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Washington pone patas arriba a Oriente Medio y, para volver a la normalidad, le pide ayuda a Moscú. Sí, lo sé, parece un chiste. Mientras el crudo roza los 120 dólares y las sanciones occidentales parecen haberse quedado en papel mojado, el lector (y yo) nos preguntamos: ¿cuánto vale la soberanía de Ucrania cuando el precio de la gasolina amenaza las urnas (americanas)?

Hace apenas unos meses, la diplomacia en Washington torturaba a la India con aranceles para obligarla a eliminar el petróleo ruso de su mix energético nacional. Hoy, es la propia Casa Blanca quien firma exenciones de emergencia para que Nueva Delhi compre 30 millones de barriles de Vladímir Putin casi de inmediato. ¿Qué ha cambiado? Un simple cuello de botella de 39 kilómetros llamado Estrecho de Ormuz.

La guerra impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado un cierre logístico que ha destapado la mayor hipocresía de nuestra era: los principios morales en la geopolítica energética son un lujo que Occidente solo se permite cuando el barril cotiza por debajo de los 80 dólares. Menuda novedad…

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Qué hacer con las sanciones

La realidad del mercado ha pasado por encima de la narrativa política. Las sanciones impuestas a Rusia tras la invasión de Ucrania se vendieron como un muro de contención inquebrantable. Pero ese muro ha resultado ser de papel muy fácil de romper. Ahora vemos que el castigo a Moscú dependía de un hilo muy fino: que el grifo de Oriente Medio fluyera a máxima capacidad. Al romper la estabilidad del Golfo Pérsico, Donald Trump ha saboteado su propio objetivo, haciendo gala de un pragmatismo internacional aderezado con un cinismo pocas veces visto en el panorama político.

En lugar de asumir el coste económico de su incursión militar en Teherán, el presidente estadounidense levanta el teléfono, llama a Putin y anuncia desde Florida que retirará las sanciones "hasta que el estrecho esté operativo". Sin comentarios.

Los datos detrás de este despropósito son dignos de mención. Con el crudo Brent rozando los 120 dólares en los días de más pánico, y Qatar y Arabia Saudí advirtiendo de un colapso inminente en el suministro global de GNL y crudo, el mercado no entiende de ética, solo de supervivencia. El Tesoro estadounidense ha implantado una tregua de 30 días que ha permitido a las refinerías asiáticas absorber todo el crudo ruso que se encontraba a la espera de comprador en mitad del mar.

Hablamos de cargamentos que ahora se venden a 90 dólares el barril, inyectando decenas de miles de millones de dólares extra en las arcas del Kremlin (para financiar la guerra, sí). Putin no solo está inflando sus presupuestos, también está aprovechando esta crisis para ofrecer a una Europa asustada volver a los contratos a largo plazo. Y lo más alarmante es que líderes como Viktor Orbán ya exigen abiertamente a Bruselas que acepte el trato. Como sentenció con amargura el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa: "Hasta ahora, solo hay un ganador en esta guerra: Rusia".

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Evitar la guerra

Habrá quien diga que esta es una medida de fuerza mayor. Que la tregua que defiende Washington es indispensable para evitar que un barril a 150 dólares hunda a la economía global en una recesión que destruiría el tejido industrial europeo y millones de empleos. Y tienen razón en cierta medida: una recesión de ese calibre sería letal. Sin embargo, el problema va más allá de todo esto. Justificar la rendición ante Rusia como el mal menor necesario es ignorar que la parálisis de Ormuz no es un desastre fortuito, sino un daño colateral previsible de una escalada bélica que se podría haber evitado.

El mensaje que Occidente está enviando al resto del planeta es cristalino: el orden internacional basado en reglas se subordina al precio de la energía. Y mientras tanto, ¿alguien se acuerda de Ucrania? El esfuerzo europeo por desvincularse del gas ruso y de asfixiar financieramente a Moscú se está esfumando en cuestión de días. Al final, Trump y Europa parecen dispuestos a financiarle la guerra a Putin con tal de no pagarla en sus propios surtidores.

La tragedia ya no es solo que Ucrania esté en un segundo (o tercer) plano ahora mismo. La verdadera tragedia es que Occidente está demostrando que, cuando le tocan el bolsillo, cualquier país con pozos de petróleo suficientes siempre terminará siendo indultado de sus delitos. Una pena, sin duda.

Antonio García-Amate es colabora de El Periódico de la Energía especializado en mercados de petróleo y gas y trabaja en el Departamento de Economía y Empresa de la Universidad Pública de Navarra.

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