Política energética

Expertos alertan de que la crisis en Ormuz puede desencadenar un nuevo shock energético global

Qatar representa aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de GNL, y la interrupción de sus exportaciones no tiene precedentes en sus tres décadas como suministrador global

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La ralentización del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz hasta niveles próximos a la paralización y la suspensión de las exportaciones de gas natural licuado (GNL) de QatarEnergy han vuelto a tensionar los mercados energéticos internacionales y reavivado el temor a una crisis de gran alcance. Los precios del petróleo y del gas reaccionaron con subidas inmediatas y los expertos advierten de que, si la interrupción se prolonga, el mundo podría enfrentarse a un nuevo shock energético comparable al de 2022 tras la invasión rusa de Ucrania.

Qatar representa aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de GNL, y la interrupción de sus exportaciones no tiene precedentes en sus tres décadas como suministrador global. Seb Kennedy, analista global de gas y editor fundador de EnergyFlux, sostiene que la magnitud potencial de la pérdida de suministro es equiparable a la desaparición del gas ruso por gasoducto que sufrió Europa en 2022, e incluso podría superarla si el parón se extiende durante meses. Aunque Asia absorbe la mayor parte del GNL catarí, la demanda no cubierta en esa región ya se está trasladando al mercado al contado, presionando al alza los precios de referencia europeos.

En este contexto, Goldman Sachs ha advertido de que el gas natural en Europa podría más que duplicar su precio si el tránsito por Ormuz se interrumpe durante un mes. El banco estima que una paralización de ese periodo podría provocar un repunte de hasta el 130% en los precios europeos y asiáticos, hasta el entorno de los 25 dólares por millón de unidades térmicas británicas.

El índice TTF neerlandés, referencia para el gas en Europa, ha repuntado ante la incertidumbre, aunque según Kennedy el impacto físico pleno aún no se ha reflejado en las cotizaciones, dado que los cargamentos tardan semanas en llegar a destino. A medida que el mercado empiece a descontar una pérdida sostenida de suministro, la volatilidad podría intensificarse. En ese contexto, los exportadores estadounidenses de GNL, que actúan como proveedores marginales en el mercado global, se perfilan como los principales beneficiarios al poder redirigir cargamentos flexibles hacia los destinos con precios más elevados.

Dependencia estructural

Europa encara este nuevo episodio con niveles de almacenamiento de gas en torno al 30%, los más bajos desde 2022. La reposición de reservas antes del invierno se complica en un entorno de competencia creciente con Asia por los mismos cargamentos. Si la interrupción catarí se prolonga, la Comisión Europea podría verse presionada a reintroducir objetivos estrictos de llenado, como los aplicados tras el inicio de la guerra en Ucrania, lo que obligaría a adquirir gas a precios elevados y trasladaría los costes a consumidores y presupuestos públicos.

Jan Rosenow, profesor de Política Energética y Climática en la Universidad de Oxford, considera que la situación actual pone de manifiesto que la dependencia estructural europea del petróleo y el gas apenas se ha reducido. Aunque el sector eléctrico ha experimentado avances y las energías renovables junto a la nuclear cubren ya cerca de tres cuartas partes de la generación eléctrica, la mayor parte del consumo energético —especialmente en calefacción, transporte e industria— continúa basada en combustibles fósiles importados.

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Rosenow señala que, tras la crisis de 2022, hubo un impulso inicial en la instalación de bombas de calor y en medidas de eficiencia energética que permitió reducir el consumo de gas en torno a un 20%. Sin embargo, en los dos últimos años el ritmo se ha estabilizado y en algunos países se han producido retrocesos regulatorios. A su juicio, la electrificación de la calefacción, la descarbonización industrial y la movilidad eléctrica no han avanzado lo suficiente como para blindar a Europa frente a nuevas disrupciones geopolíticas.

El encarecimiento del gas, además, podría trasladarse progresivamente a la factura eléctrica en aquellos países donde las centrales de ciclo combinado fijan el precio marginal del mercado mayorista. Aunque muchos hogares cuentan con contratos a precio fijo que amortiguan el impacto inmediato, una crisis prolongada acabaría reflejándose en los recibos y en los costes empresariales, con implicaciones para la inflación y la competitividad industrial.

Ana María Jaller-Makarewicz, analista principal del Institute for Energy Economics and Financial Analysis, subraya que, pese a la reducción de la exposición al GNL catarí en los últimos años, varios Estados miembros siguen siendo vulnerables. Italia concentró más de la mitad de las importaciones comunitarias procedentes de Qatar en 2025, seguida por Bélgica y Polonia. Con los niveles de almacenamiento actuales, Europa podría incrementar su dependencia del GNL estadounidense, que resulta más caro para los compradores europeos.

Seguridad energética

Desde la perspectiva de la seguridad, Pauline Heinrichs, profesora de Estudios Bélicos (Clima y Energía) en el King's College de Londres, interpreta la crisis como un recordatorio de la vulnerabilidad asociada a la dependencia de combustibles fósiles. A su juicio, la promesa histórica de estabilidad y seguridad vinculada a estos recursos se revela frágil ante conflictos recurrentes, lo que refuerza el argumento de acelerar la transición hacia fuentes autóctonas renovables para reducir la exposición a actores geopolíticamente volátiles.

En el plano global, China podría verse afectada por alteraciones en el suministro de crudo iraní, uno de sus principales proveedores, aunque su fuerte apuesta por la electrificación y el despliegue de renovables podría mitigar parcialmente el impacto. En el norte de África, países importadores como Egipto o Marruecos quedarían expuestos a mayores precios internacionales, mientras que exportadores como Argelia podrían ganar peso relativo si la demanda europea se redirige.

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Los expertos coinciden en que la clave será la duración y la escalada del conflicto. Una interrupción breve podría limitarse a un episodio de volatilidad; una prolongada podría desencadenar un nuevo shock energético global, con efectos sobre la inflación, las finanzas públicas y el coste de la vida en economías dependientes de las importaciones.

España, ante una oportunidad y un riesgo

En el caso de España, el impacto directo del GNL catarí es limitado en comparación con otros socios europeos, ya que el país ha diversificado sus suministros y cuenta con una elevada capacidad de regasificación. Sin embargo, la exposición indirecta al mercado internacional sigue siendo significativa, especialmente por su dependencia del GNL procedente de Estados Unidos.

España ha reducido de forma notable el peso del gas en su mix eléctrico gracias al avance de las energías renovables, que en determinados momentos del año cubren la mayor parte de la generación. Esta mayor penetración renovable amortigua el impacto inmediato de las subidas del gas sobre el precio mayorista de la electricidad, aunque el ciclo combinado sigue actuando como tecnología de respaldo y puede marcar el precio en episodios de alta demanda o baja producción renovable.

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Jaller-Makarewicz considera que el contexto actual podría convertirse en una oportunidad para acelerar la electrificación y la inversión en redes e integración de renovables. No obstante, si la crisis se prolonga y los precios internacionales del GNL repuntan con fuerza, España no quedaría al margen del encarecimiento generalizado, dado que participa en un mercado energético interconectado y compite por los mismos cargamentos que el resto de Europa.

En conjunto, el episodio en Ormuz vuelve a situar la seguridad energética en el centro del debate internacional. Para los expertos, la evolución de los próximos días será determinante, pero la lección estructural es clara: mientras la economía global dependa en gran medida de los combustibles fósiles transportados por rutas estratégicas vulnerables, cada crisis geopolítica seguirá teniendo el potencial de convertirse en un shock energético de alcance mundial.

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