Elon Musk ha vuelto a dar a conocer otro de sus grandes planes para ganar la carrera espacial con su compañía SpaceX. Con la construcción de su propio gasoducto y los planes iniciales para perforar sus pozos, la compañía da una vuelta de tuerca y apunta a la tenencia de energía como base fundamental para una agencia espacial que pretende dominar la exploración interplanetaria.
¿Puede imaginar que el problema más importante para llegar a Marte sea el incesante tráfico de camiones cisterna? Suena raro, lo sé, pero parece que la tecnología aeroespacial se ve afectada por el aglutinamiento de camiones haciendo cola en una carretera costera del sur de Texas. Para evitar este cuello de botella, SpaceX ha tomado una decisión nunca vista en el sector. La solución es construir "Starpipe", una red de gasoductos propia que podría llegar hasta los 13 kilómetros de longitud. El conflicto de la nueva era espacial ya parece que no es ver quién llega a la Luna primero, más bien se trata de quién tiene el control de la infraestructura energética en la Tierra.
La nueva carrera espacial ha dejado de ser un simple concurso para ver quién construye el cohete más potente. Hoy, el vencedor será quien posea y controle la cantidad de energía ingente que se necesita para alimentar a ese tipo de proyectos. SpaceX ha comprendido que la colonización interplanetaria a gran escala exige integración vertical. Ya no basta con dominar la órbita con cientos y cientos de satélites Starlink. El verdadero poder radica en la tenencia de suficiente energía para no depender de nadie.
En un escenario global donde la energía es el gran limitante para las nuevas tecnologías, desde la inteligencia artificial hasta los futuros centros de datos orbitales que la empresa planea desplegar, SpaceX se está transformando en una compañía dedicada a la gestión de grandes infraestructuras. Esta expansión los convierte en dueños y señores de toda la cadena de valor, pretendiendo abarcar desde la extracción de gas hasta la producción de satélites empleando materiales lunares.
Consumo disparado de gas
Echemos un vistazo a los números para ver de qué magnitud estamos hablando. Cada lanzamiento de un cohete Starship gasta aproximadamente 630.000 galones (unos 2,4 millones de litros) de metano líquido. Teniendo en cuenta lo ambicioso que es Elon Musk, quien espera pasar de una docena de vuelos de prueba actuales a cientos (o incluso miles) de lanzamientos al año, depender de flotas de camiones es un modelo de negocio inviable.
Es por esto que la construcción de Starpipe, programada para entrar en servicio a inicios de 2027, empleará tuberías de 16 pulgadas, dimensionadas para superar la capacidad de los 25 vuelos anuales que actualmente permite el regulador aéreo estadounidense. Pero eso no es todo. La compañía ha firmado más de 100 contratos de arrendamiento de terrenos en Texas para perforar sus propios pozos de gas natural, y construirá su propia planta de licuefacción en su base de Starbase.
Evidentemente, esta integración vertical no está exenta de críticas y desafíos logísticos relevantes. Los expertos de la industria advierten que perforar pozos de gas es un negocio complejo, argumentando que SpaceX carece de la experiencia técnica para operar en el sector de la extracción. Cabe aquí mencionar también, por supuesto, el coste ecológico que supone este tipo de grandes proyectos.
Daño medioambiental
Las operaciones se sitúan en Boca Chica, un hábitat costero muy frágil. La destrucción de humedales y el manejo a gran escala de metano que, dicho sea de paso, es un gas de efecto invernadero que atrapa 28 veces más calor que el dióxido de carbono, ponen en serios problemas a las comunidades locales y a la biodiversidad en la zona. Ante esto, resulta lícito pensar en si este daño a nuestro planeta justifica la búsqueda interplanetaria que tanto alienta a Elon Musk a llevar a cabo grandes proyectos con estas características.
La maniobra de Musk debe servir como una pequeña advertencia tanto para las energéticas tradicionales como para los reguladores gubernamentales. La ansiada expansión comercial de las grandes tecnológicas requerirá unas cantidades de energía inmensas, y las compañías que construyan y controlen esa red de abastecimiento terminarán dictando las normas en un futuro no muy lejano.
Para liderar con éxito la conquista de Marte, primero hay que adueñarse de los recursos que tiene la Tierra. No sé si esto merecerá la pena o no; honestamente, destrozar este mundo a pasos agigantados con vistas a conquistar otros dista mucho de tener sentido. Habrá que preguntarse pues el porqué de estas estrategias y, además, dar la importancia que se merece a una energía convencional (en este caso el gas) que sigue dictaminando la eficiencia en multitud de procesos industriales.






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