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La Comisión Europea ha dado un paso importante con su Plan de Acción para la Electrificación. Además de reforzar el papel de la electricidad como eje de la descarbonización, introduce un cambio de enfoque mucho más profundo. La electrificación deja de entenderse únicamente como una política climática para convertirse también en una política de competitividad.

En un contexto marcado por la volatilidad energética, esta evolución es lógica. La dependencia de combustibles fósiles importados y la creciente presión competitiva sobre la industria europea hacen que electrificar signifique también producir de forma más eficiente, reducir costes y fortalecer la autonomía estratégica del continente. Sabemos hacia donde tenemos que ir, pero la cuestión es cómo hacerla realidad.

Electrificar una economía no consiste únicamente en fijar objetivos desde Bruselas. Consiste en que miles de empresas decidan sustituir equipos, modernizar procesos, electrificar consumos o incorporar tecnologías más eficientes. En definitiva, consiste en transformar la estrategia sobre el papel en miles de decisiones de inversión. Y es precisamente ahí donde el propio Plan identifica uno de sus principales desafíos.

La Comisión Europea estima que existe un enorme potencial para acelerar la electrificación de la industria, pero reconoce también que las principales barreras ya no son tecnológicas. El coste de las inversiones, la incertidumbre regulatoria, la competitividad o el acceso a infraestructuras adecuadas condicionarán la velocidad a la que esa transformación podrá producirse.

No es la tecnología, sino la rentabilidad

Quienes trabajamos cada día impulsando proyectos de eficiencia energética encontramos exactamente esa misma realidad. Las soluciones existen y, en su mayoría, están suficientemente maduras. Lo que determina que un proyecto salga adelante rara vez es la tecnología; es la rentabilidad.

Cada proyecto de electrificación compite con muchas otras inversiones dentro de una empresa. Incrementar capacidad productiva, automatizar procesos, digitalizar operaciones o desarrollar nuevos productos son decisiones que también requieren recursos. Cuando el capital es limitado, el retorno esperado y el riesgo asociado terminan marcando las prioridades.

Por eso, si Europa quiere acelerar la electrificación, necesita algo más que objetivos ambiciosos. Necesita mecanismos que hagan rentable electrificar, y ese debería ser uno de los grandes debates de esta nueva etapa. Durante años, las políticas de eficiencia energética se han apoyado principalmente en ayudas públicas. Han sido instrumentos útiles para impulsar el mercado y seguirán teniendo un papel importante, pero la magnitud del reto exige incorporar mecanismos capaces de movilizar inversión privada de forma continuada y vinculada a resultados

En este contexto, los Certificados de Ahorro Energético representan una herramienta especialmente valiosa. No porque sustituyan a otras políticas públicas, sino porque responden precisamente al problema que la propia Comisión Europea identifica: la necesidad de mejorar la viabilidad económica de las inversiones.

Los CAE introducen una lógica distinta porque el ahorro energético deja de traducirse únicamente en una reducción de costes para convertirse también en un activo económico. Esa monetización mejora la rentabilidad de muchas actuaciones y facilita que proyectos técnicamente viables se conviertan también en decisiones empresariales viables.

Alinear el interés con los objetivos

Su principal aportación no reside únicamente en incentivar el ahorro energético. Reside en alinear el interés de las empresas con los objetivos de la política energética, y ese alineamiento será cada vez más necesario si Europa quiere acelerar la electrificación sin depender exclusivamente de financiación pública. Porque la diferencia entre una estrategia y una transformación real no la marcan los objetivos. La marcan las decisiones de inversión que miles de empresas toman cada día.

Europa ya ha definido el destino. El éxito del Plan dependerá, ahora, de su capacidad para crear las condiciones que permitan recorrer ese camino. Y eso significa impulsar mecanismos que conviertan la electrificación en una buena decisión empresarial.

Porque, al final, Europa no necesita solo más objetivos de electrificación. Necesita hacer rentable electrificar.

Elena González es CEO en DELCAE, empresa independiente de certificación de ahorros energéticos

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