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En el debate energético seguimos atrapados en una simplificación que ya no explica nada: renovables frente a fósiles, nuclear sí o no, transición rápida o lenta. Pero la realidad es más incómoda. No estamos ante un cambio de fuentes energéticas, sino ante la reconfiguración con redefiniciones incluidas de un sistema físico, industrial y territorial construido durante más de un siglo en el que se basa actualmente nuestra sociedad.

La invasión de Ucrania mostró hasta qué punto la infraestructura energética es un objetivo militar directo: centrales, redes y subestaciones son atacadas sistemáticamente. La energía dejó de ser un elemento de mercado para volver a ser, crudamente, un objetivo en el campo de batalla.

La escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel añade una capa aún más inquietante. El riesgo de interrupción en el estrecho de Ormuz —amén del problema de la destrucción de las infraestructuras iraníes y de otros países del Golfo, se da la situación que es por donde transita en torno al 20% del petróleo mundial y una parte relevante del GNL— reintroduce el shock energético como vector macroeconómico y arma de guerra.

En pocos días, petróleo y gas han vuelto a operar como potentes armas, tensionando precios, reactivando inflación y obligando a movilizar reservas estratégicas y amenazando todo el futuro económico mundial. No es una anomalía: es la confirmación de la fragilidad estructural del modelo energético vigente dominado por la geopolítica.

Ahí aparece la verdadera vulnerabilidad europea: una dependencia estructural de la energía importada que no es solo económica, sino geopolítica. Cada crisis transfiere renta fuera de Europa, tensiona las finanzas públicas y obliga a respuestas de emergencia.

La primera confusión es de base: se habla de electricidad cuando el problema es la energía. Hoy, cerca del 75-80% del consumo energético mundial sigue siendo fósil, mientras que la electricidad apenas representa alrededor del 20–25% del consumo final. La transición no es descarbonizar la generación eléctrica, sino transformar el metabolismo energético completo.

El apagón de la red eléctrica hace un año y la transición energética
Si algo revela este apagón es que la transición energética ya no es solo un reto tecnológico, sino un problema político.

Dónde está realmente el consumo: diferentes transiciones

En la Unión Europea, el transporte concentra alrededor del 32% del consumo energético. En España, casi el 40%, y más del 90% sigue basado en derivados del petróleo. El transporte por carretera representa cerca del 87% del consumo del sector, y a escala global el petróleo cubre aún más del 90% de la demanda del transporte. Este es el punto ciego: mientras el debate se centra en la electricidad, el núcleo del sistema sigue dependiendo de combustibles líquidos.

El sistema energético no es homogéneo. En transporte, la electrificación avanza desde una base baja. Incluso en Europa, el vehículo eléctrico terrestre sigue siendo minoritario, aviación o marítimo carecen de soluciones escalables y el tren sigue estancado. En 2030, más del 70% del transporte mundial seguirá dependiendo de combustibles líquidos con una falta total de una cadena de oferta alternativa completa -vehículos, infraestructuras, costes, recuperación residuos y capacidad eléctrica-.

En industria, el reto es estructural: acero, cemento o química requieren calor de alta intensidad y materias primas fósiles. La industria pesada representa cerca del 20% de las emisiones globales, gran parte difícilmente lectrificable y con procesos de descarbonización con altas penalizaciones energéticas

En residencial, la electrificación es viable pero lenta a pesar de los esfuerzos en el desarrollo del autoconsumo. La rehabilitación profunda apenas alcanza el 1% anual en Europa, muy lejos del 2,5–3% necesario.

La electricidad: avance real, impacto limitado

En la Unión Europea, renovables y nuclear aportan cerca del 70% de la electricidad. Pero este dato es engañoso: la electrificación solo cubre alrededor del 23% del consumo final. Para cumplir objetivos climáticos, debería casi triplicarse.

Electrificar implica expandir masivamente el sistema eléctrico. La demanda deberá multiplicarse en las próximas décadas. Esto exige desplegar cientos de gigavatios de renovables, reforzar redes, escalar almacenamiento y adaptar la gestión de la red para asegurar su estabilidad y flexibilidad y así evitar situaciones como las aprendidas del apagón del pasado 28 de abril.

La Agencia Internacional de la Energía sitúa la inversión necesaria en energía limpia en más de 4 billones de dólares anuales esta década. El cuello de botella no es tecnológico: es físico, financiero y temporal.

El debate nuclear sigue sobredimensionado. Puede aportar estabilidad y reducir dependencia del, fósil. Su papel es de apoyo, no estructural.

Un sistema híbrido y más complejo

El sistema futuro no será monocorde, sino híbrido: electricidad renovable como eje central, como ejes auxiliares solventando costes el hidrógeno y la biomasa en la industria, electrificación en movilidad ligera, hidrógeno y/o combustibles sintéticos en sectores difíciles incluido el transporte pesado, y almacenamiento y redes digitalizadas para su gestión avanzadas como infraestructuras críticas.

Un sistema más distribuido, mucho más intensivo en capital y más complejo de gestionar. El problema no es la ausencia de soluciones. Es que el sistema actual está diseñado para combustibles fósiles: centralizado, estable y basado en energía almacenable. El sistema renovable es variable, distribuido y dependiente de infraestructuras aún insuficientes.

Las redes eléctricas europeas no están preparadas para el nivel de electrificación necesario. El almacenamiento sigue siendo muy limitado. Y la inversión aún no alcanza la escala requerida. Y la sociedad debe afrontar sus decisiones más allá de las posiciones “nimby” (no in my back yard) o “span” (sí, pero aquí no) o planteamientos “amish “, caracterizados por sus renuncias al uso de tecnologías modernas como el automóvil o los equipos eléctricos o a la presencia de redes o de instalaciones renovables. Las decisiones locales o particulares deben combinarse con las decisiones de interés global prioritario, aunque ello exija cambios profundos en las leyes aplicadas a la política territorial.

Conclusión

Las guerras recientes no solo han tensionado precios: han expuesto el sistema. Pero hay un elemento nuevo. Mientras el sistema fósil muestra sus grietas, se reafirma una sociedad electrificada, basada en la economía digital y emergiendo nuevos grandes consumidores eléctricos. La industria 4.0, el transporte, los centros de datos y la inteligencia artificial introducen una demanda eléctrica adicional, continua y creciente, que compite directamente con la electrificación del resto de la economía.

Los CPD, centros de procesamiento de datos, se están convirtiendo en nodos críticos equivalentes a las redes eléctricas del siglo XX, pero con una diferencia: su consumo es intensivo, concentrado y en rápida expansión. La lógica de la IA —entrenamiento, inferencia, almacenamiento— está elevando la demanda hasta tensionar sistemas completos.

El resultado es un sistema sometido a doble presión:

  • descarbonización acelerada
  • crecimiento explosivo de la demanda eléctrica

Todo ello en un entorno político cada vez más inestable para el que las normas y tradiciones generadas durante el siglo XX , basada mayoritariamente en fuentes fósiles, ya no sirven para el siglo XXI con una demanda de fuentes energéticas sostenibles

La conclusión es incómoda. No estamos transitando ordenadamente hacia un nuevo modelo. Estamos en una fricción entre sistemas: el fósil que no desaparece y se resiste, el renovable que no da todavía el salto de escala, el digital que multiplica la demanda y la demanda de sostenibilidad que exige descarbonización.

Como advertía Vaclav Smil, las transiciones energéticas son procesos largos y conflictivos. Y como anticipó Karl Polanyi, cuando los sistemas se tensionan más allá de su capacidad de ajuste, la respuesta no es lineal.

La pregunta ya no es si la transición es viable técnicamente. Es si puede desplegarse lo suficientemente rápida —y en un entorno suficientemente estable— para sostener simultáneamente seguridad energética, competitividad industrial y economía digital.

Porque si no, el riesgo ya no es solo climático. Es del sistema. Y entonces la transición deja de ser un problema técnico y pasa a ser, esencialmente, un problema político.

Joan Ramon Morante es Catedrático de Física en la Universidad de Barcelona y exdirector del IREC (Instituto de Investigación en Energía de Cataluña).
Héctor Santcovsky, sociólogo y politólogo, exprofesor asociado de la Universidad de Barcelona, especializado en desarrollo sostenible.

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Un comentario

  • Miguel A. A.

    Miguel A. A.

    14/05/2026

    En Europa se han hecho muchos planes políticos muy ambiciosos e idílicos, y alejados de la realidad (hechos con hojas de cálculo que todo lo tragan y posiblemente por gente con gran falta de conocimiento profundo), siempre muy simplistas, reduciendo casi todo a la instalación masiva de generación eólica y fotovoltaica, sobretodo fotovoltaica de autoconsumo, sabiendo como se sabe de su intermitencia y aglutinación horaria y olvidándose de una ley del sistema eléctrico que es que la generación debe coincidir en todo momento con el consumo, sino se desequilibra y se cae. Ellos debieron pensar que el sistema se ajusta él solito por arte de magia. Después llegan los apagones y se sorprenden.. y vuelta a los combustibles para estabilizarlo. Del equilibrio de la red y almacenamiento para desviar generación al consumo, se olvidaron completamente (es un sobrecoste que era mejor no nombrarlo para no destruir el mensaje político idílico), así llegaron la inestabilidad de la red, los desequilibrios entre generación y consumo y los vertidos. El almacenamiento en la red eléctrica tenía como principal aliado las centrales de bombeo hidroeléctrico, que es obra local y no necesita casi importaciones y es tecnología muy madura. No sabemos si esperaban que un mago las haría con una varita mágica, pues se sigue esperando por ellas y no vendrán como pronto hasta dentro de 5 a 10 años y a cuentagotas. Aquí han tenido la suerte de que el rápido desarrollo y abaratamiento de las baterías en China les ha vuelto a salvar de otro desastre de planificación, eso sí, a cambio de importaciones masivas. Vamos de dependencia en dependencia y gasto sobre gasto. Se están haciendo cosas absurdas como incentivar la instalación de autoconsumo fotovoltaico teniendo todos los días unos cuantos GWh de vertidos en horas solares por exceso de generación. Cada día se desconectan docenas de plantas, y cuanto más se instale, más se desconectarán.. el aviso para navegantes es que ya están planeando desconectar también autoconsumos. Sin embargo, no se le está dedicando apenas recursos para sustituir procesos industriales que consumen gas, por electricidad.. el resultado es que la industria sigue consumiendo masivamente gas.. ellos dicen, ¿por qué voy a tener que hacer inversiones para sustituir algo que ya me funciona?. Eso solo le lleva a aumentar los costes del producto por sistemas además menos probados. Los planes políticos son que o cambian o les inflan a impuestos, luego viene la perdida de competitividad. Del transporte.. se hicieron planes muy ambiciosos en la Unión Europea con el vehículo eléctrico (metiéndolo con calzador) sin ni siquiera tener ni baterías ni minerales para fabricarlas a nivel local. Es decir, empezaron la casa por el tejado. Después de 6 años, el tortazo europeo es de órdago y la escapatoria está siendo importar baterías y coches de China, con paradas, despidos y cierres de factorías europeas, pero la solución es a un coste elevado de importaciones y dependencia exterior. El resultado es que la industria China se está devorando a la industria europea. El motivo es que China empezó por donde se debía empezar, que es la fabricación de celdas de baterías. Eso sí, la mayoría de estos vehículos eléctricos que hay en la UE, se están cargando por las noches, al mismo tiempo que se arrancan masivamente centrales de gas para generar la electricidad que necesitan.. después que no se reduce consumo de combustibles según los planes establecidos. En climatización, el principal aliado es el aislamiento, que se está haciendo a cuentagotas, en unos países va más avanzado que en otros. Se han dedicado muchos recursos en ayudas masivas a energías renovables, a veces inmaduras, y era prioritario y más efectivo dedicarle recursos en mejorar el aislamiento de los edificios. Un buen aislamiento ahorra energía durante toda la vida del edificio. De la calefacción eléctrica con bombas de calor, en muchos países europeos se sigue un proceso a cuentagotas, es normal, pues la mayoría de los países tiene que quemar gas y/o carbón para generar electricidad en invierno, luego, no tiene mucho sentido una rápida expansión, salvo en países que van adelantados en descarbonización del sistema eléctrico en periodo invernal, como Francia, Noruega, Suecia , Finlandia y Dinamarca. Aquí la nuclear junto a eólica y almacenamiento con centrales de bombeo son las que marcan la diferencia. Aquí en España, hay serias dificultades para el despliegue de eólica, el bombeo no llega y hay planes (políticos) de cerrar las centrales nucleares, así que la calefacción en invierno y la carga de vehículos por la noche necesitará de más consumo de gas.. un paso para adelante y otro para atrás..

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