En pocos años, conceptos como economía circular, autonomía estratégica o arancel han pasado de los informes técnicos al debate público. A esa lista se suma ahora un término llamado a marcar el futuro industrial de Europa: la bioeconomía.
No es casualidad. Ha sido la Comisión Europea quien ha situado recientemente este concepto en primer plano al presentar, a finales de 2025, una nueva Estrategia de Bioeconomía. El objetivo que persigue es reducir la dependencia de materias primas fósiles y sustituirlas por alternativas renovables de origen biológico con las que producir materiales, energía y bienes de consumo, escalar la innovación y crear mercados tractores para estos desarrollos.
Frente al modelo lineal tradicional basado en “extraer, producir y desechar”, la bioeconomía implica adoptar una lógica circular en la que los residuos de un proceso se convierten en recursos de otro. Pero ¿qué supone realmente este concepto? ¿Por qué es importante ahora?
La respuesta está en su potencial para convertirse en uno de los pilares de una nueva base industrial europea y su capacidad para reforzar la autonomía estratégica, cuya importancia han evidenciado las recientes crisis geopolíticas. No hablamos de una idea abstracta. Según datos de la Comisión Europea, la bioeconomía genera alrededor de 2,7 billones de euros de valor económico en el continente y da empleo a más de 17 millones de personas, cerca del 8% del empleo total.
La industria del papel
Un ejemplo claro lo encontramos en la industria de la celulosa, el papel y el cartón. Este sector encarna los principios de la bioeconomía, ya que utiliza materias primas de origen renovable, como la madera, y las transforma en productos circulares que tienen varias vidas gracias al reciclaje. Además, desempeña un papel estratégico como proveedor de soluciones sostenibles producidas en Europa, que ya están sustituyendo materiales de origen fósil en numerosos productos esenciales de uso cotidiano.
En este contexto, España ocupa una posición especialmente relevante en el mapa europeo de la bioeconomía. Nuestro país se sitúa entre los que cuentan con mayor potencial, gracias a la combinación de amplios recursos forestales y una sólida capacidad industrial. España cuenta con una superficie arbolada que supera el 52% del territorio y, desde 1990, el volumen de madera por hectárea se ha triplicado.
Este punto de partida abre una oportunidad clara para reforzar el tejido productivo nacional y situar a industrias como la pastero-papelera a la vanguardia de esta transformación. Pero aprovecharla exige actuar con visión y anticipación, avanzando en tres frentes prioritarios que permitan convertir este potencial en una ventaja competitiva real.
Tres frentes
En primer lugar, es clave impulsar el sector forestal nacional, base de gran parte de la bioeconomía, cuyo desarrollo aún se sitúa por debajo del de otros países europeos, lo que evidencia un amplio margen de mejora en gestión, aprovechamiento de la madera y generación de valor añadido. Mientras que en la Unión Europea se aprovechan cerca de dos tercios del crecimiento forestal anual, en España no se alcanza ni un tercio.
La comparación revela con claridad el margen de mejora en gestión, en el aprovechamiento sostenible de la madera y en la generación de valor añadido. En otras palabras, estamos dejando sin utilizar una parte sustancial de una materia prima renovable que podría contribuir al desarrollo económico y a la transición ecológica. Abordar esta situación requiere, además, modelos de gobernanza adaptados a la elevada fragmentación de la propiedad forestal privada en nuestro país.
Pero el problema no es solo económico. La infrautilización de los recursos forestales tiene también consecuencias ambientales. La acumulación de biomasa derivada del abandono incrementa la vulnerabilidad de los ecosistemas y eleva el riesgo de incendios extremos. Frente a ello, la silvicultura activa es una herramienta esencial de protección del territorio. Los grandes incendios que hemos visto en los últimos años responden a múltiples causas, pero hay una constante difícil de ignorar: el abandono forestal y la ausencia de una gestión sostenida en el tiempo.
En segundo lugar, proteger y reforzar el sistema de reciclaje de papel y cartón, que ya constituye un caso de éxito a nivel europeo, con una tasa de reciclaje superior al 80% en España. Sustituir un modelo que funciona por otro centrado en la reutilización, sin evidencia de un mejor impacto ambiental, supondría un paso atrás en términos de eficiencia y circularidad.
Por último, seguir acompañando a las empresas en su proceso de descarbonización. Esto implica, entre otras medidas, promover el uso de la biomasa como fuente energética renovable para la industria y fomentar el desarrollo de proyectos de captura de CO₂ biogénico en las fábricas. Se trata de acelerar soluciones ya disponibles que pueden tener un impacto inmediato en la reducción de emisiones.
Nuevo modelo económico
Por todo ello, la bioeconomía no es solo un concepto emergente, sino un modelo económico con capacidad real para impulsar una transformación industrial, económica y social de gran alcance. España, gracias a sus recursos forestales y a la fortaleza de industrias como la pastero-papelera, parte de una posición especialmente favorable.
La oportunidad está sobre la mesa: convertir ese potencial en liderazgo. En un momento en el que Europa busca una industria más sostenible, competitiva y autónoma, la bioeconomía será una de sus bases y España tiene las condiciones para situarse entre quienes marquen el rumbo.
Manuel Domínguez es director general de ASPAPEL.
Deja tu comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Todos los campos son obligatorios