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A golpe de “decretazo”, los gobiernos están poniendo trabas al desarrollo energético de nuestro continente. El Mar del Norte, uno de los pocos (por no decir el único) yacimientos que pueden hacer de Europa una región menos dependiente, está siendo vilipendiado en las cortes de algún que otro país. Tal es el caso del Reino Unido, que durante el año 2025 no ha licitado ni una sola licencia de exploración, algo que no ocurría desde el inicio de la explotación de la cuenca en los años 60.

Nada que ver con Noruega, por cierto, que adjudicó 57 nuevas licencias de producción hace escasamente unas semanas. Estas posiciones contrapuestas evidencian la lucha constante de dos visiones totalmente diferentes que, lejos de beneficiar al ciudadano, están provocando que los precios de la energía se disparen y el poder adquisitivo de la gente se desplome.

No nos podemos quedar a medio camino. Desde la invasión de Ucrania por parte de Rusia, Europa sufre una escasez permanente de energía. En palabras del ministro de Energía noruego, Terje Aasland: “Noruega es el proveedor más importante de Europa”, dando a entender que la única opción que nos salva del colapso energético es el crecimiento de la actividad extractiva en el Mar del Norte. Oslo ha apostado por convertir sus vastas reservas de petróleo y gas en el eje central de una medida estratégica que debería ser adoptada y apoyada por el resto de los colegas europeos.

El caso de UK

Muy diferente es la postura del Reino Unido, que ha optado por dar la espalda al “trozo de pastel” que le pertenece en el Mar del Norte en nombre del medioambiente, pero no por el bien de sus ciudadanos, quienes han visto aumentar el coste de la energía hasta límites insospechados. No contento con eso, la política fiscal británica está ahogando la actividad en la zona con un impuesto sobre beneficios a las empresas que operan en el sector del 78%.

Como es de esperar, la industria se retira. Sin ir más lejos, Harbour Energy califica el entorno británico como uno de los peores del mundo para el sector del petróleo y el gas. Estas decisiones, entre otras muchas, tienen consecuencias: se estima que se han podido perder 50.000 millones de libras en inversión potencial que ahora mismo van camino de otros proyectos más rentables. Curiosamente, el rechazo de esta inversión supone la importación de energía fósil proveniente de regiones más lejanas, lo que genera una huella de carbono mucho mayor.

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Londres no ha matado por entero al Mar del Norte, pero sí está haciendo que agonice lentamente. Los pocos operadores en la zona solo pueden trabajar sobre infraestructuras ya activas, sin posibilidad de explorar. Además, se les grava con un impuesto que el propio gobierno reconoce que recaudará un 40% menos de lo esperado por la falta de actividad. Ellos mismos se contradicen: el regulador británico admite que reactivar pozos cerrados cuesta solo 9,60 libras por barril, frente a los 69,61 que marca el Brent en este momento. La falta de voluntad política prefiere el desmantelamiento prematuro al aprovechamiento eficiente de los recursos.

El Mar del Norte es un yacimiento maduro, en eso estamos todos de acuerdo. Sin embargo, a finales del mes pasado saltó una noticia alentadora: la compañía OKEA habría confirmado nuevos hallazgos en la cuenca de Knockando Fensfjord, en una licencia otorgada originalmente en 1978. Si se confirma el descubrimiento, los recursos recuperables se estiman entre 0,5 y 1,5 millones de metros cúbicos de petróleo equivalente.

Una oportunidad

Esto demuestra que con inteligencia, eficiencia y apoyo institucional todavía se pueden extraer recursos de un yacimiento con más de 50 años de historia. Ya no es una cuestión técnica; es pura ideología política y sinrazón. De hecho, la gente empieza a cansarse: una encuesta reciente sostiene que la mayoría de los votantes en Escocia apoyan la extracción doméstica frente a las importaciones, evidenciando la brecha entre lo que el ciudadano demanda y lo que el político dicta.

Si el Reino Unido (y Europa) no despiertan, nos enfrentaremos a una desaceleración industrial sin precedentes, algo que ya estamos viendo en Alemania con la industria automotriz. Noruega ha comprendido la situación, entendiendo la transición energética como un puente, no como un salto al vacío.

La recomendación es evidente: el Reino Unido necesita una reforma fiscal urgente que incentive la inversión en lugar de castigarla, o se verá forzado a importar grandes cantidades de energía, haciendo que a sus ciudadanos les sea imposible pagar la factura de la luz. El Mar del Norte no se está agotando; lo están asfixiando. La pregunta es si Europa puede permitirse respetar el medioambiente a costa de su propia viabilidad. Y si puede, ¿a qué precio?

Antonio García-Amate es colabora de El Periódico de la Energía especializado en mercados de petróleo y gas y trabaja en el Departamento de Economía y Empresa de la Universidad Pública de Navarra.

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