La revolución del gas de esquisto y del petróleo no convencional convirtió a Estados Unidos de mayor importador energético del mundo en un exportador relevante, alimentando la idea de una “independencia energética”. Sin embargo, la actual crisis en el Golfo Pérsico demuestra que esa autonomía tiene límites y que el país sigue expuesto a las sacudidas del mercado globa, según los analistas de Wood Mackenzie.
Los ataques iraníes contra petroleros y otras embarcaciones han paralizado prácticamente el tráfico por el estrecho de Ormuz, una vía clave para el suministro mundial de energía. Además, daños en infraestructuras energéticas han obligado a suspender producción en instalaciones como el campo petrolero iraquí de Rumaila y el complejo de gas natural licuado Ras Laffan, en Qatar.
Los efectos del conflicto
El impacto ya se siente en los mercados internacionales y podría intensificarse si la interrupción persiste. La crisis también pone en relieve el peso energético de EEUU, hoy mayor productor de petróleo y gas que Rusia y Arabia Saudí juntos. No obstante, su capacidad para estabilizar el mercado mundial es limitada.
Los consumidores estadounidenses ya empiezan a notar el efecto. El precio medio de la gasolina regular alcanzó el jueves los 3,25 dólares por galón, un 12 % más que hace un mes y el nivel más alto desde el verano de 2024.
El encarecimiento supone un desafío económico y político para el presidente Donald Trump, que hizo de la reducción del coste de vida uno de los pilares de su campaña electoral de 2024. Además, el aumento del combustible puede avivar la inflación y restringir el margen de la Federal Reserve para recortar tipos de interés.
La Casa Blanca busca soluciones para abaratar los carburantes. El secretario de Energía, Chris Wright, restó importancia al repunte y aseguró que los precios volverán pronto por debajo de los 3 dólares por galón. Washington también ha ofrecido respaldar seguros para petroleros que atraviesen el Golfo y planea escoltar barcos con la Armada por el estrecho de Ormuz, una medida similar a la adoptada por Ronald Reagan durante la guerra Irán-Iraq en los años ochenta.
China, principal comprador del crudo iraní, también estaría negociando con Teherán para garantizar el paso seguro de petroleros y buques de gas catarí. Mientras tanto, Washington ha concedido una exención temporal de sanciones para que empresas indias compren petróleo ruso ya en tránsito, y las exportaciones de Venezuela han aumentado.
Capacidad limitada de respuesta
La gran incógnita es hasta qué punto EEUU puede compensar la caída del suministro del Golfo.
En gas natural licuado (GNL), el margen es mínimo: las plantas estadounidenses operan casi a plena capacidad. Nuevos proyectos —como Golden Pass LNG en Texas o la expansión de Corpus Christi de Cheniere Energy— comenzarán a producir este año, pero el aumento de oferta en 2026 cubriría solo una pequeña parte de la producción perdida en Qatar.
En petróleo, la respuesta dependerá de cuánto suban los precios y durante cuánto tiempo. Las empresas de exploración y producción se muestran cautas ante la posibilidad de que el repunte sea temporal y mantienen la prioridad en la disciplina financiera y el retorno al accionista.
Actualmente operan unos 520 equipos de perforación horizontal en EEUU Si el crudo alcanzara los 100 dólares por barril y se mantuviera en ese nivel, el sector podría añadir unos 200 más. Aun así, el crecimiento de la producción sería menor que en la década de 2010, cuando la extracción en los estados continentales aumentó 1,5 millones de barriles diarios solo en 2018.
Incluso el petróleo no convencional, capaz de reaccionar más rápido que los proyectos offshore, necesita tiempo: desde el aumento de precios hasta que el crudo llega al mercado puede pasar cerca de un año.
Según estimaciones de Wood Mackenzie, con precios de 100 dólares durante seis meses EEUU podría añadir unos 600.000 barriles diarios para finales de 2026, llevando la producción en los estados continentales a unos 12,6 millones de barriles diarios en 2027.
Aun así, los analistas advierten de que, en el corto plazo, la industria estadounidense puede hacer “muy poco” para compensar una pérdida prolongada de varios millones de barriles diarios procedentes del Golfo.
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