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Más barato, más rápido, mejor: la fórmula de éxito en la expansión de las tecnologías limpias

La conclusión es clara: el capital sigue fluyendo hacia las tecnologías limpias, pero ahora de forma mucho más selectiva, dice McKinsey

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El sector de las tecnologías limpias atraviesa una etapa de madurez marcada por la disciplina financiera, la consolidación empresarial y una competencia mucho más exigente. Aunque en los últimos años algunas quiebras sonadas y la desaceleración del capital riesgo han alimentado la percepción de que el auge “verde” perdió fuerza, un análisis d la consultora McKinsey a partir de datos de la firma de inteligencia de mercado Net Zero Insights, que abarca más de 11.000 empresas de tecnología limpia en diversos sectores, demuestra que la realidad es bastante más compleja y, en muchos aspectos, prometedora.

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La inversión se concentró en un menor número de rondas, pero de mayor tamaño, impulsadas por operaciones en fases de crecimiento y etapas avanzadas.

Las razones de los inversores

Desde 2015, las empresas de energías limpias han captado más de 480.000 millones de dólares en financiación entre capital, deuda y subvenciones. Tras el gran boom inversor de 2021 y 2022, el flujo de dinero no se desplomó: entre 2023 y 2025 la financiación anual promedio apenas cayó un 10 %, manteniéndose muy por encima de los niveles previos a la expansión del sector. Hoy, la transición energética ya no se impulsa únicamente por razones climáticas, sino también por factores geopolíticos, seguridad energética y resiliencia industrial.

Según McKinsey, el mercado ha cambiado de naturaleza. Los inversores han dejado atrás la lógica de apostar por cientos de experimentos tecnológicos tempranos y concentran ahora el capital en compañías capaces de escalar rápidamente y demostrar rentabilidad. El tamaño medio de las operaciones creció desde menos de cinco millones de dólares en 2015 hasta unos 16 millones en 2025. Además, la deuda —tradicionalmente reservada para negocios considerados seguros— representa ya una cuarta parte de la financiación total, señal de que el sector ha ganado credibilidad financiera.

La movilidad eléctrica dominó la primera fase del auge, pero el dinero se ha diversificado hacia almacenamiento energético, baterías, renovables y descarbonización industrial. Norteamérica y Europa siguen concentrando alrededor del 80% de la inversión global, aunque las compañías europeas han sufrido recientemente una caída relevante del capital recibido, en parte porque la región prioriza cada vez más la seguridad económica y el acceso a recursos estratégicos. También influye la mayor dependencia europea de financiación pública frente a Estados Unidos.

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Uno de los datos más reveladores es que el 90 % de las 270 empresas que más capital captaron desde 2015 continúan operando. Muchas han pasado de ser proyectos experimentales a compañías con ingresos relevantes y miles de empleados. Sin embargo, el éxito se concentra cada vez más en unos pocos segmentos tecnológicos y en un grupo reducido de empresas líderes.

La fórmula del éxito

El estudio identifica un patrón común entre las compañías que logran crecer y consolidarse. Las más exitosas son aquellas que consiguen ser “más baratas, más rápidas y mejores” que sus competidores.

La primera clave es el precio. Las empresas ganadoras triunfan porque ofrecen soluciones más económicas que las alternativas tradicionales o, al menos, igual de competitivas. La sostenibilidad por sí sola no basta. Aunque los consumidores afirman valorar productos verdes, en la práctica las decisiones de compra siguen guiadas principalmente por el coste y la eficiencia, especialmente en los mercados industriales.

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Por eso, las compañías más sólidas se enfocan en mercados donde la ventaja económica de la tecnología limpia es estructural y no marginal. Muchas reducen costes mediante integración vertical, menor uso de materiales o modelos financieros que eliminan barreras iniciales para el cliente. Además, comienzan con productos sencillos y escalables antes de añadir complejidad. Conforme el negocio madura, buscan acceder a financiación más barata, como deuda bancaria, para reducir el coste del capital.

La segunda gran ventaja competitiva es la velocidad. En el cleantech no gana necesariamente quien inventa primero, sino quien logra llevar antes su tecnología al mercado y demostrar viabilidad comercial. Las empresas líderes suelen partir de tecnologías ya relativamente maduras y concentran sus esfuerzos en escalarlas rápidamente.

El estudio señala que las compañías más exitosas no avanzan de forma caótica ni aceleran sin control. Mantienen un ritmo constante de evolución tecnológica mientras desarrollan capacidades operativas y comerciales. También fortalecen pronto sus habilidades de captación de capital: muchas consiguen financiación externa apenas dos o tres años después de fundarse y mantienen ese impulso en rondas sucesivas.

Las mejores destacan por calidad e innovación

La tercera característica diferencial es quizás la más importante: las mejores compañías no compiten solo por sostenibilidad. También destacan en calidad, innovación, experiencia de cliente y eficiencia operativa. Aproximadamente el 80% de las empresas líderes asegura diferenciarse por funcionalidades avanzadas y más de la mitad compite agresivamente en costes.

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Estas compañías desarrollan productos fáciles de integrar en los sistemas existentes de sus clientes, reduciendo fricciones y acelerando la adopción. También priorizan una fuerte conexión entre tecnología y demanda real del mercado, construyen equipos directivos orientados a la ejecución y crean alianzas con inversores, proveedores y compradores para acelerar el crecimiento.

El informe también analiza los errores más frecuentes entre las empresas que fracasaron pese a captar enormes cantidades de capital. Uno de los principales problemas es recaudar dinero demasiado rápido sin desarrollar al mismo ritmo la capacidad operativa.

El caso de la sueca Northvolt se ha convertido en uno de los ejemplos más notorios. La empresa consiguió miles de millones para convertirse en un gigante europeo de baterías, pero tuvo dificultades para escalar la producción y cumplir plazos. Cuando BMW canceló un gran pedido por retrasos, las debilidades operativas quedaron expuestas. Finalmente, el deterioro del mercado y la presión financiera llevaron a la compañía a declararse en bancarrota en 2025.

Otro error habitual consiste en asumir riesgos tecnológicos demasiado altos sin validación comercial suficiente. La compañía aeronáutica Lilium apostó por aviones eléctricos de despegue vertical, pero dependía todavía de financiación externa masiva antes de demostrar la viabilidad comercial del modelo. Cuando el apoyo financiero público alemán no llegó, la empresa quedó sin margen para sostener el proyecto.

También aparecen casos de compañías con grandes ambiciones pero sin un camino claro hacia la rentabilidad unitaria. Nikola, especializada en camiones eléctricos e impulsados por hidrógeno, nunca alcanzó el volumen de ventas necesario para absorber sus costes industriales. Los problemas de producción y una costosa retirada de baterías terminaron agravando una situación financiera ya muy frágil.

El impacto de la IA

Según el análisis, el sector entra ahora en una etapa decisiva marcada por tres tendencias. La primera es el impacto de la inteligencia artificial, que ya empieza a transformar áreas como el descubrimiento de materiales, el mantenimiento predictivo o la optimización industrial. La segunda es la profesionalización del crecimiento empresarial verde, con fórmulas cada vez más estructuradas para escalar negocios sostenibles reduciendo costes y mejorando la financiación. La tercera es un nuevo paradigma competitivo: las compañías más exitosas no son las que persiguen objetivos climáticos a cualquier precio, sino aquellas capaces de combinar sostenibilidad y productividad.

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La conclusión es clara: el capital sigue fluyendo hacia el cleantech, pero ahora de forma mucho más selectiva. El futuro pertenece a las empresas capaces de ofrecer soluciones más baratas, más rápidas y mejores que las tecnologías tradicionales. Lejos de agotarse, la transición energética entra en una fase más madura y probablemente más determinante para la economía global.

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