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Cuarenta años después, el accidente nuclear de Chernobyl sigue apareciendo de forma casi automática cada vez que se habla de energía nuclear. Surge en cualquier entrevista amplia en la que participo y en mis publicaciones en las redes sociales no pasa un solo día sin que alguien lo mencione. Me sigue resultando llamativo que muchas personas lo hagan esperando provocarme miedo, cuando en realidad solo están proyectando el suyo o tratando de confirmar su sesgo. Se utiliza la palabra Chernobyl como un eslogan, como un símbolo vacío, sin conocer realmente cuáles fueron sus causas ni cuáles han sido sus consecuencias reales. Unos aspectos que conviene analizar con rigor y que desarrollaré con referencias a lo largo de este artículo. Esa persistencia no responde a un análisis técnico del accidente ni a su contexto, más bien a la enorme carga simbólica que se ha construido en torno a él durante décadas.

Suelo ver caras de sorpresa en mis conferencias cuando explico que la industria nuclear occidental apenas aprendió sobre sistemas de seguridad a partir de Chernobyl. Desde el punto de vista técnico, aprendimos mucho más con Three Mile Island (Estados Unidos, 1979) y Fukushima (Japón, 2011). Quizás el lector piense que fue por interés económico o por soberbia. En realidad fue porque las centrales nucleares occidentales de 1986 ya incorporaban las medidas de seguridad que habrían evitado ese accidente o, en el improbable caso de que ocurriera, habrían limitado enormemente sus consecuencias. Lo desarrollé en detalle en un artículo publicado en 2019 en ese mismo medio, donde explicaba con múltiples argumentos por qué Chernobyl no es un argumento válido contra la energía nuclear. La diferencia entre el reactor RBMK soviético y los diseños occidentales era abismal ya en esa época, tanto en el diseño como en la capacitación de los profesionales y en la cultura de seguridad.

Quizás un ejemplo sencillo podría ayudar a entenderlo mejor. En contra de lo que se suele pensar, el reactor número 4 de Chernobyl tenía apenas dos años de operación, era una instalación “nueva” en edad, pero basada en un diseño con varias décadas que incorporaba graves carencias de seguridad. Es como un automóvil recién salido de fábrica, pero construido con los estándares de décadas anteriores: sin cinturón de seguridad, sin airbags, sin estructura deformable y, además, con los pocos sistemas de protección disponibles desactivados para realizar una conducción temeraria. Si ese coche sufriera un accidente con víctimas mortales, nadie concluiría que los vehículos actuales son inseguros, sino que el problema está en ese diseño concreto y en cómo se utilizó. Sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre cuando se extrapola Chernobyl al parque nuclear actual, ignorando décadas de evolución tecnológica y operativa, de estandarización y de supervisión internacional.

Chernobyl no es un argumento válido contra la energía nuclear

Percepción vs. realidad

La desproporción en la percepción pública se vuelve evidente cuando se analiza Chernobyl en paralelo con otros grandes accidentes industriales. Según el Comité Científico de Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de la Radiación Atómica (UNSCEAR), las muertes directas inmediatas se sitúan en torno a unas decenas, principalmente entre los trabajadores de emergencia expuestos a dosis muy elevadas de radiación. Las estimaciones más aceptadas, basadas en el seguimiento de las poblaciones más expuestas, apuntan a unas 4.000 muertes adicionales por cáncer a largo plazo. Se trata de una proyección epidemiológica, no de muertes observadas directamente, y circunscrita a grupos concretos con mayor exposición. Este matiz es clave para entender la escala real del accidente.

La rotura de la presa de Banqiao, en China, en 1975, provocó decenas de miles de muertes directas por la inundación inicial, mientras que las estimaciones totales, incluyendo las consecuencias posteriores por enfermedades y hambrunas, sitúan el número de fallecidos hasta aproximadamente 240.000 personas, afectando a más de 10 millones de habitantes. El desastre de Bhopal, en India, en 1984, se produjo por una fuga masiva de isocianato de metilo en una planta de pesticidas que liberó una nube tóxica sobre la población durante la noche, causando más de 25.000 muertes y alrededor de 500.000 personas afectadas por la exposición al gas. Afortunadamente, ninguno de estos dos accidentes se convirtió en un símbolo universal de rechazo para sus tecnologías. La respuesta fue técnica, mejorando diseños, reforzando estándares y aumentando controles. La diferencia no está en la magnitud del daño, sino en cómo se construye el relato en torno a él.

La minería del carbón ofrece ejemplos igualmente contundentes. Solo en algunos países, las cifras acumuladas superan ampliamente las cien mil muertes, con décadas en las que miles de trabajadores fallecían cada año en accidentes. A esto se suman los efectos sanitarios a largo plazo, como la neumoconiosis o la silicosis, que han afectado a millones de mineros. Se trata de una de las actividades industriales con mayor impacto humano sostenido en el tiempo. Y, sin embargo, la minería del carbón se sigue practicando, incluso en Alemania, y nunca se ha convertido en un símbolo universal de rechazo comparable al de la energía nuclear.

Chernobyl, el accidente nuclear que nunca debió ocurrir
Primero se produjo una explosión de vapor. Después, una segunda deflagración terminó de destruir la cubierta. Dyatlov a lo suyo daba por hecho que la explosión no había sucedido. O si lo sabía, se calló. El núcleo quedó expuesto al exterior, ardiendo en contacto con el aire. El desastre ya estaba hecho.

Con la energía nuclear ocurrió algo distinto. Chernobyl se transformó en un elemento de enorme valor narrativo, explotado hasta la saciedad durante décadas en distintos ámbitos. El uso político ha sido especialmente evidente. El relato del miedo es una herramienta eficaz para movilizar votos, mucho más que los datos o el análisis técnico, y el accidente se ha simplificado hasta convertirlo en un argumento emocional recurrente en el debate energético. A esto se suman intereses económicos evidentes. La desaparición de capacidad nuclear la desplaza hacia otras fuentes, y en la práctica esa sustitución ha recaído principalmente en combustibles fósiles. Gas y carbón han encontrado en ese contexto un aliado indirecto. También determinadas organizaciones ecologistas han contribuido a amplificar esa narrativa, utilizando el accidente nuclear arquetípico como herramienta de captación y consolidación, inflando cifras y reforzando mensajes que generan adhesión y financiación.

Ese proceso ha ido acompañado de una distorsión sistemática y persistente de los datos, en muchos casos repetida durante décadas sin base científica. Se han difundido cifras de cientos de miles de muertos sin respaldo científico, mezclando exposición con mortalidad. Incluso se repite con frecuencia que la zona será inhabitable durante 24.000 años, confundiendo el periodo de semidesintegración del plutonio con su contribución real a la dosis, que es insignificante. De hecho, la mayor parte de la zona de exclusión presenta hoy niveles de radiación comparables a los de muchas regiones habitadas del mundo. Tal y como recogen los informes de UNSCEAR y del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), fuera de las áreas más contaminadas y bajo condiciones controladas, amplias zonas podrían ser habitables desde el punto de vista radiológico.

Los datos no engañan

Las dosis anuales se sitúan en rangos del orden de 1 a 5 mSv, niveles en los que viven de forma natural millones de personas, en línea con la exposición media global a la radiación natural, que se sitúa en torno a 2,4 mSv al año. La evidencia epidemiológica disponible indica que el aumento del riesgo de cáncer se observa con mayor claridad a partir de dosis acumuladas del orden de 100 mSv cuando se reciben en periodos relativamente cortos. La persistencia de restricciones generalizadas no responde únicamente a criterios dosimétricos, sino también a decisiones administrativas, económicas y sociales adoptadas tras el accidente. Así pues, la imagen de un territorio completamente inhabitable durante milenios no se corresponde con la realidad radiológica actual, sino con un relato interesado.

Cuando se revisa la evidencia científica acumulada en estas décadas, el contraste con el relato dominante resulta aún más claro. UNSCEAR concluye que los accidentes de Three Mile Island y Fukushima no causaron muertes por radiación, siendo en este último caso el impacto sanitario más relevante consecuencia de la evacuación. En el caso de Chernobyl, los estudios científicos más recientes descartan efectos genéticos transgeneracionales en la población expuesta, sin aumento heredado de mutaciones en hijos de personas afectadas. Se trata de conclusiones robustas, basadas en décadas de seguimiento epidemiológico, que rara vez aparecen en el debate público.

Más allá de los datos sanitarios, la evolución del entorno natural en la zona de exclusión de Chernobyl aporta otra perspectiva que rompe con la imagen instalada. El biólogo español Germán Orizaola, tras años de trabajo sobre el terreno, describe un ecosistema dinámico donde la fauna y la flora han prosperado en ausencia de actividad humana. La presencia de lobos, aves y grandes mamíferos, junto con la recuperación de hábitats, muestra un entorno funcional, muy alejado de la idea de un territorio muerto o estéril. De hecho, el propio Orizaola ha llegado a definir la zona como «la mayor reserva natural de Europa». Sus investigaciones indican que, en muchos casos, los niveles actuales de radiación no provocan efectos significativos en parámetros clave como la edad, el envejecimiento o el estado fisiológico de los organismos, aunque sí pueden observarse adaptaciones o efectos puntuales en determinadas especies, lo que refleja la complejidad real del sistema y se aleja de los mensajes simplistas que se han difundido.

De Chernobyl a la confianza: cómo se sustenta el papel de la energía nuclear en la seguridad energética futura
El accidente de Chernobyl en abril de 1986 fue el resultado de un diseño defectuoso del reactor, decisiones operativas deficientes y una cultura de seguridad marcada por el secretismo y las limitaciones políticas.

Lecciones aprendidas

El contexto global de riesgos energéticos permite dimensionar todavía mejor el problema. La contaminación atmosférica asociada principalmente a la quema de combustibles fósiles y biomasa provoca alrededor de 7 millones de muertes cada año según la Organización Mundial de la Salud. Frente a esa magnitud, como ya he señalado, las evaluaciones del Foro de Chernóbil, respaldadas por Naciones Unidas y basadas en los trabajos científicos de UNSCEAR, sitúan en torno a 4.000 las muertes adicionales por cáncer estimadas a largo plazo. La comparación no busca restar gravedad al accidente nuclear, sino contextualizarlo: la mortalidad asociada a la contaminación del aire equivale, en términos de muertes, a casi cinco accidentes de Chernobyl cada día.

Chernobyl nos dejó lecciones técnicas claras en operación y cultura de seguridad, en los planes de emergencia exterior, y su legado ha contribuido a elevar los estándares de la industria nuclear hasta niveles sin precedentes. El problema reside en el uso que se hace de ese recuerdo. Convertirlo en un argumento general contra la energía nuclear implica ignorar la evolución tecnológica, distorsionar la percepción del riesgo y condicionar decisiones energéticas que tienen consecuencias directas sobre el precio de la electricidad, la seguridad de suministro y las emisiones de dióxido de carbono y polución atmosférica, que ya hemos visto que tiene graves consecuencias.

La historia universal de la tecnología muestra un patrón constante. Los sistemas complejos evolucionan aprendiendo de sus errores, incorporando mejoras y elevando sus estándares. La energía nuclear encaja plenamente en ese proceso. Entender Chernobyl en su contexto implica analizarlo desde el rigor, sin minimizarlo ni blanquearlo, y devolverlo al terreno al que pertenece, el del análisis técnico y la evidencia científica. Sacarlo de ahí para convertirlo en un símbolo es renunciar al conocimiento. Y cuando eso ocurre, las decisiones dejan de basarse en datos y pasan a estar dominadas por el miedo.

Alfredo García @OperadorNuclear es Supervisor y divulgador nuclear.

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