El cierre efectivo del Estrecho de Ormuz entre finales de abril y principios de mayo de 2026 desencadenó una de las mayores perturbaciones en el mercado petrolero de los últimos años. Lo que comenzó como una interrupción de la producción en el Golfo Pérsico terminó alterando los flujos de crudo y combustibles en prácticamente todas las regiones del mundo, desde Canadá y Estados Unidos hasta Europa y Asia.
Según el análisis “The Hormuz shock: what the data reveals about global oil markets in 2026” de Wood Mackenzie, la crisis puso de manifiesto la fragilidad de las cadenas mundiales de suministro y evidenció que los efectos físicos de una interrupción tardan semanas en reflejarse plenamente en el mercado, aunque los precios reaccionen de inmediato.
Impacto devastador en el Golfo Pérsico
En el Golfo Pérsico, el impacto fue devastador. Los datos obtenidos mediante satélites mostraron que llegaron a retirarse del mercado alrededor de 11 millones de barriles diarios de producción. Irak pasó de producir 4,5 millones de barriles diarios a apenas 820.000 barriles en el momento más crítico, mientras que Kuwait perdió más del 70% de su producción. En Irán, la terminal exportadora de Kharg Island, responsable de la mayor parte de las exportaciones del país, estuvo cerca de agotar su capacidad de almacenamiento.
Sin embargo, las imágenes por satélite revelaron una realidad distinta de la reflejada inicialmente por los comunicados oficiales. La producción no se detiene de forma instantánea: antes de cerrar los pozos, Irak y Kuwait vaciaron parte de sus depósitos y aceleraron las cargas de buques para liberar espacio destinado al crudo que seguía llegando desde los campos petrolíferos. Este desfase entre la reacción inmediata de los precios y la evolución física del suministro fue determinante para los operadores del mercado.
Canadá, uno de los grandes beneficiados por la crisis
Canadá se convirtió inesperadamente en uno de los grandes beneficiados por la crisis. La ampliación del oleoducto Trans Mountain Expansion (TMX) alcanzó un récord de 832.000 barriles diarios en abril, con una utilización cercana al 94%, mientras las refinerías asiáticas buscaban sustituir el crudo de Oriente Medio por variedades canadienses de características similares. Corea del Sur formalizó esta tendencia al comprometer compras de 33 millones de barriles de petróleo canadiense durante mayo, frente a los apenas 4,5 millones importados durante todo 2025.
No obstante, el crecimiento previsto de la producción de las arenas bituminosas canadienses amenaza con superar la capacidad disponible de transporte a partir de 2027. Diversas ampliaciones de oleoductos previstas entre 2027 y 2029 serán decisivas para evitar nuevos cuellos de botella y mantener el papel de Canadá como proveedor alternativo.
En Estados Unidos, California afrontó la crisis desde una posición especialmente vulnerable. El cierre de dos importantes refinerías durante el último año dejó un déficit estructural de gasolina que asciende a unos 329.000 barriles diarios cuando se incluye el suministro destinado a Las Vegas, Phoenix, Tucson y Reno. Para compensarlo, el estado incrementó las importaciones marítimas desde Asia, aunque el coste del transporte se triplicó, alcanzando unos 14 dólares por barril.
Ante esta situación, tres proyectos de oleoductos compiten por ofrecer una solución más estable y económica para abastecer la costa oeste estadounidense una vez que los costes del transporte marítimo vuelvan a niveles normales tras la reapertura de Ormuz.
La crisis también puso de relieve una curiosa diferencia entre California y Japón. Aunque el país asiático cuenta con una población y un parque automovilístico muy superiores, consume menos gasolina que California debido al predominio de vehículos pequeños y de bajo consumo. Ambos mercados, sin embargo, compiten actualmente por los mismos suministros de componentes de gasolina procedentes de Corea del Sur, China, India y la costa oeste estadounidense.
Europa tampoco escapó al impacto. La región inició la crisis con aproximadamente 1,8 millones de barriles diarios de capacidad de refino fuera de servicio por tareas de mantenimiento programadas. Las refinerías elevaron al máximo sus niveles de utilización y priorizaron la producción de queroseno y diésel para aprovechar los elevados márgenes de refino, pero aun así las reservas de estos combustibles continúan encaminadas a situarse por debajo de la media estacional de los últimos cinco años.
La recuperación dependerá en gran medida de la capacidad exportadora de India, cuyas ventas exteriores de gasóleo se redujeron un 42% tras el conflicto. Si estas exportaciones no se recuperan antes del invierno europeo, el abastecimiento de diésel podría seguir siendo especialmente ajustado. A ello se suman las continuas interrupciones en las refinerías rusas, que mantienen fuera de servicio cerca de 1,8 millones de barriles diarios.
Profunda reorganización de los flujos comerciales en Asia
En Asia, el cierre de Ormuz provocó una profunda reorganización de los flujos comerciales más que una simple caída de la demanda. Las importaciones de crudo de Asia-Pacífico descendieron un 23% respecto a los niveles previos al conflicto. China redujo un 77% sus compras de petróleo procedente de Oriente Medio, mientras que Japón registró una caída similar del 76%.
Las refinerías surcoreanas redujeron su utilización del 94% al 72%, mientras que las exportaciones de gasóleo descendieron un 73% en China y un 42% en India. Estos cambios reflejan una reconfiguración estructural del comercio mundial de petróleo que podría prolongarse incluso después de la normalización del tránsito por Ormuz.
Las diferencias en las reservas estratégicas también quedaron al descubierto. Japón dispone de existencias equivalentes a unos 200 días de consumo, mientras que India cuenta con aproximadamente 74 días y países como Filipinas apenas disponen de margen para afrontar una interrupción prolongada. Australia, por su parte, reaccionó negociando acuerdos bilaterales con Singapur, Malasia e Indonesia para garantizar el suministro energético.
En el continente americano, Estados Unidos prorrogó hasta agosto la exención temporal de la Ley Jones, permitiendo transportar cerca de cuatro millones de barriles de combustibles desde las refinerías del Golfo de México hasta California. Al mismo tiempo, Venezuela reanudó exportaciones de unos 550.000 barriles diarios hacia las refinerías estadounidenses de Houston y Pascagoula, mientras el centro de almacenamiento de Cushing registraba mínimos de 21 semanas.
Para Wood Mackenzie, la principal lección de esta crisis es que los datos físicos obtenidos en tiempo real —procedentes de satélites, sensores en oleoductos, monitorización de refinerías y seguimiento de inventarios— ofrecen una ventaja decisiva frente a las estadísticas oficiales, que suelen publicarse con retraso. El cierre del estrecho de Ormuz no creó nuevas debilidades en el mercado petrolero mundial, sino que expuso de forma simultánea vulnerabilidades que ya existían y que permanecían ocultas hasta que la crisis las hizo evidentes.
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