1 comentario publicado

Mientras el conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos ocupa titulares por sus implicaciones militares y estratégicas, un efecto colateral —pero nada menor— empieza a dibujarse en el tablero geopolítico global: la presión indirecta sobre el sistema energético chino.Nadie duda de que el régimen iraní dista mucho de ser un ejemplo democrático.

La represión interna, su apoyo a diversos grupos armados en la región o su obsesiva retórica contra Israel forman parte de un historial bien conocido. Pero la pregunta que conviene hacerse es otra: ¿Por qué ahora? ¿Por qué la escalada actual y no hace seis meses o dentro de un año?

Las explicaciones más visibles apuntan a factores relativamente claros. En Estados Unidos, el calendario electoral siempre pesa en las decisiones estratégicas. En Israel, la política interna de Benjamin Netanyahu —cada vez más condicionada por su propia supervivencia política— también influye en la intensidad de la respuesta militar. Y en Oriente Medio persiste el pulso histórico por la hegemonía regional.

Pero hay un elemento que aparece poco en los análisis y que merece atención: la dimensión energética del conflicto y su impacto sobre China.

China es hoy el mayor importador de petróleo y de gas del planeta. Su crecimiento económico, su industria y su estabilidad dependen en gran medida de un flujo constante de energía procedente del exterior. Y una parte muy significativa de ese petróleo llega desde el Golfo Pérsico atravesando el estrecho de Ormuz, uno de los grandes puntos de estrangulamiento del sistema energético mundial, y otras partes, también, significativas de Sudamérica y de Rusia

Cada vez que ese paso marítimo se ve amenazado —ya sea por ataques, bloqueos o tensiones militares— el sistema energético asiático entero entra en zona de riesgo.

En este contexto, el conflicto actual tiene una dimensión estratégica evidente. La presión sobre Irán no sólo afecta al equilibrio regional: también golpea indirectamente a los proveedores energéticos importantes de China.

Un tiro en los dos pies
La retirada climática de Estados Unidos: negacionismo, temeridad y futuro hipotecado.

El impacto en China

Si además se suman otros movimientos recientes de Washington —como las restricciones a las exportaciones de petróleo venezolano hacia China o las presiones sobre determinados flujos energéticos globales cómo la venta de energías fósiles por parte de Rusia— empieza a dibujarse una estrategia más amplia.  Los hechos están demostrando una dinámica geopolítica clara: se está limitando o complicando el acceso energético a Pekín.

Desde esta perspectiva, Oriente Medio vuelve a convertirse en uno de los grandes tableros de la competencia global entre potencias. Durante décadas el control del petróleo del Golfo fue un elemento central de la estrategia estadounidense. Hoy el contexto es diferente: Estados Unidos ha reducido significativamente su dependencia energética exterior gracias al shale oil, mientras que China  continúa siendo un  gran consumidor vulnerable a pesar de su constante política activa en el despliegue de energía renovables (fotovoltaica, eólica, hidráulica…) buscando incrementar su soberanía energética.

Esto introduce una paradoja geopolítica interesante. Los conflictos en la región afectan relativamente menos a Estados Unidos que hace veinte años, pero pueden tener efectos mucho más sensibles sobre Asia donde otros países como India, Japón, Corea...siguen a China en la lista de importadores de fuentes energéticas fósiles. Y quizás por eso Japón, junto a otros pises se están replanteando la nueva generación de energía nuclear para aumentar su soberanía o diversificar sus dependencias.

Problema

Dicho de otro modo: las crisis energéticas de Oriente Medio ya no son sólo un problema occidental; son cada vez más un problema asiático y muy particularmente chino causa de su liderazgo en exportación de productos al mundo y a su capacidad de producción industrial

Nada de esto significa que la guerra actual responda únicamente a esa lógica. Las dinámicas internas de Israel, Irán y Estados Unidos siguen siendo determinantes. Pero ignorar la dimensión energética sería perder una parte fundamental del cuadro.

Porque en el mundo contemporáneo el poder no se mide únicamente en términos militares. También se mide en la capacidad de garantizar —o de interrumpir— el acceso a los recursos estratégicos que sostienen la economía global.

Y entre esos recursos, el petróleo y el gas sigue ocupando un lugar central. Si bien, el mercado de futuros revela acuerdos y contratos regulados de suministro entre exportadores e importadores es evidente que cualquier alteración dispara los costes en el mercado libre al que los importadores se ven obligados a acudir para cubrir las carencias originadas por las incidencias de la situación geopolítica sobre sus contratos ya establecidos. La guerra de Ucrania ya fue un claro ejemplo.

Con la producción copada por el incesante incremento en la demanda de gas por parte de muchos países emergentes en plena substitución del carbón por gas como energía más limpia, el corte en el suministro del gas ruso obligó a los países europeos a buscar gas en el mercado libre disparando los precios sometidos a la ley salvaje de la oferta y la demanda.

Venezuela: anulando la lucha contra el cambio climático
Esta agenda trumpista —asegurar suministro fósil, estabilizar precios, reforzar posiciones geopolíticas clásicas— contradice de forma escandalosa cualquier discurso previo sobre diversificación energética, renovables o neutralidad climática.

Rusia, el guardaespaldas

En esta ocasión, China no quedó afectada gracias a las conexiones energéticas con Rusia, conexiones que se han visto incrementadas gracias a recientes acuerdos. De momento, hay coincidencia de intereses dado que China se consolida como la principal alternativa para monetizar las vastas reservas de fuentes fósiles rusas, pero persisten claros inconvenientes.

Por una parte, la falta de infraestructuras para estas exportaciones de forma fácil e inmediata y, por otra, los propios objetivos chinos en su carrera de despliegue de fuentes renovables para ser energéticamente soberana sin depender de otros bloques a diferencia de lo que ocurre en otros países asiáticos (Japón, Corea…) en donde este despliegue es menos factible o más costoso.

Como recuerda a menudo el historiador de la energía Vaclav Smil, las transiciones energéticas son lentas, complejas y profundamente geopolíticas. Mientras el mundo debate sobre la descarbonización, la realidad es que el sistema económico global continúa dependiendo masivamente de los combustibles fósiles. Todavía en el mundo, la dependencia fósil es mucho más del 70% y su substitución por fuentes renovables en cuestión de muchos años.

Por eso, detrás de cada conflicto en el Golfo, detrás de cada tensión en el estrecho de Ormuz, detrás de cada sanción energética, siempre late la misma pregunta: quién controla la energía y quién depende de ella.

En esa pregunta se juega buena parte del equilibrio que viene en el mundo, y particularmente en Europa, así como las decisiones políticas sobre los procesos para incrementar la soberanía energética en cada país y en cada territorio.

Joan Ramon Morante es Catedrático de Física en la Universidad de Barcelona y exdirector del IREC (Instituto de Investigación en Energía de Cataluña).
Héctor Santcovsky, sociólogo y politólogo, exprofesor asociado de la Universidad de Barcelona, especializado en desarrollo sostenible.

Noticias relacionadas

Un comentario

  • sweatymethodical

    sweatymethodical

    18/03/2026

    China es hoy el mayor importador de petróleo y de gas del planeta. Su crecimiento económico, su industria y su estabilidad dependen en gran medida de un flujo constante de energía procedente del exterior. basketball stars 2

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Todos los campos son obligatorios

Este sitio web está protegido por reCAPTCHA y la Política de privacidad y Términos de servicio de Google aplican.