¿Por qué debería aterrarnos que la luz baje de precio?
Es una pregunta que raramente veo plantear, y que alguien debería hacerse cuando el precio del CO2 amaga con una corrección. Los que trabajamos en el sector, especialmente en la financiación de proyectos, sabemos que el sector energético europeo sufre de un Síndrome de Estocolmo permanente, del que se resiste a salir.
Da la impresión de que nos hemos acostumbrado a un sector en el que la rentabilidad depende más de la penalización al competidor más que de la eficiencia de la tecnología.
En Italia el Gobierno de Meloni ha puesto sobre la mesa una idea que muchos califican de herética como poco. El ETS (Emissions Trading System), que en principio era una “herramienta de transición”, no es sino un impuesto implícito que todos pagan pero que pocos votan. Un mecanismo más de planificación centralizada que usa a la industria y a los hogares como recaudadores forzosos, y que condiciona cada vez más el resultado del mercado.
ETS: planificación centralizada con piel de “mercado”
El ETS se presenta como un mercado libre de derechos de emisión a los ojos del público, pero en la práctica es una forma más de control político. El precio existe, la demanda también (impuesta) pero la escasez no emerge de intercambios libres, sino que está diseñada “desde arriba” en función de las necesidades presupuestarias.
No se puede culpar a la “especulación” de su comportamiento (son los fondos los que aportan liquidez y dan flexibilidad al sistema) sino a las decisiones de la administración de ajustar (reducir) la oferta de derechos para orientar su precio en la dirección mas conveniente (i.e. arriba)
Como resultado tenemos un sistema híbrido, que parece lo suficientemente complejo para resemblar un mercado y a su vez convenientemente rígido para influir en los resultados. Y ahí esta la trampa: dejamos de competir en eficiencia y pasamos a competir en regulación. Eso no es mercado, sino intervencionismo y dependencia.
La gran trampa: Ganar encareciendo los precios al consumidor final
Hemos caído en una trampa peligrosa, pero de la que aun hay salida. Nuestro éxito no depende de encarecer al competidor y ponerle palos en las ruedas. El gas es caro por diseño regulatorio. Punto. Nos hemos acostumbrado a incorporar el diferencial en nuestros modelos financieros y hemos caído otra vez en la red regulatoria.
Y sobre ese diseño hemos ido erosionando los cimientos: la demanda. Hemos lastrado a la industria de la competitividad, forzándolos a deslocalizarse y llevarse el tejido industrial a otro lugar. Si la energía es más cara, la demanda desaparece. Y sin demanda, no hay transición que financiar.
¿Por qué insistimos en hacer la tarta más pequeña y quedarnos un pedazo más grande de ella? En mi opinión, hagamos la tarta lo más grande posible y que elija el consumidor.
Un sector de busca encarecer a la competencia para así parecer mas barato, no es un sector sólido.
Lessons learnt: El riesgo de la apuesta política
Podemos debatir largo y tendido sobre el precio del CO2, pero corremos el riesgo de olvidar una lección que deberíamos tener grabada a fuego: Cuando la rentabilidad depende del regulador, la inversión ya deja de ser inversión y pasa a ser una apuesta política. El cliente ya no es el consumidor final, sino el Consejo de Ministros.
Se ha visto antes, sobre todo los que hemos visto cambios regulatorios retroactivos bajo promesas de estabilidad. Señales que antes parecían seguras, desvanecidas con cambios de gobierno de turno. Activos que eran financiables en papel, pero que se convertieron en problemas cuando el BOE pretendía poner orden.
Temo el día en el que el cuello de botella se convierta en cultural: buscar ante los problemas la protección del regulador en lugar de exigir libertad para operar y buscar soluciones de mercado libres de injerencias políticas. Necesitamos un marco simple, en libertad, y sin “manos visibles” que orienten decisiones de inversión.
La pregunta clave
Al final del día, el sector tiene que responder a una cuestión: ¿Es bajar el precio de la energía el objetivo, o el problema?
Una transición que encarece la energía no es una transición de la quiera formar parte, y seguramente el consumidor tampoco. Tenemos que buscar electricidad abundante y barata, para que la industria pueda florecer y los consumidores paguen menos por el recibo de la luz.
La receta suele ser siempre la misma: más mercado, competencia, innovación. Y sobre todo, más libertad y menos intervención.
Es hora de superar el síndrome de Estocolmo
Las renovables no ganan con más CfD, más FER-X y mayores costes de CO2. Las renovables ganan si se les deja competir, quitando trabas burocráticas y administrativas, y permitiéndolas innovar y competir en libertad, adaptándose a las señales de mercado y dando un servicio mejor y más barato al consumidor final.
Si las renovables son realmente la tecnología más barata (y creo que lo pueden ser) no deberían tener miedo a un precio de mercado más barato.
Deberían de sobrevivir a una caída del precio del gas. Y si no lo hacen, el problema desde luego no es del gas.
Es hora de quitar el “Diezmo Climático”. No intentemos ganar atándole a la competencia las manos a la espalda, sino ganar porque al mercado se le deja funcionar.
Pablo Borrás es Vicepresident Project Finance de Aukera Energy.
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