El bloqueo del Estrecho de Ormuz ha convertido al Mar Rojo, para muchos, en la única ruta segura y fiable para exportar todo el crudo y el gas de Oriente Medio. Sin embargo, ¿estamos realmente ante una alternativa viable o vamos a depositar nuestra confianza nuevamente en una vía susceptible de ataques y guerras?
Para que se hagan una idea, Occidente ya gastó más de 1.000 millones de dólares en intentar proteger la ruta marítima del Mar Rojo sin ninguna efectividad, pues entre 2024 y 2025 los hutíes hundieron hasta cuatro barcos. Mientras el mundo observa con preocupación el cierre del Estrecho de Ormuz —por el cual transita el 20% del petróleo global—, una supuesta y alentadora alternativa se está instalando peligrosamente en los mercados: la idea de que la ruta del Mar Rojo será nuestra salvadora para mitigar futuras crisis de oferta energética. La realidad, sin embargo, es muy diferente. Sustituir el Golfo Pérsico por el Mar Rojo no es una solución viable, es simplemente trasladar el problema de un lugar a otro para quedar a merced del mismo enemigo.
Para entender el error de esta narrativa, debemos centrar la mirada en la posición relativa de ambos puntos. Irán no necesita desplazar un solo buque para causar los mismos estragos que está provocando ahora en el Estrecho de Ormuz. La geografía nos da la respuesta, concretamente el estrecho de Bab el-Mandeb. Este embudo, que apenas supera los 25 kilómetros de ancho, conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén.
Y justo allí aguardan los aliados del régimen iraní, las milicias hutíes, advirtiendo del peligro que correrá todo buque que pase por la zona. Fiar la seguridad económica mundial a estas aguas es ignorar que el Cuerno de África también es firme candidato a convertirse en un foco de conflicto, con potencias como Turquía, Egipto, Arabia Saudí e Israel librando una Guerra Fría de alianzas cruzadas y continuas amenazas entre sí.
Sin plan 'b'
Más allá de la tensión geopolítica, la propia realidad del mercado demuestra la escasa viabilidad de este "plan B". Arabia Saudí, en un esfuerzo a la desesperada, está inyectando químicos reductores de fricción en su oleoducto Este-Oeste para acelerar el flujo de crudo hacia el puerto de Yanbu. Han logrado volúmenes récord cercanos a los 4 millones de barriles diarios.
Pero el problema reside en que la mayor parte de este petróleo se carga en superpetroleros (VLCC) que, por su tamaño, no caben por el Canal de Suez para conectar con Europa de forma directa. ¿La única alternativa? Navegar hacia el sur, directos hacia el radio de alcance de los misiles en Bab el-Mandeb. Básicamente, el problema acaba siendo el mismo que tenemos en Ormuz.
Los defensores de esta alternativa argumentaban que los puertos saudíes estaban logrando absorber parte del tráfico desviado y que los hutíes habían actuado como meros espectadores de la situación. "El comercio, por ahora, está encontrando su camino", decían quienes apoyaban esta vía. Pero esa tranquilidad acaba de volar por los aires, literalmente. Tal y como advertían algunos analistas, Teherán simplemente estaba reservando la baza de los hutíes para el momento de máxima tensión.
Ataques
Este mismo sábado, la milicia yemení ha lanzado sus primeros misiles contra Israel desde que comenzó la guerra, llevando la ofensiva al siguiente nivel y confirmando que el Mar Rojo es ya punto de máximo peligro, al igual que Ormuz. No podemos olvidar el rotundo fracaso del año pasado al intentar proteger la zona: se perdieron buques, ocasionando un desplome comercial del 60%. Si no pudimos blindar el Mar Rojo frente a una milicia en tiempos de relativa paz, difícilmente podremos hacerlo ahora que han pasado a la ofensiva total.
El Mar Rojo no es lo que muchos creen. La ilusión de que la actual crisis energética se puede esquivar con un simple desvío geográfico debe eliminarse inmediatamente del imaginario colectivo. Nos enfrentamos a la mayor disrupción de suministros de la historia moderna, y la única forma de prepararnos es asumir la cruda verdad: el mundo carece de una ruta alternativa segura.
Antonio García-Amate es colaborador de El Periódico de la Energía especializado en mercados de petróleo y gas y trabaja en el Departamento de Economía y Empresa de la Universidad Pública de Navarra.
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