales de siglo, niveles similares a los de 2011.
El caso de China ilustra esta transformación demográfica. En 2025 registró la tasa de natalidad más baja de su historia, con apenas 5,6 nacimientos por cada mil habitantes. Además, su población se redujo en 3,4 millones de personas durante el último año, situándose por debajo de las proyecciones oficiales.
Los expertos de Wood Mackenzie atribuyen esta caída de la fecundidad a una combinación de factores económicos y sociales: un mayor nivel educativo, la creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral, el elevado coste de la vivienda y cambios en los estilos de vida. Cada vez más personas retrasan la maternidad o deciden no tener hijos.
Pese a este escenario, las previsiones apuntan a que la demanda mundial de energía seguirá creciendo durante las próximas décadas. Incluso en un contexto demográfico menos favorable, la población mundial aumentaría en torno a 700 millones de personas hasta 2060. A ello se suma que amplias regiones de Asia y África todavía presentan importantes necesidades energéticas y un margen considerable para incrementar su consumo conforme aumenten los ingresos y mejoren las condiciones de vida.

La electrificación de la economía, la expansión de las energías renovables y el desarrollo de la inteligencia artificial también impulsarán una mayor demanda de electricidad y de minerales críticos necesarios para fabricar baterías, redes eléctricas y centros de datos. En este escenario, la economía tendería a depender menos de los combustibles fósiles y más de la electricidad.
Sin embargo, una población más envejecida y una fuerza laboral más reducida también plantean nuevos desafíos. La escasez de trabajadores incentivará una mayor automatización mediante inteligencia artificial en prácticamente todos los sectores productivos. Este proceso podría aumentar la productividad, pero también concentrar la riqueza en los propietarios del capital tecnológico, ampliando las desigualdades y limitando el crecimiento del consumo.
El envejecimiento estresa las finanzas públicas
Otro de los riesgos es el creciente estrés sobre las finanzas públicas. El envejecimiento de la población elevará el gasto en pensiones y sanidad, al tiempo que reducirá la base de contribuyentes. Ante esta situación, los gobiernos deberán acelerar las inversiones tanto públicas como privadas para modernizar los sistemas energéticos, desarrollar redes eléctricas inteligentes y garantizar una transición energética sostenible antes de que los cambios demográficos se intensifiquen a partir de 2060.
Los analistas consideran que, si estas inversiones se realizan a tiempo, las ganancias de productividad derivadas de la inteligencia artificial podrían compensar parcialmente el menor crecimiento demográfico y fortalecer la economía a largo plazo.
En definitiva, el descenso de la natalidad ya no representa únicamente un desafío social, sino también un factor determinante para el futuro de la energía y de los mercados de materias primas. El momento en que la población mundial alcance su máximo, y la velocidad con la que posteriormente disminuya, condicionarán el comportamiento de la demanda energética durante las próximas décadas. La capacidad de los gobiernos para gestionar simultáneamente la transición demográfica, el crecimiento económico y el avance tecnológico será decisiva para definir ese futuro.
No hay comentarios








Deja tu comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Todos los campos son obligatorios